TRIBUNA

La agenda ambiental y el G-8

Nuestro planeta está enfermo. Variados y preocupantes son sus principales síntomas: el cambio climático, el agujero en la capa de ozono, el calentamiento global, la reducción de la biodiversidad, el aumento de la lluvia ácida, la contaminación de los mares y de las aguas continentales y subterráneas, la desertización galopante, la desaparición de zonas húmedas, la contaminación atmosférica, la sobreexplotación de la caza y de la pesca, por no hablar de otros como el aumento de la desconfianza en la calidad alimentaria o los síntomas de carácter epidemiológico tales como el incremento de las alergias, de los cánceres y de las malformaciones inducidos y la constatada -y nada anecdótica- disminución de la capacidad reproductiva de los varones.

Varias son, asimismo, las causas que se apuntan para explicar estos síntomas; entre ellas pueden citarse el desarrollo industrial, el consumo creciente de residuos fósiles, la contaminación térmica, la contaminación de sustancias peligrosas, los nuevos compuestos sintéticos, el turismo de masas, el crecimiento demográfico y las migraciones masivas incontroladas.

Estos hechos traen al primer plano las estrechas relaciones entre economía, población y medio ambiente. En efecto, el medio ambiente se constituirá en uno de los elementos básicos de la llamada 'tercera revolución industrial' si es capaz de resolver al menos cuatro importantes contradicciones de base.

La primera es que habrá de buscar la eficiencia en la obtención de recursos y en la asimilación de residuos, considerada la 'finitud' del 'sistema Mundo' para absorberlos. En este orden deberá empezar a contabilizar los servicios del medio ambiente y a considerar los efectos negativos del desarrollo y de la producción sobre el mismo.

La segunda contradicción es considerar que el crecimiento sostenido es insostenible -valga el juego de palabras- y por tanto habrá de intentarse la cuadratura del círculo: hacer compatibles crecimiento económico y equilibrio ecológico. Con un modelo de consumo como el actual esto no es posible; sin embargo hacer compatible calidad de vida y equilibrio ecológico tal vez sí lo sea. La clave del progreso social no será el crecimiento económico, como hasta ahora, sino la fórmula para compatibilizar mayor calidad de vida con preservación del medio ambiente.

La tercera contradicción es más difícilmente soluble: la economía moderna exige beneficios tangibles a corto plazo, mientras que los beneficios ambientales no son tangibles y las inversiones no se amortizan a corto plazo y, además, los gastos en medio ambiente van contra el margen de beneficios.

La cuarta contradicción tiene una base política: los políticos son elegidos para proyectos a corto plazo, mientras que las cuestiones y los problemas medioambientales solo pueden resolverse a medio y largo plazo.

Actualmente, tan negativa es para el medio ambiente el plus-consumo de los países desarrollados como la pobreza del Tercer Mundo, singularmente, de África, un continente inmensamente pobre por ser inmensamente rico en recursos naturales. æpermil;stos presionan localmente sobre áreas de gran fragilidad ecológica; aquellos los hacen sobre recursos no renovables a escala planetaria.

Por todo ello, la agenda ambiental y la escala planetaria debería ser la primera y más importante preocupaciones de nuestros gobernantes. Está en juego, nada más y nada menos, nuestra propia supervivencia como especie.