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Opinión

¿Quién construye la nube soberana? ¿Pueden las telecos salvar a Europa?

La UE es consciente de la amenaza latente de un boicot tecnológico como represalia de Trump. Las viejas telefónicas se ofrecen a invertir en la autonomía estratégica digital, pero piden algo a cambio

Un trabajador en un centro de datos de Amazon Web Services en Hermiston (Oregón), el pasado mayo. Noah Berger (REUTERS)

Europa empieza el curso bajo asedio en un mundo que se le ha vuelto muy hostil. Con temor creciente a un ataque ruso en suelo de la UE y de la OTAN (el atentado fallido en Leipzig, se suceden las incursiones en países orientales), con la frontera sur asaltada en Ceuta (la gran crisis de Pedro Sánchez, y no ha tenido pocas), ninguneada por Donald Trump en todos los frentes (lo último: convoca a Rusia al G-20), y con la pesadilla a la vista de que Marine Le Pen sea presidenta de Francia. El frente económico no da tregua: los precios de la energía están disparados por la enquistada crisis de Ormuz; hay muchos nervios en el mercado de bonos (que eso no se contagie a la Bolsa resulta chocante); todo apunta a subidas de tipos del BCE (veremos si también de la Fed, si Warsh se emancipa de Trump). La crisis de Volkswagen es un trauma para Alemania (y para España, que puede perder la histórica marca Seat). Otra señal de debilidad: nadie fue avisado cuando EE UU intervino en el mercado de divisas, vendiendo euros, en defensa del yen. Y Europa sigue atascada en sus tareas pendientes, lo que es insensato: será mucho más difícil avanzar cuando la marea populista conquiste grandes capitales a este lado del Atlántico.

Salvando las distancias, las acciones de Rusia contra Alemania, Rumanía o Estonia y el papel de Marruecos en el asalto a Ceuta encajan en la definición de guerra híbrida: aquellas acciones no puramente militares que tratan de desestabilizar a otros países o bloques. La guerra híbrida puede adoptar muchas formas: sabotajes, ciberataques, presión migratoria, campañas de desinformación y polarización, boicot económico. Es una forma de poner en evidencia la vulnerabilidad del enemigo, de minarle la moral. De medir su capacidad de respuesta también.

Hay una amenaza latente de guerra híbrida que resultaría devastadora, un escenario que no se ve cercano pero nadie descarta del todo, que sería un bloqueo total o parcial de las grandes tecnológicas de EE UU a clientes de la UE. Sería la represalia más extrema de Washington por el trato de la Unión a las Big Tech, a los que Bruselas impone grandes multas, regulaciones y procesos antimonopolio. Imposible, dirá alguno, no se puede llegar a tanto. Pero Trump dio una pista hace unos meses, cuando obligó a Anthropic a impedir el acceso de extranjeros a sus modelos más avanzados, el Fable 5 y Mythos 5, bajo el pretexto de la “seguridad nacional”. Esos modelos de IA son un arma de enorme alcance, porque identifican brechas de seguridad en todo tipo de sistemas por sofisticados que sean. El veto duró poco: se decidió el 13 de junio y se levantó el día 30 del mismo mes. Pero Washington exhibió su poder de bloquear el acceso a tecnología puntera a países terceros.

Y sigue en marcha la exhibición del poder de EE UU para actuar contra ciudadanos europeos de forma fulminante. Lo sufre en sus carnes el juez de la Corte Penal Internacional Nicolas Guillou, sancionado en Estados Unidos por sus investigaciones a Israel por el genocidio en Gaza. “Perdí cualquier posibilidad de tener una tarjeta de crédito, lo que a menudo significa que en la práctica no puedo pagar. Vuelves a la prehistoria”, dijo en este reportaje de Ricardo Sobrino. El caso, que no es el único, ilustra la necesidad de que la UE acelere con el euro digital, para no depender por completo de los sistemas de pagos norteamericanos, Visa y Mastercard en cabeza, que la Casa Blanca puede negar a quien quiera, incluso a los representantes de la justicia internacional.

