COLUMNA

'Marielitos' y cayucos

Que la inmigración resulta beneficiosa para el crecimiento de los países industrializados es un hecho que hoy nadie discute, aunque a menudo se plantee con una relevante carga política, según el autor, que analiza las consecuencias de este fenómeno sobre el bienestar individual y colectivo

Los efectos beneficiosos de la inmigración en el crecimiento de los países industrializados no es puesto en duda hoy en día por nadie. La inmigración edificó América y está ayudando Europa a salir de su atonía. Un reciente informe de Caixa Catalunya considera a la inmigración como 'el principal elemento dinamizador' del desarrollo de España y muestra que sin el fenómeno migratorio, el PIB per cápita español habría caído un 0,6% entre los años 1995 y 2005, en lugar del avance registrado, del 2,6%. En el caso de la UE la aportación de los inmigrantes en el mismo periodo ha sido de dos puntos al año.

Sin embargo, el aumento de los flujos migratorios resulta a veces motivo de alarma para los residentes de los países receptores que desconocen cuáles pueden ser las consecuencias del fenómeno en su nivel de bienestar individual y colectivo. De hecho, en la mayoría de los países industrializados la inmigración es un tema con importante carga política relevante en las campañas electorales. Los economistas han dedicado tiempo e imaginación al estudio de estos fenómenos a ambos lados del Atlántico. Los resultados distan mucho de ser concluyentes.

Menores salarios hacen la organización del trabajo más flexible y permiten sustituir máquinas por trabajadores

En el caso de Europa, los que sostienen que la inmigración mejora la eficiencia de la economía argumentan que los inmigrantes pasan a desempeñar trabajos que han sido abandonados por nativos y que si no los realizan ellos, nadie lo haría. Los inmigrantes aportan un aumento del PIB y de la demanda agregada. Los economistas que defienden este enfoque han demostrado que las inmigraciones hacia Europa -y entre países europeos- tras la Segunda Guerra Mundial responde esencialmente a una escasez de mano de obra en el país de acogida. De ahí se podría sacar la conclusión que una vez satisfecha la escasez, el flujo migratorio se paralizaría e incluso cambiaría su sentido.

El segundo tema que a menudo es objeto de debate en Europa es el efecto de la inmigración sobre los salarios y el empleo. Los más preocupados por este asunto son los que piensan que existe un número fijo de puestos de trabajo y la inmigración supone más competidores para los mismos puestos. En general, la evidencia empírica es contraria a esta idea. Una economía abierta al resto del mundo siempre puede expandir su producción y por ende sus empleos, sin olvidar que los nuevos empleados demandan más productos. Como alguien suele decir, las curvas de demanda también se desplazan hacia fuera.

No resulta fácil aceptar a pies juntillas las conclusiones de los estudios sobre el mercado de trabajo. De todos es conocido que en este mercado resulta imposible aislar los efectos que sobre el mercado de trabajo tiene el fenómeno de la inmigración de las mil y una causas que explican su comportamiento. El mercado de trabajo presenta además múltiples irregularidades. Hay quien piensa que el mercado de trabajo es simplemente una creación de los que quieren erosionar la reputación de la microeconomía.

Sin embargo, existen algunos casos de experimentos casi de laboratorio que han sido estudiados y que aportan algo de luz. Tenemos, por ejemplo, el caso de los marielitos. En 1980 125.000 emigrantes navegaron desde el puerto de El Mariel, en Cuba, a Miami. Un 50% de ellos se estableció en esta ciudad y sus alrededores y el resto se dispersó por todo el país. David Card estudió el fenómeno y comparó el mercado de trabajo de Miami con el de otras cuatro ciudades que no habían sido inundadas con inmigrantes. Su conclusión fue que la llegada de marielitos no tuvo efectos significativos sobre los trabajadores menos cualificados -que fue el segmento del mercado donde entraron a trabajar los recién llegados-. De hecho, aumentó ligeramente el paro entre los cubanos, pero los negros vieron subir sus salarios respecto a los negros de las otras cuatro ciudades.

Un estudio similar realizado por Jennifer Hunt sobre el regreso de franceses tras la independencia de Argelia en 1962 concluyó que el efecto fue suave en términos de nivel de empleo y no significativo en términos de nivel de salarios. Por su parte, Rachel Friedberg estudió la entrada de 600.000 judíos rusos en Israel que incrementó la población un 12% entre 1990 y 1994, en su opinión el efecto fue más bien de aumentar los salarios de los nativos que fueron empujados hacia arriba por los recién llegados, mientras los inmigrantes competían entre sí por los empleos menos atractivos.

Otros trabajos, por el contrario, abundan en la idea de que si bien los efectos de la inmigración sobre los salarios en general no tienen que ser significativos, los que tienen en particular sobre los salarios de los trabajadores con menos educación y baja cualificación profesional son significativos. Algún economista ha llegado a afirmar tras hacer algunos números que en el caso norteamericano un aumento del 10% del número de inmigrantes reduce en un 3% el salario de los empleados peor pagados.

Esto no significa, si se tiene en cuenta el efecto sustitución entre inmigrantes y nativos, que los empleados peor pagados coincidan con los nativos peor pagados, sino simplemente que los salarios de ciertas categorías profesionales tras la entrada de inmigrantes son menores. Lo que permite enunciar provisionalmente dos moralejas. Primera, salarios menores hacen la organización del trabajo más flexible y permiten sustituir máquinas por trabajadores. Segunda, inmigrantes de bajo coste pueden ser un freno a la deslocalización (con restricciones).