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Tribuna
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Banca 2.0

Vivimos tiempos interesantes en los que se está acelerando la transformación de nuestra sociedad en la llamada sociedad de la información, propiciada por el despliegue de las nuevas tecnologías y el cambio cultural asociado con ellas. El ritmo y profundidad de dicha transformación, sin embargo, dependerá en gran medida de la actitud y decisión de determinados agentes o sectores que son, o pueden aspirar a ser, verdaderos catalizadores de dicho cambio. Entre tales sectores que pueden actuar de palanca de dicha transformación destacan, a mi juicio, las entidades financieras, a las que las tecnologías de la información les ofrece convertirse en precursoras de su difusión entre el resto de la sociedad.

En calidad de usuario, el sector financiero se ha visto ya muy positivamente afectado, en los últimos años, por las nuevas tecnologías, lo cual es consecuente con que, al fin y al cabo, su actividad no es otra que la de procesar y distribuir la información en la que se representa el dinero y otros activos financieros. Muchos podrían ser los ejemplos de inversiones en nuevas tecnologías que están permitiendo a la banca ganar eficiencia. Pero la relación entre banca y tecnologías de la información no queda ahí, restringidas estas últimas a ser palanca de su propia competitividad.

La información, y en particular su distribución y utilización por el resto de los sectores económicos, es cada vez más crítica en la nueva economía, pudiéndose aceptar como un factor más de producción. La información, cuando se procesa, se almacena o se distribuye, es susceptible de enriquecerse, de la misma manera que la materia es susceptible de alcanzar un mayor valor añadido con su tratamiento industrial. Pero cuando las tecnologías de la información son utilizadas para facilitar las interacciones de negocio entre diversos agentes del mercado, entonces su aportación de valor se multiplica, en línea con los efectos de la llamada economía de red, que son tan ampliamente visibles en el mundo internet y, en particular, en la recientemente llamada web 2.0.

Especialmente relevantes son las oportunidades de aportar valor mediante innovación en los intercambios de operaciones o de información de contenido financiero. Las entidades financieras pueden, apoyándose en sus competencias adquiridas con el uso interno de la tecnología, aportar mayor valor a la economía en general, a la vez que propiciar nuevas cotas de utilización eficaz de tecnología e información por el resto de los agentes económicos. La posibilidad de realizar pagos entre agentes económicos de forma más rápida y con una mayor garantía antifraude, o la posibilidad de generar y difundir una más precisa estimación de rentabilidades y riesgos de inversión, son verdaderas aportaciones de valor que transcienden al propio sector bancario y benefician al conjunto de la economía.

Todo ello sin perjuicio de que la mayor relevancia que la función bancaria pueda tener en el contexto de la nueva economía comporte también nuevas responsabilidades, como las impuestas por la directiva Mifid en materia de información al inversor.

Varios son los ejemplos que pueden ilustrar las nuevas oportunidades. Uno es el pago con tarjeta. ¿Podemos imaginar la trascendencia que para la economía en general, y en particular para el sector de la distribución, podría tener el hecho de poder pagar electrónicamente en los comercios en menos de medio segundo, sin necesidad de establecer contacto físico entre tarjeta y terminal, enseñar el DNI, esperar a que el terminal consuma 15 segundos en marcar un número telefónico, ni tener que firmar una boleta cuyas copias debemos guardar por un tiempo comercio y consumidor? Precisamente un proyecto piloto en esta línea acaba de ser inaugurado por Caja Segovia y Euro 6000 estos mismos días en el centro de Segovia. El despliegue del chip en la tarjeta, la conectividad IP en comercios, así como nuevas ideas, tecnologías y estándares impulsarán este nuevo escenario, al menos si no se eliminan los estímulos inversores para ello, como puede suceder a raíz de la polémica suscitada con las tasas de intercambio.

Otro ejemplo: la factura electrónica. ¿Imaginamos la aportación de eficiencia que tendría para la economía el que las empresas se enviaran facturas telemáticamente, evitándose la impresión, envío y grabación del papel, por no hablar de la mayor agilidad, fiabilidad y opciones de financiación que podrían integrarse en ese proceso? La intermediación de la banca en ello, facilitando la generación e intercambio de las facturas entre las pymes, será clave para impulsarla.

Pero el campo más amplio en el que las entidades financieras todavía tienen mucho que ofrecer a sus clientes es en la distribución de conocimiento y facilidades de gestión financieras a través de internet, de forma cada vez más integrada con los procesos de negocio del cliente, contribuyendo a su formación financiera y de gestión.

No podemos decir que no se hayan hecho ya ensayos innovadores por parte de la banca en el terreno de crear servicios avanzados con los que promover el desarrollo tecnológico y financiero de sus propios clientes. Muchos de estos intentos se han encontrado con importantes resistencias al cambio y otras diversas dificultades. La difusión de servicios apoyados en nuevas tecnologías supone cambios de hábito en los clientes que sólo pueden mitigarse con una actitud por parte de las entidades financieras especialmente educativa y pro activa, diferente del estilo clásico de venta bancaria, más acostumbrado a esperar que el cliente vaya a las oficinas a solicitar los productos y servicios, impulsado si acaso por una publicidad masiva. Los bancos y cajas se deberán convertir en coachs o tutores, términos de moda hoy en día, de sus propios clientes.

Y es en ese terreno de tutorización de los clientes donde cabe imaginar una futura convergencia de dos modelos de banca que se han desarrollado fuertemente en los últimos años: la banca online y la banca personal, creando nuevos modelos de banca interactiva aún más personalizados y atendidos.

En todo ello la colaboración es un instrumento esencial, tanto por la necesidad de crear nuevos estándares y procedimientos de intercambio como por la oportunidad de unir fuerzas, entre algunas entidades, para enfrentarse mejor a determinados desafíos de innovación. Pero la colaboración también tendrá que producirse entre diversos sectores y especialmente con la Administración, que debe escuchar, propiciar y apoyar tales colaboraciones en la dirección oportuna.

Vivimos momentos, a mi juicio, en los que la colaboración suele ser mal entendida, ya que tiende a identificarse con prácticas anticompetitivas. Sin embargo, en el ámbito empresarial la colaboración es una oportunidad y fuente de competitividad y prosperidad cada vez más asumida e indiscutida en un mundo de globalización y externalización, por no hablar de su carácter esencial en una economía de red. La asunción por parte de las Administraciones, europea y nacionales, de la responsabilidad de promover tanto la colaboración como la innovación colectiva, más allá de la que individualmente sean capaces de hacer cada empresa o institución, asegurando que los rendimientos de tal innovación se distribuyen entre todas las partes comprometidas, y especialmente entre los que deben invertir más en ella, es otro de los desafíos esenciales en los tiempos que corren.

Agustín Márquez Dorsch. Director general adjunto del Área Tecnológica de la CECA

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