El veto al acceso europeo a Mythos fue temporal; lo de perseguir al tribunal de La Haya no lo ha sido. Europa ha tomado nota en los dos casos. Y el conflicto de fondo en torno a las tecnológicas, que para Bruselas es cómo limitar su poder omnímodo, sigue abierto. En julio, Trump amenazó con nuevos aranceles a la UE (no es su amenaza más original) por una nueva multa a Google. “La Unión Europea pagará un precio muy alto por esta conducta ilegal y profundamente poco ética, sobre la cual les he advertido reiteradamente”, dijo. No llegaron esos aranceles, como no han llegado tantas cosas que anuncia con fanfarria. Pero el empeño de la Comisión Europea en meter en cintura a los colosos digitales no ha decaído. Y tiene motivos de peso para que sea así: Europa está muy rezagada en la revolución tecnológica, acelerada ahora por la IA. No puede depender por completo de Silicon Valley, que tiende a plegarse a lo que les pida la Casa Blanca. No basta con regular bien. El drama es no tener ningún gigante aquí.

La soberanía digital se ha puesto en primer plano de las preocupaciones comunitarias. Si alguna mañana Trump (o su sucesor, pongamos J. D. Vance) quisiera apelar otra vez a la seguridad nacional para castigar a Europa, ¿podría ordenar a las Big Tech que dejaran de prestar ciertos servicios a todos o una parte de sus clientes europeos? Uno tiende a pensar que no, que eso sería un ataque desproporcionado, demoledor. Pero si eso ocurriera, y estamos viendo pasar cosas que no esperábamos ver, la economía europea colapsaría en el acto, porque casi todas las empresas dependen de un modo o de otro de tecnología que provee EE UU. Desde el software de cualquier ordenador a la IA, pasando por la madre del cordero: la nube. Viviríamos en una distopía, en un imposible regreso al mundo analógico. La única alternativa sería entregarse a la tecnología de China, y no sería nada tranquilizador pasar de depender de Washington a hacerlo de Pekín.

La nube, cloud en inglés, es la red de servidores, discos de almacenamiento y plataformas de seguridad repartidas por centros de datos alrededor del mundo por las cuales funciona internet y donde se guarda la información de ciudadanos, instituciones y empresas. Hace muchos años que la mayoría de las compañías dejaron de mantener servidores propios, lo que era costoso y sobre todo inseguro, para tener prácticamente toda su actividad digital en las maquinarias de, principalmente, las tres empresas que dominan este negocio: Amazon Web Services (AWS), Microsoft Azure y Google Cloud. Nada funcionaría si colapsa la nube o se nos corta el acceso a ella. Se están construyendo centros de datos a ritmo acelerado, en EE UU y en Europa, pero los de aquí siguen trabajando, sobre todo, para empresas de allí.

El tema de portada de Negocios del pasado domingo, de Ramón Muñoz, lo explica muy bien: “Europa no quiere vivir de alquiler en el nuevo orden digital”. El 92% de los datos occidentales se almacena en infraestructuras estadounidenses, según Oliver Wyman. La UE obliga a las plataformas a alojar los datos de los europeos en territorio europeo, pero eso no basta: las empresas de EE UU las controlan, y responderían enseguida a los requerimientos de jueces o autoridades de su país (lo que está previsto en su legislación: en la Cloud Act de 2018). Escribe Muñoz: “La idea que empieza a imponerse en Bruselas es que Europa debe disponer de alternativas propias suficientes para poder elegir, negociar y, llegado el caso, prescindir de un proveedor extranjero en aquellas tecnologías que considere críticas”.

