COLUMNA

La fortaleza del euro y la débil economía europea

La semana pasada, el presidente Zapatero anunció las medidas económicas que su Gobierno acababa de aprobar en el mismo momento en que se conocían los datos de crecimiento, mejor dicho de decrecimiento, europeo. España creció un 0,1% trimestral y un 1,8% interanual, lo que significa un fuerte retroceso que nos coloca ante las puertas mismas del crecimiento cero o incluso de la recesión. Pero he aquí que, como por ensalmo, los datos europeos fueron aún peores. Alemania decreció un 0,5% en el trimestre, y Francia e Italia un 0,3%. Nos creíamos los más feos de la clase y, de repente, reparamos que los demás están peor que nosotros. Esta coincidencia la recogió el discurso del presidente, que reafirmó que crecemos más que Europa y que las medidas que está adoptando el Gobierno han dado sus frutos, aunque reconoció el 'frenazo' de nuestra economía. Tan oportuna coincidencia generó el debate. ¿Estaba preparado? ¿Fue una cuestión de suerte?

No pretendemos responder a estas preguntas. Queremos centrarnos en el debate fundamental. ¿Por qué Europa no crece, mientras que EE UU mantiene un ritmo más elevado y otras zonas del mundo se desarrollan con rapidez? La crisis financiera no es razón suficiente. Los bancos americanos están peor que los europeos. El epicentro de las subprime estuvo en EE UU, y allí ocasionó los mayores destrozos. Después vamos los europeos, aunque no debemos olvidar que las entidades financieras orientales y árabes también han perdido enormes fortunas con las tristemente famosas hipotecas basuras. La evidente crisis financiera no es la que marca la diferencia entre el ritmo de crecimiento de unas y otras zonas del mundo. Tampoco los precios del petróleo y de las materias primas, que golpean por igual a todos los consumidores internacionales, y más aún, si cabe, a los de la zona dólar. Debemos buscar algo más allá de esas realidades comunes. Las causas deben estar basadas en algunos de nuestros dos escenarios singulares: la fortaleza del euro y el modelo de bienestar. Sobre ambos radican las diferencias más acusadas sobre otros modelos económicos. El modelo social europeo es un clásico que presenta un balance extraordinariamente positivo.

Debemos ajustar algunos excesos, pero no parece que sea el motivo real de nuestro desfase económico, una vez abandonada la más que cuestionable idea de la disminución de la jornada hasta las 35 horas. Europa no puede enterrar un modelo social que ha funcionado, aunque tampoco podrá dejar de ir adaptando sus premisas a las nuevas realidades internacionales. En ese complejo equilibrio entre empresa y trabajadores deberemos seguir avanzando. El modelo social de mercado no es una debilidad, sino una fortaleza, siempre que no lo convirtamos en algo rígido e insostenible.

España todavía sonríe con mejores datos que los países europeos, pero pronto llorará

Nos queda, pues, el euro. Tenemos un euro que ha llegado a cotizar a niveles de 1,50 dólares y, aunque ha bajado algo, sigue muy por encima de la paridad aproximada con el dólar -incluso por debajo- con la que debutó. En estos diez años de andadura de la moneda europea nos hemos encarecido un 50% frente al resto del mundo. Nos cuesta más exportar y nos sale muy barato importar. Moraleja: nuestro sistema productivo se resquebraja y nuestro déficit comercial se acelera.

La industria europea no sufre en exclusiva por bajas productividades o falta de I+D+i. Es la fortaleza del euro la que saca a sus productos del mercado. El BCE y muchos ministros de economía nos recuerdan que el euro fuerte nos ayuda a controlar la inflación, pero no es del todo cierto. Europa tiene una inflación media que ronda el 4%, un resultado muy decepcionante si lo comparamos con el esfuerzo en actividad y empleo que nos supone la fortaleza del euro.

Ya sabemos que en economía no existen verdades absolutas y que todo tiene sus contraindicaciones inmediatas, pero estamos convencidos que un euro más débil -sobre 1,10 dólares- generaría muchos más beneficios que pérdidas a la enfermiza economía europea. Allá el BCE con su trascendental debate sobre los tipos de interés.

España tiene males propios. Si hoy todavía sonreímos con mejores datos que los europeos, pronto lloraremos. Un euro más débil nos ayudará, pero no será medicina suficiente para nuestros males.