COLUMNA

Las políticas económicas necesarias para Europa

La vocación de los europeos es diferente de la de los americanos y la política económica refleja los distintos valores. El crecimiento de la economía de EE UU ha sido muy dinámico, impulsado en gran medida, por estímulos monetarios y fiscales. Mientras en EE UU se hace poca mención a los problemas económicos que se les acumulan, en Europa se busca que el crecimiento sea equilibrado y que, además, se cubran objetivos sociales. En Europa se añade también la dificultad de pretender objetivos comunes definidos en términos de tasas o ratios, partiendo de situaciones muy heterogéneas y con segmentación de los electores.

Recientemente la OCDE ha publicado una revisión al alza de las previsiones de crecimiento para Europa: 2% frente al anterior 1,6%. A pesar de la revisión, el último dato del indicador adelantado sobre las condiciones económicas europeas EuroCoin señala que tanto en julio como en agosto se ha producido un freno, tras la aceleración en la actividad en los cuatro meses precedentes. La incertidumbre sobre las consecuencias del alza del petróleo y de la situación geopolítica empañan el resultado de la actividad industrial, que se muestra dinámica.

Los diferentes objetivos pretendidos, muchas veces antagónicos a corto plazo (por ejemplo, eficiencia vs solidaridad) y la distinta situación económica de los países europeos (como Francia vs Alemania) hacen muy difícil las recetas de política económica. De momento no parece que la política monetaria vaya a cambiar. El presidente del BCE, Jean-Claude Trichet, ha resaltado recientemente que las condiciones financieras en el área euro sirven de apoyo a la recuperación. Sin embargo también son un factor potencial de estímulo a la inflación, si se produjera un traslado permanente a los precios de las subidas actuales del crudo o de los impuestos.

Uno de los problemas actuales de la economía de la UE es la reducida productividad

Mientras que la política monetaria no permite un ajuste a las condiciones de cada país, la fiscal se decide en base nacional. Es indiscutible la conveniencia de mantener controlado el déficit en unos límites, pero también parece necesario reflexionar sobre la forma de cómputo de éstos. La discusión sobre la política fiscal tiene un cierto paralelismo con el cambio de la implementación de la política monetaria producido en los noventa. Los bancos centrales nacionales cambiaron de un objetivo sobre la inflación anual instrumentado con actuaciones cuasi mecánicas, a la definición actual de objetivo a medio plazo, instrumentado por el BCE mediante un análisis de las diferentes circunstancias. Un horizonte de medio plazo no tiene por qué conllevar laxitud. El propio BCE opina que aunque no se debe debilitar el compromiso de consolidación fiscal, sí se puede mejorar la forma de cumplir con el Pacto de Estabilidad y Crecimiento (PEC), en especial en el análisis del déficit estructural.

Cada vez más, las políticas económicas debe diseñarse con perspectiva de medio plazo, y dejar margen de flexibilidad para poder adaptarse en casos de shocks, que pueden exigir diferente respuesta según sean temporales o permanentes, oferta o demanda o domésticos o externos. Dicha perspectiva refuerza la credibilidad del objetivo. Martin Neil Baily y Jacob Funk Kirkegaard acaban de publicar Transforming the European Economy (septiembre 2004. IIE), en el que analizan las políticas necesarias para tener una Europa que cumpla los objetivos establecidos en Lisboa en 2000 en términos de productividad, que a la larga se reflejan en crecimiento del producto y del empleo. Según los autores, políticas que eran efectivas se han hecho disfuncionales porque no permiten que la economía se adapte y sea flexible. Proponen tres grupos de políticas: para la productividad, para el empleo y para mejorar las condiciones macro.

No son fáciles. Las primeras encontrarán la resistencia de grupos empresariales, ya que la clave es la liberalización, eliminando regulaciones que suponen privilegios y trabas a la competencia. Las segundas encontrarán la resistencia de trabajadores y sindicatos, ya que se aboga por flexibilizar el empleo. Las últimas pueden encontrar la oposición de los propios políticos ya que se propone que el PEC, aunque se instrumente de forma más flexible, cuente con mecanismos más serios de exigencia, de supervisión y sanción.

Los problemas actuales de la economía europea son falta de crecimiento, escasa generación de empleo, reducida productividad, competencia creciente de China e India, etcétera. Sin embargo, los problemas que tiene Europa, no son sólo de su estructura productiva o de sus redes de protección social, son también de diseño y aplicación de políticas económicas.