Tribuna

El talento ¿nace o se hace?

Es todo un tópico afirmar que las empresas luchan por el talento. La obsesión de cualquier director de recursos humanos que se precie es captarlo, motivarlo, retenerlo y ponerlo a disposición del negocio.

Sin entrar en mayores profundidades, podríamos afirmar que en una empresa coexisten dos tipos de talentos. El individual, atesorado en empleados y directivos, y el colectivo, que radica en su sistema de organización. El primero aporta creatividad y productividad personal, y el segundo, todavía más importante, si cabe, estructura la empresa, sus valores, órganos y funcionamiento con la finalidad de optimizar el talento de sus trabajadores.

En una organización talentosa, el talento total resultante es muy superior al de la suma del que poseen sus componentes individuales. Si nos preguntaran si el talento nace o se hace responderíamos que el talento de la organización se hace, mientras que el de la persona tiene una doble dimensión: nace, pero también se hace. Construir una organización talentosa es una responsabilidad básica de sus gestores. Pero ése será otro tema. Centrémonos ahora en el talento individual: ¿Nace, o se hace? El talento nace, pero hay que desarrollarlo.

¿Nacemos con un talento determinado o es una facultad que desarrollamos con esfuerzo y experiencia? Desde siempre nos lo hemos cuestionado. La filosofía también se ocupó de ello: tanto Aristóteles como el británico John Locke, por ejemplo, defendieron la idea de que el talento se construye desde la mente en blanco de nuestro nacimiento. Platón consideraba que las matemáticas eran el conocimiento por excelencia de nuestra mente, y afirmó que su comprensión ya estaba instalada en el alma humana al nacer; la educación, por tanto, lo único que podía conseguir era rescatar y dar forma a ese saber innato.

Un prestigioso neurocientífico del MIT, Steven Pinker, acaba de publicar The Blank Slate (la pizarra en blanco), en el que sostiene algo que parece evidente: que al nacer arrastramos una carga genética que condicionará de forma muy importante capacidades, comportamientos y motivaciones. Esta idea ha sido frecuentemente muy criticada, como determinista, por algunas corrientes de pensamiento, acusada por infravalorar la capacidad de superación con esfuerzo y aprendizaje.

Los críticos a estas ideas sostienen que los hombres no deben limitarse a ser esclavos pasivos de su ADN. Pinker, al contrario, mantiene que la herencia genética, 'la naturaleza humana', condiciona a priori cualquier desarrollo a través de la educación o la interacción social. Propone un 'humanismo informado biológicamente (...) que trate a las personas con arreglo a cómo se sienten y no con arreglo a lo que alguna dudosa teoría dice cómo se deberían sentir...'.

Puede que tenga razón. Entre los profesionales de los recursos humanos se dice: con mucho esfuerzo, puedes enseñar a un cerdo a trepar a un árbol, pero si quieres conseguirlo antes, mejor contrata a una ardilla. Por mucho que se esfuerce, una persona normal jamás ganará una medalla de oro olímpica en los cien metros lisos. Precisa, además de total dedicación, determinada naturaleza.

Pero no podemos quedarnos ahí. La genética no lo es todo. Con entrenamiento adecuado, podemos mejorar nuestra marca. No partimos de una tabula rasa; cuando nacemos ya tenemos grabadas algunas capacidades. Pero el libro de nuestra vida está por escribir. Y, con nuestra libertad, esfuerzo y circunstancias somos nosotros los que rellenamos página a página. Con voluntad podemos aflojar nuestras ataduras genéticas.

Afirmar que el talento tiene un elevado componente genético no quiere decir que trabajo y dedicación no sirvan para nada. Al contrario, con dedicación se puede aprender a hacer de casi todo. Y una persona con talento, si no lo ejercita, nunca podrá desarrollarlo. Podríamos decir que la capacidad potencial y total de talento es innata. Pero es un techo muy alto, que prácticamente no alcanzaremos. Por eso, para que un talento sea útil debe venir unido al esfuerzo y al deseo de superación.

Es frecuente la siguiente reflexión del responsable que acaba de entrevistar a un candidato para cubrir un puesto de trabajo: 'Esta persona puede. Pero... ¿quiere? ¿Le motivará la responsabilidad? ¿Se comprometerá?'. Y es que la actitud para el trabajo es casi más importante que la aptitud. De ahí que las empresas, además de conocimientos y capacidades, busquen compromiso, deseo de superación e involucración con el proyecto. El talento innato es insuficiente; es necesario su desarrollo. Por eso, el talento nace, pero sobre todo se hace.

Un fruto de una organización talentosa es la formación y desarrollo del talento que encierran sus componentes y que en muchos casos puede estar oculta. En muchas ocasiones es más rentable destacar esos talentos y darles una oportunidad que captarlos mediante talonario de la calle.

Un reto más para los directores de recursos humanos. Saber combinar el talento innato, con el que podemos desarrollar por educación y experiencia.