COLUMNA

Desastres naturales: riesgo, incertidumbre e improvisación

Hemos finalizado 2004 con la conmoción de la tragedia en Asia y comenzamos el nuevo año con cargamentos de ayuda económica para la zona. Lamentablemente los recientes hechos catastróficos traen a la actualidad el análisis económico del tema.

El trabajo pionero en este campo se debió a Dacy, D. C. y Kunreuther, H., que en el año 1969 publicaron el libro The economics of natural disasters: implications for public policy (The Free Press, New York). Estos economistas analizan los efectos de los desastres naturales sobre la asignación de los bienes y sobre el crecimiento a largo plazo, poniendo el énfasis en las decisiones de política económica que se pueden tomar.

Para ellos, aparte de la destrucción y de la desgracia, las catástrofes introducen un factor de incertidumbre que distorsiona las relaciones económicas. La incertidumbre es máxima inmediatamente después de los acontecimientos; después diversos factores contribuyen a su reducción. Esta incertidumbre es clave en el análisis de la toma de decisiones en esta etapa.

Las instituciones internacionales deben aplicar políticas de desarrollo que tengan en cuenta los riesgos de catástrofes como la de Asia y no sólo los riesgos financieros

El primer problema que se debe resolver es la interrupción de la producción y la cobertura de las necesidades de la población. Hay que evaluar la escasez de bienes y el coste de su oferta como primer paso a cualquier decisión, pero sin información sobre la catástrofe es difícil la valoración de los daños y es casi imposible de resolver la función objetivo de estimación de la ayuda necesaria y de su mejor asignación.

Un segundo objetivo a conseguir tras una catástrofe de estas características es que las economías afectadas recuperen su nivel económico anterior a la crisis.

Esa recuperación, no sólo debe procurarse en términos de flujos económicos, sino también del stock de capital destruido, que en el caso de países en desarrollo puede ser crucial.

Es difícil modelizar las decisiones de inversión que se producen tras las catástrofes que pueden ser muy diferentes a las tomadas en contextos normales. Es posible que las ayudas se concentren en la reconstrucción de infraestructuras destruidas y que las inversiones impliquen la introducción de tecnología más moderna. Todo ello puede significar un fuerte impulso al crecimiento a largo plazo, pero también aquí hay problemas de información a la hora de planear la asignación de recursos, especialmente sobre las interrelaciones de productividad entre los distintos tipos de capital.

El análisis económico de los desastres naturales conlleva la implicación de que es mejor una política de prevención que implique al menos planes de contingencia cuanto no incluso seguros de cobertura.

El problema de las decisiones ex-ante o ex-post de política económica en relación con la prevención o actuación en caso de catástrofes es que ex-ante nos enfrentamos al problema de determinar el riesgo de ocurrencia del desastre mientras que ex-post el problema es de incertidumbre por falta de información, que puede paralizar o dificultar la actuación.

La dificultad de tratamiento de los riesgos de catástrofes ha sido una cuestión importante en las políticas de aseguramiento. Pero mientras que puede asignarse probabilidad matemática al riesgo, no es así en el caso de la incertidumbre. La prevención, la existencia de planes de recuperación entre otras posibilidades, acelera la disminución de la incertidumbre y facilita la recuperación.

En contraste con el análisis teórico, existe abundante literatura sobre el impacto de las catástrofes en ciertas áreas geográficas, en gran medida vinculada a programas de ayuda al desarrollo.

El tema ha sido objeto de atención por organismos internacionales como el Banco Interamericano de Desarrollo (donde en el año 2000 Céline Carvériat publicó Natural disasters in Latin America and the Caribbean: an overview of risk), el Fondo Monetario Internacional (con el trabajo de Freeman, Keen y Mani: Dealing with increased risk of natural disasters: challenges and options. 2003), o el Banco Mundial.

Esta institución dedica un área a la gestión de los efectos de las catástrofes, aunque ha empezado a cambiar el enfoque hacia la prevención; en esta dirección se enmarcan dos interesantes artículos publicados en su seno: Catastrophes and development: integrating natural catastrophes into development planning (Freeman, Martin, Mechler, Warner y Hausmann. 2002) y Preventable losses: saving lives and property through hazard risk management (Christoph Pusch, octubre 2004).

También la prevención era el mensaje del trabajo publicado dentro del Programa de Desarrollo de las Naciones Unidas (Reducing disaster risk: a challenge for development. 2004), donde se apuntaba la fragilidad de ciertas zonas geográficas.

A pesar de toda la literatura y de todos los programas, la preparación que se consideraba necesaria no ha existido en la región asiática devastada por el tsunami este mes de diciembre. Y eso que ya existía amplia evidencia de que Asia registra el récord de gravedad de desastres naturales (ciclones, inundaciones y terremotos), como ya señaló The Economist el 5 de febrero de 2004.

Puede que los países afectados debieran haber realizado asignaciones de recursos que tuvieran en cuenta estas contingencias, aunque su grado de desarrollo implica un límite en capacidades. Pero las instituciones internacionales deberían haber puesto en práctica lo que han puesto por escrito y haber aplicado políticas de desarrollo que tuvieran en cuenta los riesgos de catástrofes y no sólo los financieros.