EDITORIAL

Intervención sin complejos

Las dos grandes sociedades hipotecarias de Estados Unidos, Fannie Mae y Freddie Mac, intervenidas por el Gobierno este domingo, venían funcionando como entidades de propiedad y gestión privada, pero patrocinadas y respaldadas por el sector público. Su estatus especial suponía la exención de ciertos impuestos y exigencias contables además del acceso al crédito público. Con ese mecanismo, no estrictamente de libre mercado, debían garantizar la mitad de la cartera hipotecaria más grande del mundo, valorada en unos 12 billones de euros.

Ese carácter de government sponsored enterprises (compañías patrocinadas por el Gobierno, GSE por sus siglas en inglés), un concepto nacido en 1916 con la idea de aumentar la disponibilidad del crédito y reducir su coste en los sectores agrícola, hipotecario y educativo, es algo que parecen no tener en cuenta los que, nada más conocerse la decisión del Tesoro de EE UU, se han llevado las manos a la cabeza por lo que llaman una intervención proteccionista en el reino del liberalismo.

En primer lugar, la decisión de la Administración de EE UU es el reflejo de la difícil situación del sector financiero en un contexto muy complicado, pero también la continuación de una política antigua y ya practicada en esta crisis. A finales de 2007 fue nacionalizado Indy Mac, uno de los bancos hipotecarios más importantes del país, y ya en 2008 fue intervenido el banco de inversión Bearn Stearns, que pasó a precio de saldo a manos de JPMorgan, con el respaldo de la Reserva Federal. Ahora, a menos de dos meses de las elecciones presidenciales, el Tesoro hace explícita una garantía implícita e interviene las dos gigantes, les puede inyectar 140.000 millones de euros y toma su gestión. El riesgo de la inacción era tan grande que ni los candidatos a la Casa Blanca lo han querido asumir, como prueba el expreso apoyo previo de ambos a la decisión.

En contra del liberalismo radical, y una vez más, las autoridades de EE UU han intervenido al ver un problema serio. Cuando frente a una posible perversión de las reglas del mercado se pone un probable colapso del sistema financiero, la duda no existe. El apoyo sin ambages de la Reserva Federal y del G-10 a la medida es una prueba más, como lo ha sido la respuesta al alza de los mercados por la estabilidad que aporta, aunque sea sólo en el corto plazo. Porque el peligro de la crisis subprime se ha contagiado tanto a las economías avanzadas como a las emergentes.

Europa debe aprender la lección. Lejos de estrictos purismos sólo teóricos, y además de mejorar la regulación -porque el efecto de medidas así es limitado-, la economía global debe orientarse sobre todo hacia la flexibilidad. EE UU, la mayor economía del mundo, ha dado ya suficientes muestras de entenderlo así, aun a costa de perder la coherencia entre la teoría y la práctica, con intervenciones puntuales, aunque es cierto que también con indeseables subvenciones o aranceles.

La UE y su Banco Central Europeo deben tomar nota. La economía está peor que la de EE UU, en parte por su contagio. Los responsables económicos de la Unión tienen ocasión para demostrar, en el Ecofin de esta misma semana, que Europa puede dar una respuesta común y sin complejos a la primera crisis desde que existe el euro. Por lo menos, tendrán donde mirarse.