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Columna
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De Evian a Boca Ratón

La inquietud creada por la escalada del euro con respecto al dólar se manifiesta en los comunicados del Eurogrupo y en el cambio de tono del nuevo presidente del BCE. Es la primera vez que el Consejo, la Comisión Europea y el BCE dejan de hablar de un 'euro fuerte' para poner el énfasis en la estabilidad y preocuparse por los movimientos 'excesivos' del tipo de cambio. Pero su capacidad de oponerse a ellos es muy limitada y la reunión decisiva será la del G-7, en realidad G-8, este fin de semana en Boca Ratón, Florida.

Sería bueno que las conclusiones de este nuevo encuentro de los dirigentes de los seis países occidentales más industrializados, con Japón y Rusia, reflejen mejor el análisis europeo de la situación monetaria mundial. O al menos que no se repita el comunicado de Dubai, en septiembre pasado, que dejaba entender que la UE se acomodaría bien con una bajada del dólar.

No es así y, por el contrario, crece la opinión de que la revalorización del euro agrava el mayor mal que sufre la economía europea desde hace años, que es su déficit de crecimiento. Los puntos débiles de la eurozona, elevada tasa de paro y mala salud de las finanzas públicas, son en buena medida consecuencia de ese débil crecimiento.

Es probable que en la reunión del G-7 escuchemos retóricos mensajes de confianza sobre las perspectivas económicas

Si una revalorización del 10% del euro nos cuesta un punto de crecimiento y no esperamos crecer más de un 2% este año, el tipo de cambio se convierte en variable crucial para la economía europea. Y su estado de salud no le permite apreciar las virtudes de una moneda sobrevaluada como hizo EE UU a finales de los noventa.

En realidad estamos, en vísperas de Boca Ratón, en las mismas condiciones que en junio pasado ante el G7 de Evian (Francia), que marcó el reencuentro entre Bush y la 'vieja Europa'. Los países europeos allí reunidos apenas podían lucir un 1% de crecimiento en media anual y a ello contribuía poderosamente el Reino Unido. Entonces como ahora, para salir de la paradoja de un euro que aumenta su paridad con el dólar mientras las perspectivas de crecimiento en Europa bajan, harían falta medidas monetarias y las del BCE, que siguen haciéndose esperar, no serán suficientes sin una estrategia coordinada con EE UU.

La esperanza europea es que los americanos consideren que, para evitar un incremento excesivo de sus tipos de interés, no les conviene dejar caer demasiado el dólar. Pero, a menos de un año de las elecciones presidenciales, no es seguro que cambien una situación que sustenta el crecimiento y favorece a los sectores industriales que apoyan a los republicanos.

Lo más probable es que Boca Ratón no produzca medidas concretas para relanzar la economía mundial ni responder a las demandas de ayuda al desarrollo. Escucharemos retóricos mensajes de confianza sobre las perspectivas económicas globales, reafirmando la voluntad de estabilizar los tipos de cambio y de continuar con las reformas estructurales. Y también es probable que Bush, impasible el ademán, siga proclamando, con igual cinismo con el que justifico la guerra de Irak, que su país lleva a cabo una política de dólar fuerte, a pesar de que el euro haya pasado de 0,8 a 1,25 dólares durante su presidencia.

En realidad, con el paso del tiempo, las reuniones del G-7, que se iniciaron en 1975 como un encuentro informal y alejado del mundanal ruido para que los líderes occidentales pudiesen encontrarse de forma discreta, se han convertido en un gran show mediático al que a veces sólo se asiste unas horas, como hizo Bush en Evian saltando entre San Petersburgo y Akaba.

Pero ello no le libra de aparecer como un anacronismo, empezando por su propia denominación, 'países más industrializados', en un mundo posindustrial. Es difícil reflexionar sobre la regulación de la economía mundial, el objetivo fundador del G-7, sin contar con los pesos pesados emergentes de China, India y Brasil. Desde esta perspectiva conviene no olvidar que la bajada continua del dólar no es sólo un problema entre EE UU y Europa. Refleja también, y de esto se habla mucho menos, una interdependencia económica y financiera cada vez más estrecha de EE UU y China.

EE UU será pronto uno de los países más endeudados del mundo. Y China, que tiene un superávit comercial de 100.000 millones de dólares con EE UU, se está convirtiendo en su principal acreedor. Está tomando así el papel que tenía Japón en los ochenta. Pero con una gran diferencia. Japón era un aliado estratégico y China estaba considerada un adversario de EE UU. Quizá ya no lo sea, o puede dejar de serlo, cambiando las relaciones de fuerza económicas y políticas del mundo mientras los europeos seguimos ensimismados en nuestras pequeñas querellas familiares.

Diputado por Barcelona (PSC-PSOE) y presidente de la Comisión Mixta Congreso Senado para la UE

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