TRIBUNA

La RSC o el límite del liberalismo

Viviendo en un mundo cada vez más informado y falsamente globalizado por la conducta y barreras establecidas por el llamado mundo desarrollado (ayudas de la PAC y subvenciones), las personas del primer mundo observamos atónitos lo que ocurre en nuestro entorno, sin atrevernos a enfrentarnos con sinceridad a sus posibles causas.

Así, se disparan nuevas formas de esclavitud donde el propio esclavo es quien paga, incluso con la vida, el viaje hacia su pérdida de libertad, bajo la noble pretensión de posibilitar un futuro mejor para su descendencia. De igual forma los mandatarios de numerosos países, incluso regidos bajo supuesta ideología socialista, ignoran la explotación laboral de sus conciudadanos en aras de crecimientos de su PIB otrora impensables. Pero no sólo en países en vías de desarrollo se aprecian estas perversiones éticas. Muchos permanecemos endeudados durante gran parte de nuestra vida, bajo justificaciones económicas que nos ocultan los verdaderos bienes embargados: la libertad de decisión, la salud física o mental o los valores de una escala que ha sido manipulada.

Y, ¿por qué puede estar pasando esto? Aunque las filosofías económicas de organización social dominantes del siglo XX (liberalismo y socialismo) pudieron servir para superar las situaciones creadas por los conflictos armados acaecidos, no parecen ser eficaces para resolver la realidad del siglo XXI. Por esto sometería a su consideración si, quizás, variables como capital, tierra y trabajo han podido perder peso relativo en lo que cada uno estimamos como valor, o si bajo las sociedades denominadas liberales se esconden estructuras de intervencionismo paternalista.

Parece que el pasado premió a aquellas comunidades que optaron por la teoría monetarista y el liberalismo económico, pero ¿cómo se pueden atemperar ciertas variables inmorales desarrolladas en su seno como son la explotación infantil, la contaminación del medio o la fuga del capital intelectual más cualificado por la inmigración hacia los países más desarrollados? Si nuestros Estados no son capaces de defender la vida, la dignidad, la justicia, la libertad y la economía de sus ciudadanos, ¿tiene sentido su existencia?

Para evitar esta trayectoria hacia el caos, es necesario equilibrar los intereses de las personas implicadas. Pero parece que el intento de corrección de estos desequilibrios mediante la intervención de los mercados por parte de los Estados o las asociaciones internacionales, sólo sirve para desarrollar nuevas formas de corrupción, ya que a la postre, son otras formas de intervencionismo que sólo conducen a crisis humanitarias, económicas o sociales.

Quizás debiéramos plantearnos si estas grandes actuaciones debieran ser conseguidas mediante la suma de pequeñas acciones desarrolladas por las propias empresas mediante la aplicación de una filosofía que, con objetivos de recompensa individual, englobase aspectos éticamente más amplios. Esta pasa por conseguir la supervivencia de la propia organización como situación menos desfavorable para todos sus agentes implicados, para lo que necesita entornos relativamente estables por espacios de tiempo lo más amplios posibles. Y para conseguir estas condiciones es necesario que se adopten acuerdos equilibrados (concepto distinto a equitativos) entre los grupos interesados (accionistas, empleados, proveedores, clientes y la sociedad que la posibilita) para incrementar el valor económico añadido que ésta genera en el tiempo, manteniendo situaciones de desarrollo menos injustas para algunos de sus participantes a las existentes.

Desde el punto de vista filosófico, se presentan dos actitudes básicas, frente a la mencionada necesidad de cambio: a) mantener la idea de que el capital y el trabajo deben continuar separados y enfrentados como propugnaban las corrientes económicas del siglo pasado, y b) adoptar una visión de futuro, bajo la que las corporaciones socialmente comprometidas integrarían a todos los grupos partícipes de su actividad persiguiendo la adopción de una posición de equilibrio entre sus intereses.

Así, la Responsabilidad Social Corporativa (RSC) se convierte en una evidente fuente de valor económico y social. La adopción de la filosofía expuesta, implica un cambio importante en el concepto tradicional de la estrategia. Lo expuesto conduce al desplazamiento de los centros de decisión, desde el antiguo directivo situado en el vértice de una estructura de forma piramidal, al centro de gravedad de dicho sistema, como motor de resolución de las contradicciones existentes, ya que si la capacidad de crecer de una empresa se detiene y comienzan a alejarse de dicho equilibrio, deben evitar alcanzar el estado en el que sus líderes se consideren fines en sí mismos.

Antonio Carbonell Peralbo, Doctor en Ciencias Económicas y Empresariales