COLUMNA

América Latina: nuevos desarrollos

Este de 2006 será un buen año para los países de Latinoamérica en términos generales. El crecimiento de la región, según el FMI y otros observatorios económicos internacionales, se situará en algún lugar entre el 4,5% y el 5%. A pesar de que en Venezuela y Argentina la inflación con tasas de dos dígitos constituye una amenaza significativa, por término medio la inflación no superará el 5%, y ello pese a la subida de precios del petróleo y el crecimiento de la demanda interna en muchos países, que va sustituyendo a la exportación como motor del crecimiento aunque siga siendo buena la ejecutoria de esta última variable.

La mayor parte de estos países están registrando superávit primario en sus equilibrios fiscales y algunos superávit global. La deuda pública en relación al valor de las exportaciones o al producto interior bruto, en general, está descendiendo y la balanza de pagos por cuenta corriente se está saldando con un excedente positivo en la mayor parte de estos países (México y Colombia son las excepciones aunque su saldo negativo representa menos del 2%), y desde luego en el conjunto de la región frente al resto del mundo.

Ello, junto con una entrada razonable de capitales de todo tipo, está permitiendo una importante acumulación de reservas de dólares y una disminución por parte de algunos países de su deuda exterior con organismos multilaterales.

Este es el tercer año de bonanza económica, sin que las previsiones sugieran una interrupción brusca

Y lo mejor está todavía por decir. Lo mejor es que esto está ocurriendo por tercer año consecutivo y sin que las previsiones para el año que viene sugieran de momento una interrupción brusca de esta bonanza económica.

Teniendo en cuenta la volatilidad del crecimiento en la región y la vulnerabilidad de sus economías a cualquier tipo de desequilibrio internacional, hay buenas razones para felicitarse por el curso que, en general, están siguiendo los acontecimientos. Igualmente satisfactorio resulta el hecho de que la generalidad de las repúblicas latinoamericanas están obteniendo buenos réditos de la situación económica, aunque el énfasis en las políticas públicas es diferente de unos países a otros, y que, con la excepción del equilibrio fiscal como objetivo común que todos comparten (con la excepción todavía no transparentada en los datos de Venezuela), sus políticas macroeconómicas no son iguales (aunque la mayor diferencia entre países se observa en el terreno de sus políticas microeconómicas).

A esta auspiciosa situación han contribuido una serie de fenómenos, algunos nacionales y otros internacionales. Entre los primeros caben destacar las políticas fiscales equilibradas, ya mencionadas, o el régimen de cambios flexible que ha permitido mantener los tipos de las monedas a nivel suficientemente bajo como para hacer muy atractiva la actividad exportadora. Entre los segundos, unas condiciones nunca conocidas hasta ahora de liquidez internacional y bajos tipos de interés en los mercados internacionales -no siempre así, como puede acreditar Brasil, en los mercados nacionales- y un crecimiento del comercio internacional y de los precios de las materias primas que han permitido una mejora sustancial de la relación real de intercambio de estos países.

Algunos de estos fenómenos, como la situación de los tipos de interés o el alto precio de las materias primas, tienen naturaleza transitoria. Pero otros pueden delinear rasgos más sólidos que pueden incorporarse a las características estructurales de la región modificando sustancialmente las perspectivas del desarrollo de la misma. Entre ellos yo destacaría la cultura del manejo macroeconómico adecuado -que suele ir acompañada de la autonomía de los bancos centrales- y la mejora en la relación real de intercambio, sin dejar de reconocer que ésta en el futuro también estará sujeta a significativas fluctuaciones.

Conocido es que uno de los aparentes puntos débiles de la mayoría de las economías latinoamericanas ha sido la extrema volatilidad del precio de los bienes que exportaban, en gran medida alimentos y materias primas poco o nada elaborados, sujetos a fuertes fluctuaciones de precios en los mercados internacionales donde se fijan sus cotizaciones. Los partidarios de las políticas de sustitución de importaciones añadieron en su tiempo a esta característica de la volatilidad de los precios la tendencia que ellos creían apreciar de la relación real de intercambio de los países latinoamericanos a reducirse indefectiblemente a largo plazo. Lo cierto es que lo primero se ha probado como un hecho indiscutible en tanto que lo segundo no se ha demostrado. En particular, en los últimos años la relación real de intercambio está mejorando significativamente, como ya hemos dicho.

Varios son los factores que están detrás de este fenómeno, como los avances en la productividad en las manufacturas que reducen el precio relativo de algunos importaciones o la incorporación a la demanda mundial de las exportaciones de materias primas y alimentos latinoamericanos de las compras gigantescas de países como China y la India y recientemente de Rusia, junto con otros que, como los tigres asiáticos y los países de Europa Central y Oriental, ya habían iniciado este proceso.

Con la nueva configuración de pesos relativos en el crecimiento del comercio mundial se está abriendo la posibilidad de una mejora sustancial y consolidada de los términos de comercio de la región, que permitiría la asignación significativa de recursos a la actividad exportadora (en presencia de una demanda internacional más grande y menos volátil de sus productos), aproximando así el modelo de crecimiento de la región al que predomina hoy en Asia y al que en gran medida prevaleció en el pasado en el desarrollo de los países europeos.

La incorporación creciente de estos grandes países asiáticos a los intercambios internacionales y su vocación manufacturera augura un incremento muy significativo del comercio mundial, y el mantenimiento de elevados precios relativos por término medio para las materias primas energéticas y no energéticas y para los alimentos, que podrían además verse beneficiados por un acceso más fácil a los mercados de los países desarrollados.

Todos estos acontecimientos podrían cambiar de manera profunda las perspectivas de crecimiento y la sostenibilidad del mismo en América Latina en los próximos años. El incremento del índice de apertura de sus economías así parece indicarlo.