COLUMNA

La dimensión del paro

La encuesta de población activa del segundo trimestre muestra un claro efecto desánimo en la evolución de la población activa que, lejos de continuar creciendo a las importantes tasas que ha mostrado durante los últimos años (3,4% en tasa interanual desde 2002), descendió en el segundo trimestre en 19.000 personas. Ello proporciona un alivio al fuerte crecimiento del paro, aunque no del tipo que todos desearíamos ver en un futuro próximo, que debiera provenir de la creación neta de puestos de trabajo.

La disminución en el número de activos ha sido especialmente notable en la construcción, permitiendo un descenso de 42.000 parados adscritos a este sector, a pesar de que el número de ocupados también ha descendido en casi 56.000 personas. Esto significa un descenso de casi 100.000 personas activas en este sector. El número de activos en la industria descendió en 80.000 personas, mientras que el número de activos en servicios se incrementó en 82.000. Todo ello sugiere tanto un desplazamiento de la fuerza de trabajo hacia los subsectores más dinámicos en la época veraniega, como un posible deslizamiento hacia la economía sumergida. La menor destrucción de empleo en el trimestre (146.000) y el descenso en población activa ha permitido un aumento moderado del paro (127.000 personas).

Persisten algunas notas preocupantes. En primer lugar, la destrucción de empleo se extiende ya mucho más allá del sector de la construcción y su industria auxiliar. En el último año se han perdido 445.000 empleos netos en la industria, 627.000 en la construcción, y 374.000 empleos en los servicios. El paro en la industria es más del doble que en igual trimestre del año pasado. En la construcción ha aumentado en 323.000 personas, y en 576.000 personas en los servicios. En segundo lugar, casi 1.100.000 parados perdieron su último empleo hace más de un año, un contingente importante de trabajadores que habrá que intentar recuperar para el mercado de trabajo. Tercero, casi 300.000 personas se declaran estar buscando activamente su primer empleo. Cuarto, el número de asalariados con contrato indefinido ha descendido un leve 1%, mientras que los asalariados con contrato temporal han descendido un 20% en un año. Quinto, se ha doblado en un año el número de hogares con todos sus miembros en paro, superando ya el millón de hogares.

En resumen, la dimensión del paro es terrible, y no cabe esperar sino que se acentúe tras el verano, finalizado el repunte estacional de actividad en los servicios y el plan de reactivación de obra pública impulsado desde los ayuntamientos. El drama se agrava porque más de una tercera parte de los parados son de larga duración o no han tenido nunca un empleo, dos terceras partes de la pérdida neta de empleo procede de asalariados con contrato temporal, y un elevado número de hogares tiene a todos sus miembros en paro.

El dramatismo de estas cifras debería ser suficiente para motivar una reforma estructural profunda del marco laboral institucional, con un apoyo social amplio, más allá de las cúpulas directivas de partidos políticos, sindicatos y organizaciones empresariales. Especialmente porque existen propuestas serias que han sido injustamente descalificadas en su globalidad sin recibir un mínimo debate. España no puede permitirse tan amplio contingente de parados de alta duración, ni un entorno institucional que dificulta la incorporación de los jóvenes al mercado de trabajo, y que favorece el despido inmediato en contextos recesivos de trabajadores, mayoritariamente jóvenes, bajo contratos temporales. Esto desincentiva la inversión en capital humano, tanto por parte de la empresa como por parte de los propios trabajadores.

Especial atención deben recibir las instituciones destinadas a la formación de trabajadores en paro o en busca de su primer trabajo y a su reincorporación al mercado de trabajo. Las experiencias pasadas no invitan al optimismo, por lo que sería deseable una firme decisión política que condujera al desarrollo de un contexto moderno y eficaz de instituciones de este tipo. Trabajar mediante la formación en aras de una elevada productividad es la mejor garantía de que los procesos de búsqueda de empleo sean de corta duración.

Alfonso Novales. Catedrático de Análisis Económico de la Universidad Complutense anovales@ccee.ucm.es