COLUMNA

La construcción como depredadora

Las estadísticas medioambientales, de corta historia dado lo reciente de la preocupación universal por la materia, vienen poniendo de relieve situaciones que antes permanecían inadvertidas a las Cuentas Nacionales y a los sistemas Input-Output, donde la utilización de recursos naturales no se contemplaba en función de las reservas existentes, que se suponían teóricamente inagotables, y donde no entraban en consideración los residuos que el sistema productivo arrojaba a la naturaleza, con un coste medioambiental para actuales y futuras generaciones que no era valorado.

La irrupción de estas investigaciones tras la alarma surgida en la cumbre de Niza -que ya se incorporaron a los planes de las oficinas centrales de estadística a mediados de los años noventa- está permitiendo análisis reveladores de situaciones que es urgente corregir, como el recientemente expuesto en la página web del INE bajo el título Balance y cuentas de flujos de materiales.

Entre otros muchos datos de interés, el informe contiene información sobre los recursos que el sector de la construcción recoge de la naturaleza y permite hacer una buena estimación de los residuos que dicho sector vierte al entorno natural, llegándose a una conclusión muy negativa sobre sus efectos 'depredadores' y añadiendo un elemento más de preocupación a los temas que están siendo objeto de debate sobre especulación inmobiliaria, riesgos de quiebra del sistema financiero por impago de hipotecas y cuestiones como la crisis que podría desatarse en caso de que pinchara la supuesta burbuja inmobiliaria.

Tomando datos del citado informe, si sumamos los recursos naturales que más utiliza la construcción (arcilla, cuarzo, arenas y gravas, caliza y granito), vemos que en el año 2000 se extrajeron 319,6 millones de toneladas, un 60% de los recursos extraídos en España para el uso de la totalidad de nuestro aparato productivo. Este volumen de extracción supone un aumento del 41,5% respecto a las 225,8 millones de toneladas que se extrajeron de dichos productos cinco años antes.

Si se elaboran indicadores de eficiencia o productividad de materiales, relacionando el empleo de éstos con el producto interior bruto, se observa cómo, para la totalidad del sistema productivo y en pesetas constantes de 1995, en el año 1996 una tonelada de inputs de materiales generaba 763 euros de PIB, mientras que en el año 2000 generaba 694,31 euros, lo que implica una caída de productividad de los recursos naturales de un 9% en el breve periodo de cinco años.

Haciendo el ejercicio de aproximar este indicador a la construcción, en los cinco años que estamos considerando, la caída que registra la productividad por tonelada de los citados recursos es del 10,8%, siempre en pesetas constantes y mediante la doble deflación que realiza la contabilidad nacional tanto en producción como en consumos intermedios. Es importante destacar esta circunstancia, puesto que, si el ejercicio se hiciera mediante un deflactor genérico para todas las ramas de actividad, y no digamos si se realizara a precios corrientes, se llegaría a falsas conclusiones, dadas las variaciones especulativas de precios que se producen precisamente en el sector de la construcción.

Sin intentar enjuiciar un problema que requiere análisis profundos, se pueden señalar dos líneas de investigación. La primera de ellas, relativa al aprovechamiento de recursos que hace la construcción y a los vertidos de desechos, que podrían alcanzar cifras en torno a los 30 millones de toneladas, dados los hábitos del sector que, por ejemplo, salvo casos excepcionales, renuncia a un reciclaje de materiales que constituyó una constante histórica hasta fechas recientes. La segunda línea consistiría en estudiar de qué modo la construcción vertical, de edificios de pisos, se está viendo sustituida por construcciones horizontales de viviendas unifamiliares. Para éstas existen pocas trabas urbanísticas, cuando es sabido que este tipo de construcción requiere, además de dotaciones de todo tipo de servicios, infraestructuras viarias que faciliten su accesibilidad, lo que lleva a unos costes exagerados no sólo en términos económicos, sino en el sentido ecológico por la sustitución de millones de hectáreas de superficie natural por asfalto.