COLUMNA

Agua y desarrollo

El problema de los recursos energéticos -singularmente del petróleo y del gas natural- con el que actualmente se enfrenta el mundo eclipsa otro problema de mayor calado a medio plazo cual es el del agua dulce, un recurso cada vez más escaso y, paralela y consecuentemente, un negocio cada vez más lucrativo.

Si la relación desarrollo/energía parece incuestionable, especialmente en la llamada civilización del petróleo -cuyo final se calcula en veinte o treinta años- la relación desarrollo económico y social/disponibilidad de recursos hídricos es aún más inequívoca.

La demanda mundial de agua dulce se duplica cada 20 años a un ritmo muy superior a la tasa de crecimiento de la población. Unos pocos datos facilitados por la Universidad de Ginebra y publicados en la obra Cité des sciencies et de l'industrie, sirven para explicar el crecimiento de su demanda en un mundo en constante desarrollo: se necesitan 250 litros de agua para producir un kilogramo de papel, 1.500 litros para producir un kilo de trigo, 4.500 litros para producir un kilo de arroz, 800 litros para producir un kilo de azúcar, 10.000 litros para producir un kilo de algodón y 100.000 para producir un kilo de aluminio.

Sin embargo el agua dulce, el llamado oro azul representa tan solo el 2,7% del total de agua del Planeta. Anualmente el mundo consume 3.200 kilómetros cúbicos de este bien (volumen siete veces superior al que consumíamos a principios del siglo XIX). La agricultura, con el 80%; la industria, con el 12% y el consumo humano, el 8% restante, son su destino final. Pero este consumo se hace, en una buena parte, a partir de los acuíferos fósiles, haciendo que la capacidad de recuperación de nuestras reservas hídricas subterráneas sea cada vez más limitada.

Desde la perspectiva del desarrollo y del bienestar social, y en relación con el consumo de agua, se hace necesario recordar algunos datos más: 31 países soportan grave escasez de agua; 1.500 millones de seres humanos, de los casi 7.000 millones que actualmente poblamos el mundo, no dispone de acceso directo al agua potable y en menos de 25 años las dos terceras partes de la población del Planeta no tendrán acceso a este derecho fundamental; 2.400 millones de personas carecen de sistema de saneamiento; cinco millones -especialmente niños- mueren por enfermedades derivadas de este hecho; sobre territorios con un alto estrés hídrico vive uno de tres habitantes del Planeta. Entre tanto, el 12% de la población consume el 85% de los recursos hídricos del Globo.

Pero el agua dulce, problema y bien desigualmente distribuido y consumido, constituye también un lucrativo negocio: la nueva industria mundial del agua embotellada rondaba ya en 2001, según el Banco Mundial, el billón de dólares norteamericanos. Importantes empresas han creado fondos de inversión agrupados en torno al índice Womax (World Water Index), calculado por el índice Down Jones y registrado en la Bolsa de Fráncfort, que comenzaron a cotizar -siempre al alza- en 2006. Su rentabilidad no está en la especulación con este preciado bien sino con las perspectivas de éxito de las empresas dedicadas a su saneamiento y suministro (limpieza, depuración, potabilización, infraestructuras, abastecimiento, producción industrial de agua embotellada ...).

T. Clark y M. Barlow señalan que el volumen de agua embotellada en el mundo, que en 1970 era de 1.000 millones de litros, ascendía en 2000 a 84.000 millones, rondando actualmente los 120.000 millones. Una cuarta parte de esta producción se comercializa fuera del país de origen, vendiéndose a un precio medio superior a 11.000 veces superior al agua del grifo. La demanda al alza explica que el valor en el mercado del agua embotellada se haya duplicado en las últimas décadas y que presente en Bolsa rentabilidades superiores al 6 % anual.

El agua dulce, que constituye el elemento más básico del equilibrio ecológico, no debe convertirse solo en un bien económico, sino que ha de ser considerada como patrimonio común de la humanidad y como un derecho fundamental para toda la población. Sin embargo, este derecho solo puede alcanzarse luchando contra su privatización y su mercantilización y promoviendo un modelo de consumo y de gestión que asegure su uso futuro para las nuevas generaciones, de lo contrario los conflictos futuros por el llamado oro azul pueden llegar a alcanzar una magnitud mucho mayor que la que esta alcanzado el conflicto por el oro negro.

El agua dulce, actualmente el más grave problema ambiental de la Humanidad, será el más importante reto de la gobernanza mundial y constituirá, sin duda, el mayor desafío global del siglo XXI.

Pedro Reques Velasco. Catedrático de geografía humana de la Universidad de Cantabria