La opinión del experto

Cuidar la salud de los empleados

Antonio Cancelo explica que la clave para posicionar a las empresas a la cabeza en la lucha para disminuir la incidencia de las enfermedades profesionales y de los accidentes laborales está en los ejecutivos

La importancia del ambiente de trabajo en el logro de resultados satisfactorios no es algo novedoso que precise de serios esfuerzos argumentales y es muy probable que ningún directivo empresarial niegue tal principio. La cuestión es si la motivación para la puesta en marcha de medidas que contribuyan a la mejora de las condiciones de trabajo debe fundamentarse en un principio ético, el respeto a las personas que trabajan, o simplemente, como tantas veces ha ocurrido en la historia, en la posibilidad de obtención de mejoras productivas. La cuestión del fundamento puede no ser simplemente anecdótica, ya que en el primero de los casos se estaría dispuesto a introducir mejoras cuya repercusión directa en los resultados económicos no resultaría evidente ni medible, mientras que en el segundo, las actuaciones estarían únicamente guiadas por un beneficio empresarial tangible. En un caso, el campo de actuación se amplía, situando en primer término a la persona; en el otro, la persona cumple un papel instrumental supeditado a los resultados económicos.

Si tomamos un ejemplo de gran actualidad como es la prevención de riesgos laborales, la visión desde los principios partiría de la concepción del trabajador como un sujeto de derechos, entre los que uno de los más elementales sería el derecho a la salud, mientras que el enfoque economicista se asentaría en el costo de los accidentes y de las enfermedades. Transitar por uno u otro camino conduce a resultados bien dispares y muestra talantes directivos claramente diferenciados. En el amplísimo mundo de la mejora de las condiciones de trabajo se deben establecer prioridades, ya que resultaría falto de consecuencia pretender avanzar por la deseada senda del reconocimiento, por ejemplo, mientras se trabaja en condiciones de riesgo que ponen en peligro la salud o la integridad física de los trabajadores. Tampoco es que haya una exigencia secuencial que impida mejorar un ámbito hasta haber concluido el precedente, pero las prioridades existen y son de sentido común, debiendo establecerse de forma concertada entre todos los interesados. La mejora de las condiciones que conduzcan a una reducción de la siniestralidad laboral concierne, como acabamos de señalar, a trabajadores y empresarios y sin una colaboración estrecha será difícil mejorar una situación que, pese a una evidente mejora, resulta inaceptable, ya que supone un deterioro profundo de la calidad de vida de los trabajadores a la vez que un costo económico que acaba lastrando la competitividad de las empresas.

Siendo por tanto una cuestión en la que los trabajadores deben jugar un papel activo y sin cuya contribución y apuesta el progreso se ralentizará, no podemos olvidar que la clave para posicionar a las empresas a la cabeza en la lucha para disminuir drásticamente la incidencia de las enfermedades profesionales y de los accidentes laborales está en la actuación de los directivos. Hay directivos, no pocos, para quienes el objetivo máximo en términos de prevención es acercarse al cumplimiento en las obligaciones legales, y ello más por temor a la actuación probable de los inspectores que al convencimiento personal. En estos casos lo que importa es el cumplimiento formal y de esta forma quedan pocas esperanzas. Tenemos que preguntarnos por el papel que a una cuestión de tanta trascendencia se le reserva en los tratados de management y en las escuelas de negocios, siendo así que en la práctica ocasiona un gran impacto, tanto si se la considera desde una perspectiva de los valores como de su incidencia económica. Escaso relieve en el mundo de la formación directiva y, sin embargo, su enfoque sólo puede realizarse desde la gestión empresarial, partiendo del compromiso de la alta dirección. Las empresas que han alcanzado logros excelentes en esta materia, disminuyendo notablemente enfermedades y accidentes, lo han hecho a partir de un programa de gestión liderado por el máximo directivo, quien desde la función que realiza, ha sabido transmitir al resto de los mandos y a todos los trabajadores que la salud es un bien básico que debe ser protegido, estableciendo una serie de medidas correctoras y preventivas que incluyen el rediseño de la organización, de los puestos de trabajo y de los modelos de comportamiento.

'Hay directivos para quienes el objetivo máximo es acercarse al cumplimiento de las obligaciones legales'

Pero si se reconoce el papel de la alta dirección y, en general, de todos los directivos, en el logro de resultados positivos en el campo de la prevención de riesgos laborales, también es válido lo contrario, es decir, que en las empresas donde siguen existiendo déficit importantes relativos a la salud de los trabajadores, la responsabilidad principal, aunque no única, recae en el mundo directivo, lo que resulta inadmisible y es un índice rotundo que refleja una gestión deficiente. Bien porque le duela el sufrimiento inútil, y mejor por eso, bien porque considere el costo inaceptable, usted directivo tiene que comprometerse en un área de gestión que forma parte de sus obligaciones.