EDITORIAL

Duisenberg no ayuda

La decisión del Banco Central Europeo (BCE) de mantener sin cambios los tipos de interés envió un mensaje claro a los mercados: las cosas no han cambiado pese al fin de la guerra en Irak y abaratar el precio del dinero no es la solución para dinamizar las economías de la UE. La pelota vuelve a caer así en el tejado de los Gobiernos europeos, que deben afrontar de una vez por todas las ambiciosas reformas liberalizadoras acordadas en la Cumbre de Lisboa hace ya tres años. El reto es especialmente urgente en el caso de Alemania, donde las reformas del canciller Gerhard Schröder afrontan una dura contestación dentro del Partido Socialdemócrata (SPD), a pesar de los claros síntomas de estancamiento de la economía.

El precio del dinero no es, ni mucho menos, el lastre que frena el crecimiento de las mayores economías europeas. Los problemas de fondo son factores como la rigidez de muchos mercados (no sólo el laboral, sino también industrias claves como las telecomunicaciones, la energía o el comercio), la ineficiencia generada por las trabas administrativas, el déficit tecnológico, los pobres aumentos de productividad o las veleidades proteccionistas de los propios integrantes del mercado único.

Las presiones al BCE para que baje tipos cuanto antes han sido muchas y fundamentadas. Despejada la incógnita sobre el desenlace de la guerra en Irak, todo invita a bajar tipos: lento crecimiento de la UE (estancamiento en el caso de Alemania), fuerte apreciación del euro (con el consiguiente daño a las empresas exportadoras), abaratamiento del precio del petróleo (con lo cual se relaja la presión inflacionista). Y no cabe duda de que Wim Duisenberg y su equipo podrían haber hecho un guiño bajando al menos un cuartillo de punto. Pero los miembros del consejo del BCE temen utilizar los cartuchos monetarios que aún tienen en la recámara sin que éstos produzcan ningún efecto reactivador claro.

Después de la guerra viene una reconstrucción que será costosa y polémica. Las tensiones entre EE UU y sus aliados y el bloque de países que se opusieron a la ofensiva militar no ceden. La neumonía asiática abre un nuevo frente de incertidumbre difícil de atajar con herramientas monetarias. Y a ambos lados del Atlántico empieza a asomar la cabeza el fantasma de la deflación, con Alemania como principal candidato europeo a sufrir un fenómeno que ya fue protagonista de episodios tan graves como la gran depresión en 1929 de EE UU o la crisis de Japón iniciada en los noventa.

En periodos de deflación, la gente tiende a no gastar dinero porque espera que los precios bajen, con el consiguiente daño para todo tipo de industrias, que ven desplomarse su volumen de ventas. Las empresas se ven así forzadas a bajar aún más los precios, entrando en un círculo vicioso dificilísimo de romper. Si ésta es realmente la amenaza que inquieta a los banqueros centrales, bajar los tipos de interés tiene poco sentido.