La opinión del experto

Claudio: navegar con bandera de tonto

Javier Fernández Aguado reflexiona sobre la envidia, ese pecado capital que considera tan español, pero que ya en tiempos del Imperio Romano podía marcar un carrera, igual que en la empresa actual

Muchas veces se ha dicho que la envidia forma parte esencial de la idiosincrasia española. En realidad, a lo largo de la historia, en diversas culturas encontramos esa despreciable pasión. El emperador Claudio es un ejemplo frente a ella. Sobrevivir a la envidia no es sencillo, porque quienes padecen esa patología aspiran a hundir a quien hacen objetivo de su rencor. Lo que en realidad les molesta no es el mal que otro pueda producir, sino precisamente el bien que realiza. La envidia (in videre: ver de soslayo) ciega y conduce a la pérdida de múltiples energías. En primer lugar, en quien hacen meta de rivalidad, pues algunos se empeñarán en ponerle obstáculos. En segundo término, en quienes en vez de emular a quienes destacan dilapidan sus bríos denigrándoles.

Tiberio Claudio César Augusto Germánico, más conocido como Claudio, nació en Lyon el 1 de agosto del año 10. Moriría el 13 de octubre del 54. Con una extraordinaria formación, comenzó a elaborar un tratado de historia de Roma. Este trabajo concluyó, antes casi de que arrancase, con su potencial carrera política. Claudio deseaba reflejar la historia de las guerras civiles acaecidas durante la República. La posición en la que quedaba Augusto no era la mejor. ¡Cuántos han visto truncado su desarrollo por un exceso de sinceridad! Y es que quienes ocupan puestos de relevancia (aunque sean mandos intermedios) no están dispuestos a aceptar que otros juzguen con objetividad.

Claudio optó entonces -según diversos historiadores- por simular estupidez. Era la mejor muestra de inteligencia que podía dar en ese momento. Ni Augusto ni Tiberio le tuvieron en cuenta para que pudiera heredar el puesto. Eso le salvó.

En muchas organizaciones sucede igual. La hoz de la mediocridad se encuentra presta para segar a cualquiera que ose destacar. Entre las posibles opciones, una es la que Claudio adoptó: simular que nadie corría peligro, pues él navegaba con bandera de tonto.

Una vez que la guardia pretoriana, dirigida por Casio Querea, acabó con Calígula, fue Claudio el elegido. En parte por ser el único adulto de la familia del emperador. También porque algunos pensaron que al ser un personaje tan frágil resultaría sencillo dominarle (muchos ejemplos cercanos tenemos de esto).

Frente a la hipocresía de sus antecesores, que habían vivido como emperadores manteniendo las formas republicanas, Claudio fue coherente y remarcó la imagen del príncipe como jefe del Ejército y la Administración. Las fuentes, y particularmente Suetonio, Tácito y Dión Casio, se cebaron contra él. Escribió el primero de los citados: "Cuando marchaba, sus inseguras piernas le hacían tambalearse, y cuando hablaba, tanto en broma como en serio, le afeaban sus taras: una risa desagradable, una cólera más repulsiva aún, que le hacía echar espumarajos por la boca, nariz goteante, un insoportable balbuceo y un continuo temblor de cabeza que crecía al ocuparse en cualquier negocio por insignificante que fuese". Si nos atenemos a los datos, no cumplió mal su cometido. Claudio rehizo mucho de lo que Calígula había lacerado. Mejoró la burocracia, despolitizándola. æpermil;l en persona asistió en ocasiones a los juicios para evitar, entre otras cosas, la presencia de delatores, tan extendida como la compra de falsos testigos en la actualidad.

Durante su reinado, Roma vivió un tiempo de expansión semejante al de Augusto. Fueron anexionadas como provincias Tracia, Panfilia, Licia, Judea, Britania o Mauritania. Trabajó intensamente para que mejorara el abastecimiento de Roma. Entre otros objetivos, promovió la creación de un puerto de invierno. También, para mejorar el abastecimiento de agua, ordenó construir dos acueductos.

Con una notable visión de Estado, concedió el derecho de ciudadanía a las élites en las provincias, para que de ese modo participasen de pleno derecho en el gobierno de sus ciudades. También fomentó la romanización, concediendo el estatuto municipal a centros provinciales con tradición. No olvidó aspectos de política interior. Entre otras, reorganizó las finanzas imperiales, separando los bienes públicos de los privados del emperador. Como es fácil verificar en muchos países, su intento no ha tenido la extensión que merecía.

Como todo directivo, Claudio tuvo contradicciones. Entre otras, seleccionó mal a algunos colaboradores. Entre ellos a dos libertos: Narciso y Palante. Tan eficaces como ansiosos, hicieron suyas prerrogativas que no les correspondían. Tuvo incluso peor fortuna con su tercera esposa, Mesalina. Al final acabó cayendo en manos de otra aún peor, por letal: Agripina. Esta última estaba obsesionada con su vástago, Lucio Domicio Aenobardo (futuro Nerón). Tras ningunear a Británico, hijo de Claudio, la malhadada contrató los servicios de Locusta para que le proporcionara un veneno que no infundiera sospechas. Aprovechó que Narciso no se encontraba en la urbe para asesinar a su marido. Según diversos historiadores, Claudio había sido hábil para gobernar el imperio pero no supo hacerlo con su vida.

Al final, como suele suceder, se reconocieron sus bondades: fue deificado por el Senado. La envidia pocas veces es empleada con respecto a los difuntos. Por eso, muchos sólo aplauden a quien ya va camino del camposanto. Más emulación y menos envidia beneficiaría a personas y organizaciones.

Javier Fernández Aguado. Socio director de MindValue