COLUMNA

El mayor problema

Dado el clima de crispación política, los análisis sobre el alto el fuego de ETA no sólo serán opuestos sino que resultarán irreconciliables. Los partidarios del PP, que se han mofado del presidente del Gobierno por cuanto ETA seguía poniendo bombas mientras él hablaba de un posible proceso de pacificación, difícilmente apoyarán un proceso de paz, que revalorizaría la figura de Rodríguez Zapatero, y posiblemente mantengan sus negros vaticinios de rendición del Gobierno a los terroristas y desmembramiento de la nación española.

El mayor problema, aparte de la fisura social, está en que la ciudadanía permanezca ajena a una ocasión histórica de acabar con una violencia que no tiene razón de ser en una democracia en que cualquier ideología puede someterse al veredicto de las urnas. Por ello, es importante introducir cuantos elementos de racionalidad sea posible en el siempre difícil análisis de la estrategia política de un grupo terrorista y conseguir que los ciudadanos, que ven el terrorismo de ETA como uno de los tres principales problemas de España, con el paro y la inmigración, puedan apoyar el fin de la violencia política.

Un primer elemento objetivo radica en recordar que ya ha habido precedentes de tregua desde enero de 1988, hasta la de junio de 2005, en que se anunció el cese de acciones armadas contra electos de los partidos políticos. No obstante, de los 14 anuncios de cese de la violencia que han precedido al de ayer, sólo el de septiembre de 1998 tuvo también carácter indefinido. De la comparación del escueto comunicado de la banda de ayer y del muy meditado con ocasión de la tregua indefinida de 1998 se deriva que las posiciones no han variado gran cosa y que el objetivo último es la soberanía de Euskal Herria, por más que en este último ese objetivo se disimule hablando de 'los derechos que corresponden al pueblo vasco para decidir sobre su futuro', instando a los 'Estados español y francés a reconocer los resultados de un proceso democrático sin ningún tipo de limitaciones'.

Se supone, y quizás sea mucho, que igual que ETA insta a ambos Estados a respetar el proceso democrático ese resultado sería aceptado por ellos, por adverso que les resultara. Y aquí parece que la decisión del alto el fuego, tras las recientes demostraciones de que pueden atentar, viene avalada por su esperanza de un resultado electoral que rompa un techo que apenas ha alcanzado el 20% de los votos, que les permita unir sus fuerzas al resto de nacionalistas, sobre todo al PNV, para abrir un proceso de autodeterminación.

Lo que no parece casual es que esta declaración se produzca el día siguiente de ser aprobado en la Comisión Constitucional el proyecto de nuevo Estatuto de Cataluña. La tregua declarada a Cataluña en febrero de 2004 ya anunciaba que ETA unía su objetivo de independencia al de esa comunidad y localizaba sus contactos en personajes como el líder de ERC, quien amenazaba ayer con alcanzar un Estado catalán independiente en lugar de quedarse en una nacionalidad integrada en el Estado español.

Lo importante ahora es consolidar el proceso y evitar la vuelta a la violencia, aunque la vía democrática de ETA no dé el resultado espectacular que parecen esperar. Cualquier análisis con datos muestra el difícil camino de quienes pretenden la independencia. En el caso del País Vasco, no es banal la diferencia de opiniones entre provincias, por no hablar de Navarra. Tampoco es banal que en Euskadi apenas llegan a un 40% los autóctonos en dos generaciones (nacidos ellos y sus padres en el territorio vasco) y que fuera residen no sólo 300.000 personas allí nacidas sino más de cuatro millones de descendientes de vascos que emigraron al resto de España. Mal han de jugar los partidos nacionales para que tanto vínculo afectivo y familiar pueda romperse en aras a identidades que, para desgracia de los nacionalistas, sólo existen en su imaginación.