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Viena, primavera mozartiana

Desde el pasado 12 de mayo y hasta el próximo 18 de junio, la primavera vienesa tiene un protagonista señero, Wolfgang Amadeus Mozart, de cuyo nacimiento se cumplen ahora 250 años

Si la savia vernal parece alterar, año tras año, la sangre vienesa -que no es sólo un título de vals-, más este año en que se cumple un aniversario bastante redondo de uno de sus vecinos más ilustres; prueba de ello es la treintena larga de producciones de quince países, con un leitmotiv casi obsesivo: Mozart. Daniel Harding dirige La flauta mágica y Così fan tutte (Theater an der Wien), mientras Peter Sellars monta la opereta Zaide, basada en El rapto del serrallo, y Olga Neuwirth analiza El complejo de don Juan. Por cierto, que Don Giovanni va a dar mucho juego: Bertrand de Billy se atendrá a la partitura mozartiana en el próximo festival KlangBogen Wien, que tendrá lugar entre julio y agosto, pero Erwin Schulhof hará una interpretación surrealista, Flammen, -llamas-, y algo parecido hará Erik Hojsgaards con su Don Juan vuelve de la guerra.

Es cierto que a Mozart se lo disputan muchas ciudades, exactamente 204, que son las que llegó a patearse, en diez países diferentes. Pero algunas, claro, fueron más suyas que otras. Salzburgo presume de ser su patria chica, la alemana Augsburg en cambio vio nacer al padre, Leopold, y fue visitada por Mozart en cinco ocasiones. Pero ninguna puede disputarle a Viena su rango principal: allí se independizó el músico, allí maduró como hombre y como artista y allí murió no, como se ha dicho, a la edad de Cristo, sino con 35 años, diez meses y nueve días.

Mozart llegó a Viena en 1781 mendigando un título de kapelmeister (profesor de música). Allí conoció a las hermanas Weber, Aloisia, Josefa y Constanza; se enamoró de la primera, que le dio calabazas, así que se casó con Constanza. La familia Weber arropó bien al músico, el suegro incluso le copiaba las partituras. No así la ciudad, que, si bien al principio le apoyó y concedió honores, luego le fue postergando. Hasta el punto de que el músico se vio agobiado por apuros económicos y tuvo que ser enterrado, al morir, en una fosa común.

La mala conciencia, seguramente, hizo prosperar la leyenda de que Salieri lo hubiera envenenado por celos artísticos; leyenda que difundieron Pushkin en un cuento, Rimsky Korsakov en una ópera y Peter Schäffer en una pieza teatral llevada al cine por Milos Forman en la película Amadeus.

Al margen de eventos y conciertos, peregrinar por los lugares mozartinos de Viena es para muchos melómanos un ritual sagrado. Hay unos veinte reconocidos. Con motivo del Año Mozart, el pasado enero se reabrió la Mozarthaus o Casa de Mozart (en Domgasse, 5), donde vivió sus momentos más felices entre 1784 y 1787. Antes (1781), había ocupado un apartamento junto a la capilla gótica y teutónica de Santa Isabel, en Singerstrasse. En la catedral de San Esteban, se casó con Constanza y en una capilla, hay una lápida para recordar que allí pararon un instante los restos del músico antes de ser acarreados a la fosa.

En la Michaelkirche, cerca del Hofburg (palacio imperial) sonó por vez primera, el 10 de diciembre de 1791, el célebre Requiem aureolado de leyendas; la iglesia, anodina por fuera, es todo un museo -de pago- por dentro y posee el mayor órgano barroco de Austria, en el cual se dan conciertos.

Recuerdos más risueños hay en palacios como el Auersperg, Harrach, Kinsky, Palffy o sobre todo Schönbrunn: en su salón de espejos el niño prodigio de seis años apellidado Mozart dejó enamorada a la emperatriz María Teresa. Ese apellido sería desde entonces algo muy vinculado a la ciudad por la música, desde luego, pero también por un cierto estilo de vida que incluye las matinées litúrgico-corales en la capilla del Hofburg, los conciertos de época en la Konzerthaus, el licor de crema o los bombones rellenos. Viena, sin Wolfgang Amadeus Mozart, no sería lo mismo.