COLUMNA

¿Mejor lo malo conocido que...?

La precipitada salida de Rodrigo Rato al frente del FMI ha hecho renacer las quejas de una serie de países respecto al actual método de elección y al equilibrio de poder en la institución. El autor critica la actitud de algunos de los representantes de estos Estados, que no predicaron con el ejemplo y piden ahora responsabilidades

Como es sabido, el Fondo Monetario Internacional (FMI) nació en 1944 como resultado de las conversaciones celebradas en Bretton Woods por 45 países miembros de las Naciones Unidas con el objetivo de establecer una cooperación económica entre ellos que evitase las desastrosas consecuencias generadas por la Depresión de los años treinta. Esos países tomaron el acuerdo de promover la cooperación monetaria internacional, facilitar el desarrollo del comercio internacional, asegurar la estabilidad de los tipos de cambio y poner los recursos de la nueva institución a disposición de los miembros de la misma que experimentasen dificultades en sus balanzas de pagos. A esos fines principales se ha unido después el objetivo de reducir la pobreza, conjunta o independientemente del Banco Mundial.

Desde esa lejana fecha los grandes países occidentales, junto con Japón años después, han asumido la responsabilidad de dotar de fondos a la institución, asegurar su funcionamiento y delegar en algunas de sus personalidades la responsabilidad de dirigirla. Una de las consecuencias de esa asunción de responsabilidades ha sido el acuerdo tácito según el cual un norteamericano preside el Banco Mundial y un europeo -acaso como tributo a la contribución de Keynes al esquema rector de esta institución- dirige el Fondo.

A lo largo de su historia, el FMI ha cosechado éxitos sonados y fracasos espectaculares. En opinión de sus críticos, estos últimos superan con mucho a los primeros y, por añadidura, están incorporados en los genes de la institución. O dicho de otro modo, su confianza en las bondades de un papel limitado de los poderes públicos en cuestiones económicas, la necesidad de mantener siempre -o al menos intentarlo seriamente- unas finanzas equilibradas, una moneda saneada y una propensión inquebrantable a favor de la libertad de comercio forman parte de un ideario socioeconómico obsoleto y sesgado a favor de las grandes economías capitalistas.

Quizás el más feroz entre sus recientes críticos haya sido el economista americano y premio Nobel Joseph Stiglitz, quien en su conocido libro El malestar de la globalización realizó una crítica inmisericorde de la actuación del Banco Mundial -en el cual trabajó como economista jefe entre 1977 y 2000-, crítica que extendió también a la institución hermana; es decir, al FMI. Lo malo es que no se limitó a criticar políticas sino que igualmente atacó -y con mal estilo- a algunos colegas. Curiosamente, Stiglitz ha publicado años después otro libro -Cómo hacer que funcione la globalización- en el cual las descalificaciones personales y las diatribas teóricas se moderan a favor de análisis más concretos y sosegados.

Pero lo importante es que esas críticas al FMI por su supuesta obstinación en imponer recetas liberales a países en situaciones críticas -especialmente en las crisis experimentadas en América Latina y en Asia- olvidan que aquéllas no eran fruto de una propensión doctrinaria sino resultado del esfuerzo histórico por evitar la postración que a aquellas naciones llevó la combinación letal de déficits presupuestarios y exteriores, inflación, proteccionismo e intervencionismo público caprichoso.

Pero en el último mes el FMI no ha sido noticia por estas cuestiones sino por la renuncia de su director gerente, el español Rodrigo Rato, y la propuesta por la Unión Europea de un ex ministro francés, Dominique Strauss-Kahn, para sucederle en tan relevante puesto. Todo ello ha hecho renacer las quejas de una serie de países respecto al actual método de elección y al equilibrio de poder entre los grandes miembros fundadores y algunos de los más recientes pero cada vez más poderosos en gracia a su creciente peso económico, tales como China, Brasil, México, Argentina o Corea del Sur.

El propio Rato era muy consciente de la necesidad de otorgar más votos a estos países y de establecer un mecanismo de elección del director gerente del Fondo más abierto y transparente. Al parecer razones personales le han impedido poner en práctica esas ideas, abandonando la institución precipitadamente y abriendo una crisis que en opinión de muchos se va cerrar en falso con la designación del candidato europeo y la frustración de un número considerable de países.

Es lamentable que así sea pero antes de rasgarse las vestiduras convendría recordar que no pocos de los Gobiernos que ahora alzan su voz reclamando transparencia y procedimientos reglados se han distinguido fronteras adentro por una escandalosa falta de respeto a los marcos jurídicos y al cumplimiento de los compromisos contraídos. Que el portavoz del llamado Grupo de los 24 que ahora exige responsabilidades a países en los cuales el respeto a la ley y a los acuerdos contraídos es norma habitual sea un argentino no deja de ser una ironía.

Raimundo Ortega. Economista