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Opinión

El portazo inversor contra la macrofusión complica la vida a Soriot

AstraZeneca cotiza aún por debajo del precio previo a sus contactos con Bristol Myers Squibb

Vacuna contra el covid de Astra Zeneca. DADO RUVIC (Reuters)

Pocos consejeros delegados del sector farmacéutico pueden igualar la trayectoria de Pascal Soriot. El directivo, nacido en Francia, tomó las riendas de AstraZeneca en 2012, cuando el negocio afrontaba una dolorosa pérdida de exclusividad sobre fármacos clave y una cartera débil de futuros medicamentos. Desde entonces repelió una audaz oferta de Pfizer y convirtió la compañía en la farmacéutica europea más valorada. Ahora, el fantasma de otro abismo de patentes y el escepticismo de los inversores hacia las grandes fusiones hacen que este ejecutivo de 67 años tenga que demostrar su valía otra vez.

La caída del 9% que sufrió en Bolsa la acción de AstraZeneca al día siguiente de que Financial Times informara de sus conversaciones con Bristol Myers Squibb fue un rechazo inequívoco del mercado a la posible operación. Una combinación de 325.000 millones de euros con una rival que afronta sus propios problemas resultaba, desde luego, arriesgada. Sin embargo, con el acuerdo aparentemente muerto, el título sigue perdiendo más de un 4% respecto a la víspera de aquella información.

El flojo comportamiento puede reflejar también otras inquietudes. Soriot confía en que el grupo cotizado en Londres alcance unos ingresos de 68.500 millones de euros en 2030 y en que pueda seguir creciendo después. Los analistas consultados por Visible Alpha coinciden en que llegará a ese objetivo, pero anticipan un desplome posterior a medida que sus fármacos superventas pierdan la exclusividad. Se prevé que las ventas caigan en 8.500 millones de euros entre 2031 y 2035. Ese patent cliff, sumado a algunos ensayos clínicos decepcionantes, explica probablemente que el PER previsto de AstraZeneca se desplomara desde más de 20 a comienzos de año hasta apenas 15. La compañía se sitúa ahora por detrás de Novartis y Roche, dos rivales a las que históricamente superó.

Todo apunta, por tanto, a que comprar más fármacos por la vía de las adquisiciones sigue sobre la mesa. Soriot puede pensárselo dos veces antes de lanzar otra megaoperación, salvo que sus accionistas se entusiasmen con la idea. Una alternativa es acometer compras menores en áreas como los anticuerpos conjugados (ADC), una especie de superquimioterapia, o las enfermedades metabólicas, caso de la obesidad y las patologías hepáticas. La buena noticia es que AstraZeneca tiene un balance limpio y munición de sobra: apalancarse hasta, pongamos, tres veces su ebitda le permitiría cerrar operaciones por cerca de 50.000 millones de euros. La mala es que la competencia abunda, porque rivales como Pfizer, GSK y Novo Nordisk también están a la caza de activos con los que rellenar sus carteras de proyectos. Pfizer pagó el año pasado una prima descomunal del 159% por Metsera tras una tensa guerra de pujas con Novo Nordisk. AstraZeneca podría afrontar una batalla parecida si apunta a biotecnológicas digeribles en oncología y enfermedades raras, un terreno en el que sus competidores también se expanden.

Soriot quizá aspire a otra reinvención. Más allá del intento con Bristol Myers Squibb, acumula un historial sólido en compras, como la operación de 33.400 millones de euros por Alexion en 2021. Y bajo su mandato AstraZeneca invirtió con éxito en investigación propia, con resultados como Tagrisso, su medicamento contra el cáncer de pulmón. Pese a sus 14 años al frente, el consejero delegado desactivó las especulaciones sobre una salida próxima. Es una buena noticia, porque recuperar el brillo perdido puede llevarle tiempo a la compañía.

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