COLUMNA

Los españoles y el crédito

Desde hace años, los españoles somos protagonistas de un proceso a lo largo del cual crece progresivamente la intensidad de nuestra convivencia con el crédito. En su recorrido, las familias españolas, de modo simultáneo al crecimiento de su nivel de endeudamiento, han ido ampliando la tipología de bienes adquiridos con el recurso al crédito.

En una fase inicial del proceso, la pauta común de conducta consistía en endeudarse para afrontar la adquisición de su vivienda. Claro es, conforme ha aumentado el precio de éstas, el nivel de endeudamiento exigido ha ido creciendo. El pago de la deuda requiere progresivamente proporciones mayores de la respectiva renta a la vez que mayores plazos para su devolución.

Los términos de la evolución cuantitativa del crédito hipotecario son bien elocuentes. Creciendo desde 1998 a altas tasas, la menor en 2002 (14%), la mayor en 2006 (22%), su volumen se ha cuadruplicado en los últimos ocho años.

Lejos de restar importancia a la cuestión expuesta, sí conviene racionalizar la lectura de los datos expuestos. La vivienda adquirida pasa a integrarse en el patrimonio del adquirente, que además de evitar el gasto correspondiente a la opción alternativa -pago de un arrendamiento-, comienza a beneficiarse de la revalorización de su activo. Podríamos expresarlo en términos de análisis de balances diciendo que el aumento del crédito necesario para adquirir su vivienda ha afectado en mayor medida a la liquidez que a la solvencia de los españoles. Así, el volumen del crédito hipotecario ha pasado de ser en 1998 un 6% de la riqueza total de los españoles, a constituir en 2006 un 8% de la citada magnitud, lo que está lejos de ser positivo, pero no constituye un dato alarmante.

En un segundo estadio de la intensificación del endeudamiento, las familias españolas tienen que recurrir al crédito para adquirir bienes de consumo duradero, como vehículos, electrodomésticos... También en este caso es creciente el volumen del crédito, pues ha aumentado a una media anual del 12,3%, con un crecimiento valle de 1,1% en 2003, y un crecimiento pico de 19,7% en 2005. En realidad, diferir el pago de un bien a lo largo de la vida de un crédito de duración similar a la vida útil del bien no resulta una conducta preocupante, aunque sí lo sea la circunstancia de la creciente necesidad de recurrir a ella.

El último y el más peligroso de los estadios del endeudamiento es aquél en el que los hogares tienen que acudir al crédito para poder pagar su consumo corriente -bienes no duraderos-. Endeudarse para sufragar unas vacaciones, la compra de los libros escolares, la factura de médicos, el gasto en ocio... constituye una preocupante situación de escasa liquidez. Pues bien, la situación de las familias españolas resulta, en orden a esta cuestión, altamente peligrosa.

En efecto, el crédito al consumo en general ha crecido en los últimos cinco años por encima del crecimiento correspondiente al crédito para adquirir bienes duraderos. En concreto, en los ejercicios 2004, 2005 y 2006, el crédito al consumo ha crecido al 12%, al 17,6% y al 22%. Con estos aumentos, en el volumen de crédito destinado al consumo en 2006 es ya un 250% del correspondiente a 1998.

Expresado en términos relativos, la importancia del crédito al consumo medida en proporción a nuestro PIB ha pasado desde el 6,8% en 1998 al 9,4% en 2006. Visto desde otra perspectiva, mientras que en 1998 las familias españolas sólo necesitaban acudir al crédito para pagar un 11,6% de su consumo, en 2006 han necesitado hacerlo para financiar un 16,6% del mismo.

Sin duda, la evolución descrita es preocupante. Recurriendo de nuevo a la comparanza empresarial, no es equivalente la situación de la empresa que decide apalancarse para financiar una inversión que la de aquella que debe acudir al mercado crediticio para pagar la nómina de sus empleados o hacer frente a los suministros.

Esta situación de liquidez límite de las familias constituye una evidente fragilidad de nuestra economía en términos de coyuntura y de bienestar social. En este contexto, la posible ralentización de nuestro ritmo de creación de empleo, vaticinada por varios institutos de prospección, aparece como un riesgo serio, pues la consecuencia derivada en forma desempleo, al no poder absorber el intenso crecimiento de la inmigración, puede tener varias consecuencias que, evidentemente, serían todas negativas.

Ignacio Ruiz-Jarabo Colomer. Ex presidente de la SEPI, presidente de EDG-Escuela de Negocios y consejero de Elduayen Fotovoltaica