Tener alternativas europeas a Amazon, Microsoft o Google no es fácil, barato ni rápido de conseguir. Llevará muchos años, y eso si nos ponemos ya. Europa tiene pocas empresas tecnológicas y muy pequeñas en comparación con los Siete Magníficos (Apple, Microsoft, Alphabet, Amazon, Nvidia, Meta y Tesla, que van camino de ser 10 con SpaceX, OpenAI y Anthropic). La mayor empresa europea de IA, la francesa Mistral, está valorada en un máximo de 20.000 millones, una ridiculez al lado de los 880.000 millones de dólares estimados para OpenAI. En el terreno de la nube, hay firmas especializadas poco conocidas por el público, como OVHcloud y Scaleway, francesas; Ionos, Hetzner, Stackit y Polarise, alemanas, o la italiana Aruba. Están a años luz de ser consideradas “hiperescaladores”, como se llama a las megaempresas capaces de ejecutar inversiones masivas en capacidad de computación para ofrecer servicios en la nube al resto de la humanidad. Las restricciones que prevé imponer Bruselas a los centros de datos (relacionadas con la soberanía digital, también con el consumo de energía y el impacto ambiental) aspiran a impulsar a los aún modestos operadores de nube europeos en un bum como el que en los últimos años ha tenido la industria de defensa.

Aquí quieren entrar en escena las telecos. Tampoco es que sean magníficas, porque sus valoraciones en Bolsa llevan años deprimidas ante la exigua rentabilidad de su actividad. Pero sí tienen tamaño y capacidades técnicas para afrontar el reto de construir, de la mano de las tecnológicas citadas antes, la nube europea. El sector de las telecos está proponiendo a Bruselas, de manera informal pero insistente, un pacto: si la Comisión favorece la consolidación del sector en Europa (eso implica aliviar las reglas de competencia y permitir que se reduzca de cuatro a tres el número de operadores por país), la industria se comprometería a acelerar en la infraestructura necesaria para la soberanía digital europea. En palabras de Marc Murtra, presidente de Telefónica: “Permítannos ganar escala como parte de un contrato social más amplio y, a cambio, invertiremos en tecnología”.

Deutsche Telekom es la teleco que más se ha puesto las pilas con la nube, a través de su filial T-Systems, con la marca T Cloud Public. Sus responsables prometen alcanzar a final de este año las funcionalidades de sus rivales de EE UU (van por el 80%). “No solo estamos construyendo una nube soberana; estamos construyendo la base digital para una Europa competitiva y libre”, proclamó en febrero el consejero delegado de T-Systems, Ferri Abolhassan. Tan a pecho se ha tomado esa causa que ha designado a una directora de soberanía (Chief Sovereignty Officer), cargo que ocupa Christine Knackfuss. Ella se explica así: “Un mercado 100 % soberano es económicamente difícil para los proveedores de infraestructuras (...). Esto puede cambiar si aumenta la demanda. La actual situación geopolítica está aumentando la demanda y creando una oportunidad”.

El debate sobre la nube soberana se solapa con otro también oportuno, el de la concentración de las telecos en Europa. Es un asunto delicado por el riesgo para la competencia (es decir, para los consumidores). Tiene todo el sentido reducir el elevadísimo número de operadores (38, frente a tres en EE UU o en China) mediante fusiones; a donde debería llevar ese proceso es a un verdadero mercado europeo, hoy fragmentado en las marañas regulatorias de cada país. Las telecos no construirán la nube en solitario, ni habrá una única nube europea. Y ni siquiera una nube 100% europea acabaría del todo con la dependencia tecnológica del continente, muy acusada en el software o en el suministro de chips. No es realista avanzar sin intervención alguna de empresas de EE UU (y sería una señal muy hostil excluirlas como proveedores). T-Systems ha dado entrada a Nvidia a uno de sus proyectos más ambiciosos: el Industrial AI Cloud, una gigafactoría de inteligencia artificial en Múnich.

Deutsche Telekom marca el camino a las viejas telefónicas europeas, monopolios estatales venidos a menos, que han estado entre las perdedoras de la última etapa de la revolución tecnológica porque su negocio tiene márgenes mucho más estrechos que los servicios digitales que ellas mismas hacen posible con sus inversiones en la red. Con o sin fusiones, se abre para las telecos una oportunidad quizás irrepetible de transformar su modelo de negocio y consolidarse en la vanguardia tecnológica. Salvarían la soberanía de Europa y, en cierto modo, se salvarían a sí mismas.

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