COLUMNA

Bernanke toma las riendas

Ben Bernanke toma el próximo miércoles el relevo de Alan Greenspan al frente de la política monetaria de EE UU. El autor analiza los retos a los que se enfrenta el nuevo presidente de la Reserva Federal quien, en su opinión, hereda una economía fuerte, pero muy apalancada financieramente

El próximo martes, Alan Greenspan presidirá su ultima reunión del Comité Federal del Mercado Abierto (FOMC) de la Reserva Federal. Tras más de 18 años al mando de la política monetaria de Estados Unidos, Alan Greenspan cede las riendas del FOMC a Ben Bernanke, hasta ahora presidente del Consejo de Asesores Económicos de la Casa Blanca y, previamente, gobernador del FOMC además de catedrático de Economía de la Universidad de Princeton, en Nueva Jersey (EE UU).

La transición acontece en un momento quizás óptimo. La economía estadounidense parece haber alcanzado una senda de crecimiento estable, en torno al 3,5%, con alto crecimiento de la productividad, inflación moderada y bajo desempleo. Tras un aumento de 350 puntos básicos en 18 meses, los tipos de interés a corto plazo han alcanzado un nivel considerado de equilibrio por muchos analistas. Parece por tanto un escenario ideal para pasar el testigo, que permitirá al nuevo presidente dedicarse con calma a tomar el pulso de la economía y prepararse para responder al próximo shock.

Sin embargo, esta perfección enmascara una lectura mucho menos positiva de la situación. La economía americana está plagada de desequilibrios: un déficit por cuenta corriente del 6% del PIB que se estima puede alcanzar el 10% a finales de la década; un déficit fiscal del 3% y una situación fiscal de largo plazo insostenible debido a los gastos de salud y de pensiones; un sector familiar altamente endeudado y con una tasa de ahorro cero o negativa, y un sector inmobiliario claramente sobreevaluado y que ha empezado a mostrar señales de desaceleración.

A esta diversidad de opiniones hay que añadir un problema. Toda transición en un banco central requiere que el recién llegado adquiera credibilidad antiinflacionista. La teoría económica demuestra que un banco central con un compromiso público y creíble con la estabilidad de precios es un requisito imprescindible para una política monetaria exitosa. Ben Bernanke ya tiene una cierta credibilidad tras su paso por el FOMC, pero dicha credibilidad es antideflacionista.

Bernanke se hizo famoso académicamente, además de por otras razones, por su trabajo sobre cómo debería actuar un banco central para evitar y sobreponerse a la deflación. En su opinión, ante el riesgo de deflación -derivado, por ejemplo, de la explosión de una burbuja-, el banco central debería bajar los tipos de manera rápida y agresiva, porque es mejor prevenir que curar la deflación.

Una vez en el FOMC, su mandato coincidió con el susto deflacionista en Estados Unidos que llevó a las rebajas de tipos hasta el 1%, y Bernanke fue uno de los gobernadores del FOMC que más habló en público al respecto. Por tanto, su credibilidad es, en el lenguaje de los mercados, de paloma (es decir, tolerante con la inflación, opuesto a halcón, que correspondería a un talante antiinflacionista). Pero ahora, con la inflación al alza, necesita ganarse credibilidad antiinflacionista para anclar las expectativas de inflación.

¿Qué hará Bernanke en sus primeras decisiones, a partir de marzo? ¿Aumentar los tipos de interés para cimentar su credibilidad antiinflacionista y corregir los desequilibrios de una economía operando al limite de su capacidad y con un sector inmobiliario al rojo vivo? ¿O dar por terminadas las subidas de tipos para evitar el riesgo deflacionista que supondría una desaceleración rápida del sector inmobiliario? La disyuntiva se reduce a una simple pregunta: ¿debe preocuparse un banco central por los desequilibrios de la economía e intentar corregirlos, o debe limitarse a controlar las expectativas de inflación y reaccionar tan sólo cuando se manifiesten problemas por culpa de dichos desequilibrios?

Los mercados entendieron que Alan Greenspan adoptó una estrategia cercana a la segunda opción, según la cual los desequilibrios -principalmente las burbujas de activos- son imposibles de identificar ex ante y, por tanto, es mejor no hacer nada y, si explotan, tratar de minimizar las consecuencias. Los críticos de Greenspan le echan en cara, por esta razón, haber tolerado la creación de la burbuja bursátil de los años noventa. En vista de sus declaraciones publicas, Bernanke parece ser de la misma opinión que Greenspan.

De todas maneras, a lo mejor no importa lo que piense Bernanke. Hasta ahora, Greenspan parecía ejercer un control total sobre el FOMC debido a su reputación ganada a lo largo de los 18 años de exitosa dirección del mismo. Bernanke es un recién llegado, y va a tener que lidiar con un grupo de gobernadores muy capacitados y ansiosos de tener una mayor participación en las decisiones. Por tanto, su influencia será probablemente menor que la de Greenspan, al menos al principio.

Ben Bernanke hereda de Greenspan una economía fuerte pero muy apalancada financieramente, que pondrá a prueba su capacidad de alcanzar consensos y de leer en tiempo real la economía y los mercados. Los mercados de hoy en día no toleran bien la lentitud ni las dudas en la toma de decisiones -como demuestran las constantes críticas al BCE- y la luna de miel de Bernanke con los mercados probablemente será muy corta.