Lealtad, 1

El otro euribor también preocupa

Hace un par de meses el mercado dudaba de cuál era el alcance de la tormenta financiera que tenía sobre la cabeza. Hoy por hoy, el mercado no sabe si tiene o no una tormenta sobre la cabeza. Si la calma relativa actual es sinónimo de que las aguas están regresando a su cauce o si las millonarias inyecciones de dinero puestas en marcha por los bancos centrales son poco más que un parche a corto plazo, con fecha de caducidad.

Hay elementos que invitan a pensar que se ha producido una reasignación de los riesgos en el mercado, y que la complacencia con la que se operaba es cosa del pasado. Unos costes de financiación excesivamente bajos dan lugar a un exceso de inversión, sea éste en empresas tecnológicas o en complejas estructuras financieras. Y los costes de financiación bajos pueden llegar tanto por la vía de los tipos de referencia como por el diferencial que exige el mercado, que era extraordinariamente bajo. Una huida controlada del dinero hacia la calidad es una suerte de seguro de vida, una vacuna contra nuevos excesos financieros.

Sin embargo, hay un dato que escama, o debería escamar, a los observadores, y es la evolución del mercado interbancario. El euribor a tres meses ha subido más de medio punto, de la zona del 4,32% hasta rozar el 4,9%, desde principios del mes de julio, a pesar de que el BCE ha echado el freno a los tipos de interés de referencia e inyectado grandes cantidades de dinero en el sistema.

Este repunte quiere decir, pura y simplemente, que los bancos son más reacios a prestarse dinero entre ellos y que, en consecuencia, piden un tipo de interés más alto para soltar los billetes. Quizá la crisis no esté tan superada como parecía. Por mucho que algunos bancos de referencia hayan apuntado fuertes pérdidas, es pronto para dar por cerrada la crisis, y en ese contexto se entiende que las entidades financieras cierren el grifo.

Sólo quieren estar protegidas frente a posibles pérdidas patrimoniales derivadas de papel que el mercado ya no quiere y que tienen en balance. Pero esta preferencia tiene un impacto directo en los mercados de crédito y, obviamente, en la letra de la hipoteca, es decir, en el consumo. Una crisis crediticia es despiadada y traicionera como el mar; no se puede dar por cerrada alegremente.