COLUMNA

Bai, zergatik ez? - Non, pourquoi pas?

Sí, ¿por qué no?, es lo que pensó el lendakari en funciones respecto a los comentarios sobre su reunión con dos dirigentes de la ilegalizada Batasuna. Según uno de ellos, el señor Ibarretxe considera que Batasuna es una fuerza legítima y, además, añado yo, les debe el favor de la aprobación de su llamado plan en el disuelto parlamento vasco. Irrelevante resulta que el comisionado para las víctimas del terrorismo la calificase como una 'ofensa a las víctimas' o que el delegado del Gobierno en el País Vasco le recordase que era el primer ciudadano obligado por el ordenamiento jurídico, entre otras razones porque sus superiores en Madrid aun considerando ilegal el encuentro lo justificaron habida cuenta de la necesidad de contar con Batasuna en un escenario en el que la paz puede estar en el horizonte.

La tranquilidad del señor Ibarretxe estaba avalada, entre otras razones, porque al día siguiente de hablar con Batasuna fue recibido por el presidente del Gobierno a quien ofreció 'un diálogo entre todos', incluyendo, claro está, al brazo político de ETA. Y es que si bien no transcendió inmediatamente nada de lo hablado entre ambos, las piezas comenzaron a encajar cuando, concluido el debate de la nación, el partido del Gobierno presentó un proyecto de resolución, que la mayoría del Congreso -con la significativa oposición del PP- apoyó proponiendo a ETA 'un final dialogado de la violencia', encomiado por el señor Otegi como un paso hacia el buen camino -entiéndase 'un acuerdo político entre los partidos, sindicatos y agentes sociales de Euskal Herria'-. O sea, la versión batasunera de la vía irlandesa, siguiendo los consejos del señor Adams, recibido con flores en TVE y abrazos en el País Vasco pocas semanas antes de conocerse que podría ser encubridor del robo de más de 20 millones de libras y negarse a entregar a la justicia al grupo de matones del IRA que apuñaló a un compatriota al salir de un pub en Belfast.

En resumen, que el desconcierto en que nos hallamos los ciudadanos es mayúsculo y que a ello puede estar contribuyendo el curioso y preocupante cambio de papeles en el escenario político español; es decir, que el PNV ocupa ahora el lugar de Batasuna, el PSC el del PNV, CiU el de ERC, las bombas se 'interpretan' como cohetes y el señor Savater se mete a confesor.

Al otro lado de los Pirineos la cuestión que apasiona es el referéndum sobre la aprobación de la Constitución Europea que se celebrará mañana en Francia. Los pronósticos son de todos conocidos, como lo son las razones fundamentales que pueden inclinar al electorado galo a rechazar un texto que tan inconscientemente aprobó una minoría de electores españoles -véase el interesante trabajo España y Francia frente al referéndum constitucional, de José Luis González Vallvé, www.r-i-elcano.org/analisis,730.asp, a propósito de las diferentes actitudes de ambos países-, siendo las principales entre aquellas que se podía haber negociado una constitución mejor, que es 'demasiado liberal económicamente', que amenaza la identidad francesa o es negativa para el país , que constituye una buena oportunidad para oponerse a la entrada de Turquía y al Gobierno de Chirac. Pero en todo caso, la primera consecuencia puede ser que los holandeses, llamados a votar días después, también digan 'no'. Y con dos países fundadores en contra es impensable que el texto constitucional siga vivo, y habrá que preguntarse qué hacer.

Como es lógico, muchos entusiastas oficiales sacarán de sus cajones innumerables recetas técnicas para intentar solucionar el fiasco: por ejemplo, retoques en los actuales tratados para eliminar la posibilidad de veto por los Estados miembros, seguir con la mecánica actual -especialmente en materias económicas, en las cuales la práctica del 'menú a la carta' parece haberse impuesto entre los países grandes- o, lo que sería aún más desastroso, intentar por parte de algunos miembros constituir un 'núcleo duro' destinado a construir una unión europea a su exclusiva medida.

Ninguno de esos proyectos se basa en un examen serio de las causas de la 'catástrofe' y, por consiguiente, tampoco resulta capaz de ofrecer una solución eficaz. El origen de los problemas reside, simultáneamente, en que los dirigentes políticos han actuado con una arrogancia que ha acabado por sublevar a sus electores, al tiempo que han ignorado torpemente que la idea europea y su extensión continua a países poco o nada preparados para formar parte de la Unión en nombre de una problemática 'integración' requería un ritmo mucho más lento del que ellos pensaban. El resultado podría ser que en lugar de más integración se encuentren ahora con más desintegración.