TRIBUNA

El gap demográfico

El mundo actual se enfrenta al reto de la globalización y sus efectos en un contexto de profundos desequilibrios económicos y de creciente desigualdad (social, de bienestar, de desarrollo educativo, de salud) y por ende, de fuertes desajustes demográficos: la población juega siempre el papel de variable dependiente.

En relación a este tema, de tanta trascendencia política y social, se hizo público hace dos meses un documento de trabajo sobre salud, nutrición y población en el mundo, titulado Cuestiones de población en el siglo XXI: la tarea del Banco Mundial, realizado y publicado por este importante organismo financiero.

En este estudio se analiza, a partir de información estadística muy actualizada, la situación demográfica y epidemiológica del mundo y se pone el acento especialmente en el tema de la salud reproductiva (forma políticamente correcta de tratar el tema del control de natalidad o, lo que es lo mismo, de reducción del crecimiento demográfico en los países menos desarrollados). De este informe interesan todos sus contenidos, si bien en este trabajo nos centraremos en el tema de la esperanza de vida y responderemos a la cuestión de si la brecha demográfica que dividía a la Humanidad en dos mundos hace dos décadas ha aumentado, se ha estancado o ha disminuido desde entonces.

Algunos países de África, Europa del Este e incluso Rusia han empeorado sus niveles de esperanza de vida

Y es que la esperanza de vida (a la que se le da en ocasiones un valor predictivo del que carece y que ha de relacionarse con la mortalidad por edades y muy especialmente con la mortalidad infantil) es el indicador socio-económico por excelencia, mucho más preciso que la renta per capita. Este sirve para medir el desarrollo económico; aquéllos (la esperanza de vida y la mortalidad infantil) el desarrollo social, las condiciones de vida, de salud y la eficacia y eficiencia del sistema sanitario.

En relación a la mortalidad por edades las diferencias entre los países más desarrollados y los del llamado 'Cuarto Mundo' (del que formarán parte los espacios menos desarrollados del planeta, sumidos en el circulo vicioso del subdesarrollo, de la dependencia y del crecimiento demográfico) son de una extraordinaria magnitud.

Aunque la mortalidad infantil a escala de grandes conjuntos de países ha disminuido en términos absolutos, no lo ha hecho en igual medida en términos relativos ni entre países extremos. En relación a la esperanza de vida, por el contrario, las diferencias se han agrandado.

Como señala el Banco Mundial mientras que las tendencias en la fecundidad y mortalidad desde mediados del siglo pasado muestran primero una divergencia en los patrones demográficos entre las regiones, seguidas luego de una convergencia gradual hacia niveles más bajos de fecundidad, la esperanza de vida presentan una trayectoria distinta: las diferencias aumentan con el agravante de que la esperanza de vida en un buen número de países, entre los que están la mayor parte del África austral y algunos países del este de Europa además de la gigantesca nación rusa, que, como consecuencia de su desorganización social, ha perdido 4 años de esperanza de vida en los último 15 años), no han añadido años a la esperanza de vida, más bien han experimentado, como consecuencia del SIDA, un extraordinario retroceso: entre 1991 y 2006 Malawi, ha retrocedido 6 años de esperanza de vida; Kenia, 10 años; Swazilandia y Namibia 15, África del Sur, 17, Lesotho, 21, alcanzando descensos de 22 años en Zimbabwe y de 29 en Botswana.

La brecha demográfica en el mundo aumenta. Utilizando fuentes de Naciones Unidas (Population Reference Bureau) he estimado la diferencia entre la media de esperanza de vida entre los diez primeros y los diez últimos países del mundo en 1990 y 2006. La media del primer grupo en 1990 era de 77 años y la del segundo de 40,6, lo que da lugar a un gap de 36,4 años; en 2004 el primer grupo de países presentaba una esperanza de vida de 80,3 años, más del doble de los diez últimos, que es de 38,9: El gap entre uno y otro grupo de países se eleva hasta los 42,4 años.

Los países más desarrollados, por su parte, se enfrentan a la consecuencias demográficas de la pos-transición epidemiológica: en esta nueva etapa las sociopatías (suicidios, asesinatos, accidentes de tráfico, …) aumentan, dejando de ser sólo propias de determinados subgrupos de población para hacerse más generales: en los países desarrollados el estrés material, signo de los pasados tiempos en los países del Norte y de los menos desarrollados hoy, da paso al estrés existencial, signo exclusivo de los tiempos presentes en los países más avanzados.

En suma, las desigualdades de los países del mundo frente a la muerte son todavía muy grandes: el camino que aún le queda por recorrer a la Humanidad en cuanto al desarrollo demográfico, epidemiológico y sanitario es largo, y los datos del Banco Mundial, indican que también tortuoso.

Y es que al fin y a postre, la desigualdad ante la muerte no es sino el más fiel reflejo de la desigualdad ante la vida: la Demografía mide estas desigualdades y se convierte en el más efectivo y -demasiadas veces- mudo testigo de las mismas. El cambio climático y el retorno de las viejas enfermedades infecciosas y de algunas nuevas, no hace sino añadir incertidumbre y riesgo de que la brecha demográfica en el mundo (que además de territorial, es de género y social) lejos de disminuir se agrande en el futuro hasta magnitudes insoportables en el plano humano. Los Objetivos del Desarrollo del Milenio lejos de alcanzarse parecen, en relación con este importante indicador demográfico alejarse, y con él, una vez más, la esperanza quienes pensamos que 'Otro Mundo es Posible'

Pedro Reques Velasco Geodemógrafo y director del departamento de Geografía, Urbanismo y Ordenación del Territorio de la Universidad de Cantabria