COLUMNA

La Europa de los blindajes

Vivimos épocas turbulentas y azarosas en la que los blindajes están de moda. Hoy todo se blinda: se blindan las competencias autonómicas frente a la normativa estatal, se blindan los créditos públicos frente a la igualdad natural de todos los créditos en situaciones concursales y se blindan las empresas nacionales ante opas, hostiles o no, de diferente nacionalidad. Sí, es cierto, un nuevo nacionalismo económico, incubado en parte por la opatitis crónica que afecta al mercado energético, sacude Europa. En la UE de la libre circulación de capitales, la divisa única y el mercado integrado, el capital vuelve a tener nacionalidad. Los Gobiernos nacionales quieren blindar sus grandes empresas frente a opas procedentes de otros Estados miembros.

Y no se trata exclusivamente de un seísmo en el mercado energético que, tratándose de un sector estratégico, podría ser comprensible. Es probablemente una derivada de los últimos movimientos en este sector, pero no le es privativo.

El neonacionalismo económico aflora en otros muchos sectores y tiene mayor magnitud que la reciente calentura gasística y eléctrica. Cuando hace unos meses se extendió la rumorología sobre una posible opa de PepsiCo sobre Danone, el primer ministro francés, Dominique de Villepin, acuñó el concepto de patriotismo económico para vedar la toma de posiciones del inversor estadounidense en la industria alimentaria nacional. En realidad, desempolvaba una vieja doctrina gaullista que muy a menudo, con su natural y emblemático sentido de la grandeur, tendía a confundir Europa con Francia. No tengo nada contra el general De Gaulle, soy un ávido lector de sus memorias, siempre he pensado que ha sido un gran hombre de Estado; pero claro, cofundador de la Europa comunitaria, no dudó en sacrificarla cuando lo exigía el interés nacional de Francia. Y ¿qué exigiría el interés nacional de Francia si la opa sobre Danone la planteara una empresa residente en territorio comunitario? ¿Sería el alimentario un sector estratégico, o es que una empresa emblemática podría convertir en estratégico el sector al que pertenece? ¿Dónde queda la libertad de movimientos del capital?

Ejemplos de opa intracomunitaria no faltan. La tentativa de la italiana Enel sobre la francobelga Suez ha llevado al Gobierno francés a definir por decreto nada menos que 11 sectores estratégicos, y a utilizar un banco público, la Caisse des Dépôts et Consignations, para incrementar su participación en grandes empresas nacionales para reducir así su vulnerabilidad a opas foráneas.

Al final, desde Matignon se ha tutelado la fusión de Suez y Gaz de France, mientras Enel y el Gobierno italiano anuncian posibles recursos a las autoridades comunitarias. Italia no entiende por qué la Banca del Lavoro puede pasar a manos de BNP-Paribas, o la eléctrica Edison puede tener de accionista de referencia a æpermil;lectricité de France, mientras el Gobierno francés no aplica la recíproca a Enel.

Pero Italia tampoco está libre de pecado. El año pasado puso no pocas trabas al BBVA para la adquisición de BNL, o al holandés ABN Amro para la compra de Antonveneta. Incluso Luxemburgo desató una defensa numantina de su 5% en Arcelor cuando se vio acosado por una opa del grupo anglo-indio Mittal a principios de año.

Un fantasma recorre Europa: el nuevo proteccionismo económico, el blindaje de las empresas nacionales. Con el reciente decreto, Francia abandera ese neoproteccionismo. Como siempre, la decisión individual se convierte en práctica administrativa, y la práctica en ley. Los blindajes no son buenos, comprimen en una rígida coraza, petrifican y no dejan evolucionar. Al final el blindaje no inmuniza, sino que, al no permitir la adaptación y la evolución, segrega un inmovilismo que acaba provocando el cambio político o legislativo.

Europa intentó zafarse del sambenito de ser un enano político y un gigante económico cuando el gradualismo posibilista de la construcción europea -recuérdese la declaración Schuman- dejó paso a un proyecto constitucional, hoy en dique seco. Tanto blindaje nacional está dejando Europa sin coraza protectora. Aparcada la unión política, sólo nos queda la unión económica, la unidad de mercado bajo la misma ley y la misma divisa. Sin embargo, el mercado único debería ser un poderoso antídoto contra el proteccionismo más rancio. Creo que nos equivocamos, no podemos perder ambición y si, lamentablemente, estamos condenados a ser un enano político, no podemos renunciar a ser un gigante económico.