COLUMNA

El riesgo que se corre en Hong Kong

La cumbre de la OMC de Hong Kong está centrada, según el autor, en la negativa de los países desarrollados a desmantelar sus barreras al comercio a cambio de 'comprar' proteccionismo. En su opinión, se trata de una estrategia defensiva que pone de relieve el impacto del avance de los países emergentes en la economía mundial

Estos días se celebra en Hong Kong la cumbre de la Organización Mundial del Comercio (OMC). El objetivo de esta cumbre es acelerar las negociaciones en el contexto de la Ronda de Doha de liberalización del comercio, lanzada en Doha (Qatar) a finales del 2001 con el objetivo de adaptar las normas comerciales a la economía del nuevo milenio. Dicha Ronda se denominó Ronda del Desarrollo porque desde entonces se vinculan los conceptos de comercio y desarrollo, que hasta la fecha se habían tratado de manera aislada. La idea es que el libre comercio es un factor fundamental en la eliminación de la pobreza, y la lucha contra la pobreza se ha convertido en un objetivo primordial de la comunidad internacional.

A pesar de las grandes declaraciones de principios en Doha, en los últimos cuatro años se ha avanzado muy poco en las negociaciones y, ante la necesidad de concluir la Ronda antes del 2007 -fecha en que expira la autorización del Congreso estadounidense a la Casa Blanca para negociar tratados comerciales- las perspectivas son preocupantes. No olvidemos que la última vez que se actualizó la normativa comercial internacional fue en 1994, en la Ronda Uruguay, y la economía mundial ha cambiado drásticamente desde entonces.

El tono de las negociaciones no es esperanzador. Recordemos que en Cancún fracasaron cuando los países emergentes decidieron abandonarlas ante la falta de seriedad de las propuestas de los países desarrollados. Desde el punto de vista de los países emergentes, los países desarrollados les piden que abran sus mercados para favorecer su desarrollo, pero se niegan a abrir los suyos.

La liberali-zación del comercio es el mejor instrumento del que pue-de disponer Europa para avanzar en las necesa-rias refor-mas estruc-turales

En Hong Kong, los países desarrollados han tomado nota, y están ofreciendo a los países emergentes grandes sumas de dinero destinadas a la ayuda al desarrollo a cambio de que éstos últimos reduzcan sus aranceles y faciliten la penetración de productos industriales y servicios occidentales.

Esta situación es muy irónica. La Ronda del Desarrollo, denominada así bajo la hipótesis de que el libre comercio ayuda al desarrollo, se centra pues alrededor de la negativa de los países desarrollados a desmantelar sus barreras al comercio, ofreciendo a cambio compensaciones monetarias.

En otras palabras, los países desarrollados, en lugar de desmantelar sus múltiples barreras comerciales, están comprando proteccionismo. Que esto se celebre a la vez que los líderes europeos discuten el Presupuesto para los próximos años, ignorando una vez más la necesidad de reformar la Política Agraria Común (PAC), sólo hace la situación todavía más hipócrita.

La situación actual es un ejemplo más del impacto del avance de los grandes países emergentes, con un peso cada vez mayor no sólo en la economía mundial sino también en los procesos decisorios, que pone a los países desarrollados a la defensiva. Tanto Europa como Estados Unidos son culpables de este ataque de proteccionismo. En ambas zonas económicas la agricultura está protegida por una red de aranceles, ayudas directas a los agricultores y ayudas a la exportación que ningún Gobierno se atreve a disolver. La agricultura europea es menos competitiva que la americana, y por tanto su resistencia al cambio es mayor.

El riesgo que se corre es alto. La Ronda de Doha se lanzó tras los atentados del 11 de septiembre, en un ambiente dominado por la necesidad de combatir la pobreza como principal arma contra el terrorismo. Pero con la economía mundial en plena recuperación y el terrorismo en un segundo plano, los líderes mundiales tienen escasos incentivos para avanzar en una agenda que es impopular domésticamente.

El fracaso de la Ronda de Doha conllevaría una vuelta a los arreglos bilaterales, mucho menos eficientes desde el punto de vista económico, y sobre todo puede llevar a un aumento del proteccionismo mundial, en un momento en el que las tendencias económicas, con la creación de cadenas de producción globales, van en dirección contraria. Además, se pondría en duda la validez de la OMC como árbitro de las disputas comerciales y, con China y otros países emergentes compitiendo agresivamente en todos los mercados, las relaciones comerciales podrían entrar en una fase muy complicada.

Y, sobre todo, si los países desarrollados siguen negándose a liberalizar sus sectores agrícolas, si preservar el paisaje de la campiña francesa es un argumento más importante que la reducción de la pobreza en el mundo, se pondrá en duda la validez del sistema económico internacional.

La liberalización del comercio es el mejor instrumento del que puede disponer Europa para avanzar en las necesarias reformas estructurales. La negativa de algunos líderes europeos a negociar en este aspecto sólo confirma su escasa credibilidad reformista.