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Coscorrón a la contracultura

No hay nada peor para un antisistema que formar parte del sistema. Y eso es precisamente lo que denuncia Rebelarse vende. El libro, publicado por Taurus, desmonta el mito de la antiglobalización y afirma que las pautas de comportamiento contraculturales están plenamente integradas en la economía de mercado.

'A la hora de la verdad, la rebeldía contracultural consiste en defender tu derecho a la juerga'. Con estas palabras condensan Joseph Heath, profesor de filosofía en la Universidad de Toronto, y Andrew Potter, investigador del Centre de Recherche en æpermil;thique de la Universidad de Montreal (Creum), la razón de ser de las protestas contra el capitalismo salvaje.

La antiglobalización parte de la premisa de que el sistema exige conformismo por parte de los consumidores. Según esta ideología, para poder cambiar el orden de las cosas basta con alterar los hábitos de consumo, es decir, las prácticas culturales. Así han surgido los productos de comercio justo, los alimentos ecológicos y un sinfín de mercancías 'alternativas'.

'Es un error pensar que el sistema es vulnerable a formas de resistencia culturales', indica Heath. 'El capitalismo es capaz de atender de manera simultánea a economías de escala y nichos de mercado', explica Potter. Dicho con otras palabras, puede ofrecer desde un disco de Britney Spears a una camiseta con la efigie del Che. A fin de cuentas, hay negocio en ambas opciones. Las consecuencias de esta actitud son graves porque, como sostiene el profesor de la Universidad de Toronto, 'en la medida en que el pensamiento contracultural se ha hecho dominante entre la izquierda, los asuntos económicos han quedado eclipsados'. El caso paradigmático es el de EE UU, 'donde la guerra cultural ha suplantado las divisiones entre clases como base del discurso político. La diferencia entre republicanos y demócratas no reside en los programas económicos, sino en cómo se sienten respecto a los años sesenta'.

La distinción entre consumidores y ciudadanos es una de las denuncias que realizan los antiglobalización. Para Andrew Potter este es un planteamiento 'desafortunado'. Su compañero va más allá: 'No creo que haya tensión entre ambos conceptos. En todo caso, el consumismo es un aspecto del individualismo en una sociedad basada en los derechos'.

Los teóricos de la contracultura también son aficionados a teorizar sobre la cantidad de cosas superfluas que ofertan los mercados, y cómo la demanda está más impulsada por la publicidad que por la necesidad. Una vez más, los autores disienten. 'La publicidad explota una competición preexistente entre consumidores' donde lo que está en juego es el estatus. Y es que, a su juicio, los académicos han pecado de esnobs al confundir los intereses de su propia clase social con los intereses generales de la población.

Los mismos problemas que en el siglo XIX

La globalización da sensación de déjà vu. El cuadro de pobreza, analfabetismo y desintegración en una favela de Río de Janeiro hoy, es el mismo que el de una chabola en el Manchester industrial de Charles Dickens. 'Los problemas de la globalización son los problemas del capitalismo del siglo XIX, y para corregirlos son necesarias instituciones', afirma Joseph Heath.

En opinión de Andrew Potter, 'los gobiernos tienen el papel de compensar los fallos generados por el mercado a través de políticas redistributivas'. Pero esa tarea se vuelve titánica cuando se cruzan los activistas antiglobalización de por medio. Para los autores de Rebelarse vende, al desentenderse de las elecciones y la política democrática ordinaria, 'la antiglobalización debilita el único instrumento capaz de enderezar la situación'.