COLUMNA

Efectos de la guerra sobre una UE al ralentí

José Borrell Fontelles sostiene que el objetivo de la UE para situarse como primera potencia en 2010 ya no tiene fundamento sólido. Según el autor, las profundas

divisiones políticas por la guerra en Irak dificultan esa tarea

Mientras las televisiones despliegan en tecnicolor los desastres de la guerra resulta difícil preocuparse por las tasas de crecimiento o los tipos de cambio y de interés que pueblan una situación económica crecientemente cegada por la incertidumbre.

Pero la victoria anglo-americana no será ya ni rápida ni limpia y el temor a una recesión mundial provocada por una guerra-trampa, mal evaluada por los halcones del Pentágono, crece cada día.

El propio director general del FMI, Horst Köhler, considera esa hipótesis en el caso de una guerra larga que incida sobre el precio del petróleo, la resistencia del consumidor americano y la fragilidad de algunos países en desarrollo muy dependientes de la ayuda exterior.

Si la UE-potencia no ha emergido con 15 Estados miembros, menos lo hará con 25 o 30, sobre todo con la particular relación transatlántica de los nuevos socios

Y, para prevenirla, el guardián de la ortodoxia presupuestaria y financiera invita a los países europeos a discutir de forma menos crispada sobre el Pacto de Estabilidad y a dejar jugar completamente los estabilizadores automáticos, 'aun superando el límite del 3% de déficit que, en la actual situación de la economía alemana, no sería una infracción a los fundamentos de dicho pacto'. Vivir para ver.

Se trata de una buena muestra de realismo, o de cómo hacer de la necesidad virtud, puesto que el crecimiento de la zona euro se ve cada día sometido a nuevas amenazas. La previsión de la Comisión era del 1% para este año, pero basado en un retorno rápido a la confianza en el segundo semestre. Sin embargo, los más recientes indicadores de la propia Comisión muestran que ha caído a sus niveles más bajos desde hace 6 años para la economía en general y 9 años para la de las familias.

Todos los países europeos habían elaborado sus presupuestos sobre previsiones de crecimiento forzadamente optimistas, que es una de las formas más cómodas de cuadrar un objetivo de déficit presupuestario. Pero están teniendo que hacer frente, en particular en Francia, a una verdadera ruptura del crecimiento desde el 3% previsto en junio al poco más del 1% en marzo.

Chirac, cabalgando sobre la popularidad ganada por su posición sobre la guerra, ya ha anunciado que no será posible continuar con las rebajas de impuestos hasta que el crecimiento no vuelva. Y si ayer se esperaba tan pronto como la guerra terminase, ahora nadie se atreve a anticipar sus efectos.

En realidad, vista la situación actual, es difícil imaginar cómo los Gobiernos europeos, reunidos en Lisboa hace apenas tres años, pudieron creer que era posible alcanzar los objetivos que se fijaron para 2010 de convertir a Europa en la más importante zona de crecimiento y prosperidad del mundo.

Si por ventura los objetivos de Lisboa tuvieron algún fundamento, los acontecimientos posteriores se lo han quitado. Y en ello coinciden tanto la Comisión como los empresarios y sindicatos europeos a través de los documentos elaborados por unos y otros para el pasado Consejo europeo de primavera .

La Comisión señala que el objetivo intermedio de situar el nivel de empleo en el 66% en 2005 ya no será alcanzado, ni el de retrasar cinco años la edad de jubilación, ni el de aumentar la tasa de empleo de la población de más de 50 años.

También manifiesta su preocupación por la debilidad de la investigación y el desarrollo, el retraso en la integración de los mercados e infraestructuras transeuropeas de energía y transporte, la dificultad de garantizar el futuro de los sistemas de pensiones y el escaso desarrollo de las políticas ambientales.

La patronal (Unice) constata que Europa no ha sido capaz de constituirse en un motor autónomo de crecimiento y deplora la lentitud de las reformas. Los sindicatos (CES) exigen que las reformas se hagan con las debidas garantías sociales, lo que la penuria presupuestaria hace más difícil, y que el Pacto de Estabilidad no sea utilizado para obligar a los Estados a aplicar políticas procíclicas perjudiciales. Por una vez sindicatos y FMI parecen estar de acuerdo.

Ese hubiera debido ser el debate del Consejo de primavera, pero las circunstancias de la guerra y de la desunión europea debieron impedirlo. Europa ha continuado funcionando al ralentí, como paralizada por su crisis política y siguiendo sus sorprendentes costumbres, que permitieron a Berlusconi bloquear un acuerdo sobre la fiscalidad del ahorro -uno más- si no se anulaba la multa impuesta a los agricultores italianos por rebasar las cuotas de producción de leche.

Así la crisis económica se suma a la crisis política europea que la guerra de Irak ha puesto descarnadamente de manifiesto. La esperanza de los padres fundadores de llegar a la integración política desde la integración económica parece hoy haber alcanzado sus límites.

Si la Europa-potencia no ha emergido con 15 Estados miembros, menos lo hará con 25 o 30, sobre todo teniendo en cuenta la particular relación transatlántica de los que se van a incorporar.

Es una lección de la que extraer consecuencias en el momento en que la Convención prosigue sus trabajos para crear unas instituciones capaces de impulsar un proyecto colectivo para Europa en el mundo que nació el 11 de septiembre.