COLUMNA

La americanización de la política económica europea

La última cumbre europea muestra un resquebrajamiento de las políticas de largo plazo asumidas en Lisboa. El autor afirma que el cálculo político de corto plazo de los líderes del continente se asemeja al oportunismo electoral exhibido por George W. Bush

Hace varios años, los dirigentes europeos tomaron dos decisiones que les ponían en un plano superior con respecto a la mayoría de la clase política. La creación de la Agenda de Lisboa y del Pacto de Estabilidad (PEC) suponía el establecimiento de planes de largo plazo dirigidos a mejorar la estructura económica europea, dotándola - a priori - de un plan para aumentar su competitividad y garantizar la estabilidad y disciplina de sus finanzas públicas. Eran planes estructurales, destinados a sobrevivir la vida política de sus creadores y evitar las dañinas consecuencias del ciclo electoral. La bomba y el platillo estaban servidos: Europa sería la economía más dinámica del mundo, con crecimiento potencial del tres por ciento y finanzas públicas saneadas, estables y creíbles.

Cuando la burbuja bursátil estalló, y el gobierno americano decidió embarcarse en una agresiva expansión fiscal, las críticas europeas fueron incesantes, y en gran medida justificadas. La disciplina fiscal del Pacto de Estabilidad se ponía como ejemplo de una política disciplinada y de largo plazo, opuesta al cortoplacismo de una administración Bush que estaba dispuesta a poner en peligro la solvencia del país para evitar una desaceleración del crecimiento y garantizarse la reelección.

Ya entonces algunas de estas críticas tenían un componente hipócrita bastante grande. A pesar de los grandes retrasos en la puesta en práctica de la Agenda de Lisboa, los gobiernos no dudaron en aumentar inmediatamente sus previsiones de crecimiento potencial, para así permitirse una expansión fiscal encubierta. Además, para entonces, los países grandes habían ya herido de muerte el Pacto de Estabilidad, al haber ignorado su responsabilidad, durante la fase de crecimiento económico anterior al estallido de la burbuja, de reducir el déficit hasta el nivel considerado 'de entrada' por el PEC.

Se acabaron las grandes declaraciones de principios. Las próximas elecciones en ciertos países europeos han determinado las políticas económicas

El resto de la historia es conocida. Europa entra en una fase de estancamiento económico que en gran parte refleja el bajo crecimiento potencial, aunque es muy probable que haya habido también una cierta insuficiencia de demanda que debería haberse corregido con una política monetaria mas agresiva. Y la situación fiscal de los países grandes, los países incumplidores del compromiso inicial de alcanzar el equilibrio fiscal lo antes posible, se deteriora rápidamente, desbordando los limites del PEC. El proceso de sanciones se pone en marcha, y los países grandes, a base de trucos contables y de presiones políticas, cumplen las recomendaciones tan sólo a medias. A medida que estas sanciones les crean problemas políticos domésticos las quejas de los incumplidores se multiplican, acusando al PEC de ser rígido y no estar basado en razonamientos económicos, y fuerzan su revisión en busca de un PEC 'más racional'. La realidad, la sabemos, era otra: los gobiernos nacionales no habían cumplido sus promesas en su día, y ahora no estaban dispuestos a pagar el precio político de su falta de disciplina.

Esta semana se ha puesto fin a la farsa, a la falsa disciplina, con dos decisiones muy importantes: la oposición a la directiva Bolkestein que debería liberalizar el sector servicios en Europa - uno de los principales causantes de la persistencia de la inflación, y donde más ganancias de productividad se podrían obtener - y la desvirtuación del Pacto de Estabilidad como instrumento de disciplina fiscal al introducir todo tipo de cláusulas de escape destinadas a evitar que los países grandes reciban una evaluación negativa antes de las próximas elecciones. El PEC necesitaba un reforzamiento de las medidas destinadas a conducir a los países incumplidores hacia la estabilidad presupuestaria, y en cambio se ha convertido en la cobertura para todo lo contrario. Francia ya ha tomado nota, y su proyección de déficit para el 2006 ha aumentado medio punto del PIB - del 2.2 al 2.7 por ciento. Para el BCE, estas dos decisiones son importantes. La oposición a la directiva Bolkestein implica que el crecimiento potencial no aumentará, y que la inflación continuara siendo persistentemente más alta de lo esperado. La relajación del PEC implica que la política fiscal será más expansiva. Ambos implican expectativas de inflación al alza. Pero, todavía más importante, implican que el banco central no se puede fiar de los gobiernos y adoptar una política monetaria expansiva para acomodar los esfuerzos de reforma, ya que estos esfuerzos al final decepcionan. La credibilidad reformista de los gobiernos europeos ha caído en picado.

Se acabaron las grandes declaraciones de principios, de pretender anteponer el largo plazo a las preferencias políticas de corto plazo. Las próximas elecciones en ciertos países europeos han determinado el destino de las políticas económicas del continente, como la situación del empleo en Ohio y los deseos de los jubilados de Florida determinaron en gran medida el destino de la política económica de George Bush. Europa se ha vuelto americana, por desgracia.