COLUMNA

La distribución del riesgo

En la reciente crisis, ha sido destacable la resistencia que han mostrado las entidades financieras. Además de sortear la debacle en las cotizaciones bursátiles, las entidades han sorteado el aumento del riesgo derivado de la expansión de la financiación con carácter global, con la incorporación en sus carteras de activos extranjeros.

Se puede explicar esta mayor resistencia de las entidades financieras, por una parte, porque se han desarrollado mejores sistemas de control del riesgo. Hay que tener en cuenta que esto implica que las entidades han tenido capacidad de dispersar el riesgo que soportaban entre diversas entidades. La cuestión que se plantea es si las entidades que han terminado absorbiendo el riesgo tienen la capacidad para hacerlo, si lo desean o si son conscientes del riesgo tomado.

Como punto de partida cabe señalar que el riesgo se ha diversificado, se ha parcelado, lo cual permite ejercer un mejor control. De esta forma se reduce la posibilidad de experimentar fallidos concatenados o contagios sistémicos. Mucha de esa diversificación se ha realizado a través de la utilización de productos derivados, por los cuales se hacen comercializables los riesgos crediticios de las entidades bancarias, como es el caso de los valores de titulización, los derivados de crédito o diversos tipos de swaps.

Muchos de esos productos han sido diseñados de forma que se ajustan a las preferencias de un amplio rango de inversores. En general, el riesgo se ha transferido desde las entidades financieras cuyos pasivos son a corto plazo hacia entidades como compañías de seguros, fondos de pensiones o fondos de inversión en general, que emiten pasivos a largo plazo. En este punto, cabe preguntarse si estas entidades son las más adecuadas para absorber los riesgos de las empresas.

Por otro lado, también se plantean dudas sobre la adecuación de los sistemas de gestión privada del riesgo y sobre la idoneidad de la información disponible sobre el mismo. Los mecanismos de dispersión del riesgo de crédito pueden estimular comportamientos especulativos en los prestamistas, dado que permiten una mayor posibilidad de apalancamiento. Por ello, las entidades tomadoras del riesgo deben seguir políticas de gestión del riesgo continuadas y contar con mecanismos de supervisión adecuados. Se han hecho esfuerzos en los ámbitos bancario y de valores para mejorar los sistemas utilizados por las entidades. Ahora estos esfuerzos deben extenderse al ámbito de las entidades de previsión.

El resultado sobre la información disponible y sobre su calidad es discutible. Hay quien sostiene la opinión de que el desarrollo de mercados para estos productos derivados permite disponer de información adicional sobre el riesgo de crédito.

Sin embargo, existen numerosas voces que argumentan que la transparencia se ve deteriorada. Así, cuando las entidades crediticias mantenían en su balance los riesgos crediticios, tenían incentivos fuertes para controlarlos y recabar información a las empresas. Con el riesgo transferido a terceros, se reduce tal incentivo y la calidad de la información sobre la calidad crediticia se reduce.

Por último, el riesgo termina siendo transferido de forma final a quien no tiene capacidad para manejarlo. Las transferencias de riesgo se han hecho en gran medida sobre los fondos de pensiones y sobre las compañías de seguros. Muchas de estas entidades han sobreinvertido en renta variable, y, aunque muchas han reducido sus carteras, el riesgo crediticio que aún mantienen es elevado. La cuestión es si los inversores minoristas que son partícipes en estas entidades desean tomar ese riesgo.

La naturaleza de previsión de esas inversiones no lo parecen justificar. Muchos inversores minoristas han invertido en fondos y planes para el futuro cuyas carteras contenían renta variable con el convencimiento de que así tendrían que ahorrar menos o que tendrían mayores resultados en el momento del rescate.

Es evidente que estos razonamientos pueden haberles llevado a cometer errores importantes en sus planes de inversión. El resultado de la inversión puede haber sido muy diferente del planeado. Los inversores son muy vulnerables a errores en el horizonte temporal de su planificación financiera. El hecho de que de forma creciente los consumidores dependan del fruto de sus ahorros incrementa la importancia de la formación de los inversores minoristas. Pero esta necesidad es aún mayor cuando los mismos se ven expuestos a riesgos de mercado y riesgos crediticios que pueden desconocer.