COLUMNA

Apagones y mercado eléctrico

Manuel Pimentel asegura que los problemas del sistema eléctrico de EE UU, que han dado lugar al 'gran apagón', se deben a una desregulación mal planteada. El autor advierte contra el peligro de que ocurra igual en España

El espectacular apagón que afectó a más de 50 millones de personas, ha sido el mayor sufrido por EE UU hasta la fecha. Los neoyorquinos, atrapados en metros y ascensores, no olvidarán con facilidad el susto recibido. Pero ese apagón no deja de ser paradójico. ¿Cómo es posible que ocurra en el país más avanzado del planeta? Ante esta sorprendente realidad deberíamos hacernos tres preguntas. ¿Por qué ocurren esos apagones?, ¿puede suceder lo mismo en Europa y España?, ¿es sostenible nuestro modelo energético? Vamos a ello.

Al momento de escribir este artículo, las autoridades todavía no han hecho público el resultado de su investigación. No sabemos, pues, el motivo exacto. Hemos podido leer en la prensa, sin embargo, cuatro posibles causas, una vez descartado el terrorismo y el sabotaje. La primera, la antigüedad, e incluso cierta obsolescencia, de las infraestructuras de distribución eléctrica de EE UU. Segunda, el imparable crecimiento de la demanda de energía, mucho más rápido que el incremento en las capacidades en generación y distribución. Tercera, el efecto multiplicador de las grandes redes eléctricas, interconectadas internacionalmente. Y cuarta, el imperfecto funcionamiento de los mercados eléctricos recientemente desregulados, donde no queda margen económico disponible para la modernización de las redes.

A estas cuatro razones podríamos añadir el deterioro de las infraestructuras públicas de EE UU, según generalizadas quejas publicadas. Suponemos que todas ellas habrán influido en el gigantesco apagón. Deberían analizarse detenidamente, para encontrar la solución adecuada.

La seguridad de suministro de electricidad ha disminuido drásticamente en España, a pesar de la prima que pagamos por la 'garantía de potencia'

¿Constituyó realmente el apagón una sorpresa? Bill Richardson, que fue secretario de Energía de EE UU, escribe en su artículo Borrachos de energía: 'El apagón no debería haber supuesto ninguna sorpresa. En 2001, la asamblea general del Consejo Norteamericano de Seguridad Eléctrica declaró que 'la cuestión no estriba en si se registrará o no una avería de importancia de la red de distribución eléctrica, sino en cuándo'. En 1996 ya se produjeron grandes apagones en el oeste y en 2001 saltaron a la luz pública los que vinieron a conocerse como 'apagones de California'.

La orden del presidente Bush de limitar la temperatura de las dependencias oficiales a los 25ºC para no someter a mayores tensiones el sistema confirmó entonces el sorprendente desajuste entre la demanda y la capacidad de producción y distribución de energía en el país más rico del planeta. Las leyes de mercado no funcionaban. La oferta no igualaba a la demanda. ¿Por qué? Pues por una desregulación mal planteada.

La desregularización aprobada en 1996 liberalizó el mercado mayorista (es decir, los precios de compra de energía por parte de las empresas distribuidoras) mientras se mantenían reguladas las tarifas al consumidor. Con esta realidad, los precios al por mayor de la electricidad subieron con rapidez, sin que la compañías pudieran trasladar -por la regulación oficial- esta subida a los consumidores finales. Las compañías afirmaron -y siguen manteniendo- que no pueden amortizar las inversiones necesarias para modernizar las redes.

Oímos voces críticas contra el modelo de desregulación, emitidas desde EE UU. Así, Robert Kuttner escribe en su artículo Atrapados por la desregulación: 'La teoría de la desregulación ha fracasado. Sin embargo, tiene muy pocos críticos'. Más explícita es aún la senadora demócrata María Cantwell: 'La desregulación ha dejado indefensos a los consumidores, ha suprimido las garantías de suministro fiable y eliminado las salvaguardas frente a la manipulación del mercado'.

En España estamos al borde que se produzcan estos apagones -de hecho, ya ha sucedido este verano en Mallorca-, por unas causas muy similares a las de EE UU; crecimiento más rápido de la demanda que de la oferta, escasas inversiones en redes de distribución y deficiente funcionamiento de los mercados desregulados.

Lo llevan advirtiendo desde 2001 diversos informe de Red Eléctrica Española. Estamos al borde del colapso ante las crecientes puntas de demanda. La capacidad de nuestras líneas se encuentra en su límite en determinadas zonas costeras. El margen de seguridad de suministro ha disminuido drásticamente durante los últimos años, a pesar de la prima que pagamos, mediante la llamada garantía de potencia, para mantener una reserva de capacidad de generación siempre disponible.

La actual relación de costes e ingresos limita la rentabilidad de las inversiones, que continuamente se retrasan tanto en Europa como en EE UU. Hemos visto las barbas de nuestros vecino cortar, debemos poner las nuestras a remojar. No se trataría de suprimir la desregulación; deberíamos mejorarla, introduciendo sistemas de coordinación globales, garantías de suministro y fórmulas de financiación de infraestructuras, que deben responder no sólo a la conveniencia privada, sino al interés general.

También debemos cuestionar nuestros modelos energéticos, basados en la actualidad en combustibles fósiles -petróleo y carbón-, que ocasionan ingentes emisiones de CO2 que recalientan la atmósfera -efecto invernadero-, colaborando con un posible cambio climático. La otra pata del modelo es la obsesión por consumir una energía barata, que nos induce a un consumo abusivo.

Debemos ir planteando modelos energéticos alternativos, en que las energías renovables, las nuevas técnicas constructivas, la generación distribuida, el uso del hidrógeno y de coches eléctricos, por citar sólo algunos ejemplos, vayan incrementando sensiblemente su cuota en mercado eléctrico global. Pero, para ello, es importante la mentalización de los ciudadanos. Alguien tendría que empezar a educarnos. No podemos seguir borrachos de energía barata y contaminante.