Tribuna

Migraciones y globalización

Las migraciones internacionales, por su naturaleza intrínseca, deberían constituir la dimensión que mejor plasmara el fenómeno de la globalización/ mundialización. Si esto fuera así, y teniendo en cuenta la dilatadísima historia de las migraciones humanas, tan antigua como el hombre, el fenómeno de la globalización demográfica habría empezado mucho antes de lo que se considera.

En las ultimas décadas -y sobre todo tras la caída del telón de acero- se ha acelerado el proceso de globalización en relación a algunas dimensiones (información, flujos financieros, inversiones, bienes, cultura, deslocalización industrial…), pero en mucha menor medida en lo que a migraciones se refiere.

El análisis de las migraciones es siempre complejo, sea cual fuere la escala de análisis a la que se aborde (internacional, nacional, regional, local…) y esto es así por razones que van desde los problemas de fuentes y diversidad de tipologías de movimientos hasta el de enfoques teóricos (el neoclásico, más descriptivo, más empírico y más cuantitativo, y el histórico-estructural, más teórico, más crítico y más explicativo), pasando por las diversas perspectivas disciplinares. Geógrafos, demógrafos, economistas…, de una parte; sociólogos, antropólogos, politólogos, historiadores -psicólogos incluso-, de otra, compartimos el mismo objeto de estudio, si bien analizando determinantes (o causas) y efectos (o consecuencias) distintos, aunque complementarios.

Los desequilibrios poblacionales y socioeconómicos en el mundo, lejos de aminorarse, se agrandan progresivamente

En relación a las migraciones internacionales cabe hacerse en la actualidad las siguientes preguntas:

¿Ha aumentado el número de inmigrantes internacionales en los últimos 40 años? La respuesta es sí y no. Según datos de las Naciones Unidas, la respuesta es sí, en términos absolutos; no, en términos relativos. La demógrafa de las Naciones Unidas Marta Roig apunta el dato de que el 2,3% de la población del mundo vivía fuera de su país de origen en 1965; el 2,6% vive fuera de su país de origen en la actualidad. En términos absolutos, unos 150 millones en la actualidad; unos 75 millones hace 40 años. Pensemos, sin embargo, que hace una centuria, durante el periodo anterior a la Primera Guerra Mundial -dato que nuestro etnocentrismo tal vez nos haga olvidar- la componente europea de la emigración alcanzó valores próximos a los 50 millones, lo que supone una proporción de migrantes doble que la actual. Así pues, la etiqueta 'era de las migraciones' para referirse al periodo actual no parece, pues, muy justificada, por más que los mass media parezcan empeñados en hacernos pensar lo contrario.

¿Se ha producido una mayor globalización de las migraciones?, esto es, ¿se da mayor diversidad, tanto de los países de origen o emisión como de acogida o de destino? Las cifras de Naciones Unidas parecen apuntar en esta dirección, pero no lo hacen de forma muy decidida. En 1965, apunta Roig, el 90% de los inmigrantes vivía en uno de los 32 principales países receptores; en 1990, necesitamos 51 países para alcanzar este porcentaje. Otro dato: en 12 países más del 15% de la población había nacido en el extranjero en 1965; en 1995, estos países son 26. Así, pues, el total de emigrantes se reparte de forma más equilibrada a nivel global, pero la inmensa mayoría procede de un número muy reducido de áreas. La respuesta, pues, es afirmativa, pero no tanto en tanta medida como se considera.

¿Han surgido, al albur de la globalización, nuevas tendencias migratorias? La respuesta es negativa, aunque con matices, pues más bien parecen haberse reforzado las antiguas, si bien las coyunturas políticas y sobre todo económicas en la de los años setenta han tenido un enorme peso para determinarlas, tanto en los países de origen como en los de destino.

Por otra parte algunos de los orígenes se diversifican, aunque los mayores flujos siguen produciéndose entre un número reducido de países. EE UU destaca, como lo hacía tradicionalmente; sin embargo, recientemente se suman como destinos preferentes los países escandinavos (Suecia, Noruega, Finlandia…) y los mediterráneos de la ribera norte (Portugal, España, Italia, Grecia...), así como Costa de Marfil o Suráfrica, en el África subsahariana, los nuevos países industrializados de Asia y los países productores de petróleo, en el Asia occidental.

En cuanto a los nuevos países emergentes, desde el punto de vista de la emigración, cabe citar a la mayor parte de las Repúblicas ex socialistas, y muy especialmente, Rusia.

¿Está teniendo lugar una mayor diversidad de tipos de movimientos? Sin duda alguna: a las migraciones definitivas y de carácter económico-laboral tradicionales se suma el importante incremento de la presencia femenina, las migraciones temporales, las turísticas -o seudoturísticas-, las migraciones de retorno, las migraciones ligadas a los reagrupamientos familiares o las de refugiados, tanto políticos como ambientales. Todas ellas en un contexto de rotación del personal altamente cualificado y de polarización creciente hacia nichos laborales cada vez más cualificados y hacia áreas que sufren falta de mano de obra en sectores como las industrias de producción y uso de la información, la comunicación y las altas tecnologías.

¿El fenómeno migratorio se presenta como unitario o fragmentado? La respuesta es que se presenta cada vez más segmentado. Una parte de la mano de obra, la altamente cualificada, goza, se sirve y alimenta el proceso de globalización. Otra parte, la semicualificada, se adapta a la globalización a costa de captar trabajos de menor cualificación. Finalmente un tercer segmento, la no cualificada, soporta sus más negativos efectos y alimenta los contingentes de ilegales, de sin papeles, convertidos, de hecho, en una gigantesca reserva de mano de obra a escala planetaria.

En definitiva, las estadísticas internacionales ponen de manifiesto una total supeditación de las migraciones a las necesidades de crecimiento económico en los países desarrollados. Como consecuencia de la globalización (sin duda más económica, financiera y de la información que demográfica), los desequilibrios poblacionales y socioeconómicos en el mundo, lejos de aminorarse, se agrandan progresivamente. Algunos datos de Daniel Reventós, presidente de la asociación Renta Básica, corroboran esta afirmación: 80 países tiene una renta per cápita inferior a la de 1990; 3.000 millones de seres humanos viven con menos de dos dólares al día, de los que 1.300 lo deben hacer con menos de uno; los 84 individuos más ricos del mundo tienen una renta equivalente a la de China; en Estados Unidos el 5% de los hogares acumula el 50% de la renta del país…

Pues bien, las teorías económicas liberales, autoerigidas como las únicas posibles y válidas -¿un reflejo más del llamado pensamiento único?- que apuntan a la emigración como elemento equilibrador, parecen cada día más alejadas de una estructura socio-territorial de un mundo, el nuestro, que se va configurando, en inquietante imagen de la ensayista Susan George, como un 'gran apartheid a escala planetaria'.