TRIBUNA

España y la economía 'creativa'

Gracias a la revolución digital está emergiendo lo que podría definirse como el consumidor-creador, es decir aquellas personas, mayoritariamente jóvenes, que no se limitan a ser espectadores pasivos, como ocurre con la televisión, sino que crean sus propios contenidos y los cuelgan en internet en blogs o en webs como YouTube, o los intercambian en redes sociales como MySpace.

A este respecto, Paul Saffo, uno de los expertos en nuevas tecnologías más prestigiosos de EE UU, ha resaltado que el efecto principal de esta nueva realidad es que su impacto no se limitará a la modificación de los hábitos sociales o de ocio, sino que esta generación internet, a medida que consolide su posición económica en la sociedad, irá transformando la estructura y funcionamiento de los mercados más proclives a la digitalización -como los de comunicación y ocio- y acabará por afectar, finalmente, a la economía en general.

Estaríamos, así, en presencia de un fenómeno similar al ocurrido con la aparición de la televisión, en el que un cambio tecnológico contribuyó a conformar una nueva realidad social y económica: la sociedad de consumo. Ello se debió a que la televisión posibilitó una publicidad de alcance masivo, que generó unas pautas de consumo homogéneas, permitiendo, de esta manera, la gran expansión comercial experimentada en los países más avanzados y responsable, en gran medida, de su dinamismo económico a partir de los años sesenta.

No es casualidad, pues, que cada vez con más frecuencia se hable de la economía creativa como la próxima etapa de una evolución económica originada con la revolución industrial, que ha tenido de forma sucesiva en el trabajo, la producción y el consumo sus principales elementos dinamizadores. Según Saffo, en los próximos años habrá que añadir a los anteriores la creatividad social en el uso de las nuevas tecnologías como protagonista principal del progreso económico de los países más avanzados.

Se trata, pues, de un cambio de paradigma económico-tecnológico que lógicamente plantea retos decisivos a los países que aspiren a situarse en vanguardia del mismo, y ante el cual es preciso preguntarse cómo puede responder España al desafío que implica.

A nuestro juicio, cualquier respuesta debería basarse en la formulación de políticas públicas articuladas necesariamente en torno a cinco puntos. En primer lugar, la exigencia de contar con una infraestructura de telecomunicaciones que soporte una sociedad de la información avanzada. Segundo, la necesidad de fomentar la creatividad y el aprendizaje tecnológico en todas las fases de la etapa educativa. Tercero, el aprovechamiento de la ventaja comparativa que supone un idioma como el castellano, hablado o entendido por 500 millones de personas en todo el mundo. Cuarto, como consecuencia de ello, la oportunidad de fomentar e impulsar una industria de contenidos digitales que sea competitiva internacionalmente. Y, finalmente, el convencimiento e internalización a nivel de país de que Iberoamérica y EE UU constituyen ámbitos decisivos para España.

Un dato que puede ayudar a hacer verosímil la oportunidad que tiene nuestro país es el hecho de que los flujos de contenidos que circulan por internet están empezando a configurar en el ciberespacio una especie de comunidad idiomática en castellano dando la razón, de esta forma, a Alain Minc cuando afirmaba que España podía ser una potencia global mientras que Italia no.

Por último, cabe resaltar que el éxito no dependerá tanto de la aplicación de estos puntos considerados individualmente, como de que se sea capaz de articularlos dentro de una estrategia planteada con ambición y, no menos importante, que se sepa aplicar ésta de forma sistemática y no fragmentada o descoordinada. Ese es el reto de la futura economía creativa a la que debemos hacer frente si queremos ser la potencia global que nos auguraba Minc.

Andrés Font. Director de Enter (Centro del Instituto de Empresa para el Análisis de la Sociedad de la Información y las Telecomunicaciones)