Ford-Geely, una buena mala noticia
España debe aprovechar sus incentivos, costes y talento para frenar la sangría industrial y hacer de la necesidad virtud


Un referente del sector del automóvil como Ford presentaba este jueves la alianza de su división europea con el grupo chino Geely. Lo hacía en la planta de la firma en Almussafes, un enclave icónico con un legado de 50 años a sus espaldas, una historia de la que –paradójicamente– carece la pujante enseña asiática. Todo un signo de los tiempos. Ambas firmas se alían para crear una nueva sociedad, en la que Ford será titular de un 66% y el fabricante chino, propietario también de Volvo o Smart, de un 34%. Desde un punto de vista estrictamente laboral e inversor, el acuerdo y los mensajes transmitidos ayer por los gestores de las compañías no pueden ser más esperanzadores y, por tanto, motivo de celebración.
Para empezar, el acuerdo no solo garantiza el futuro de la fábrica, sino que proporciona un horizonte vital a sus trabajadores. No es cuestión menor. La nueva firma tiene el propósito de llegar al “máximo de su capacidad” e incrementar los 4.200 trabajadores que ahora operan en la planta, lejos aún de los 8.000 que llegó a emplear hace una década. Es más, se contempla la fabricación de cinco nuevos modelos y mantener las condiciones laborales de los empleados. Música para los oídos de una plantilla que, solo entre 2020 y 2024, sufrió cuatro expedientes de regulación de empleo (ERE). Por si fuera poco, Geely coloca a España en el frontispicio del mapa inversor de su apuesta europea, en línea con otros proyectos de firmas procedentes del gigante asiático ya anunciados o en marcha, como el de Chery en Barcelona o SAIC Motor en Ferrol.
Dicho esto, la alianza también refleja la debilidad de los grupos automovilísticos tradicionales, que han llegado claramente tarde a la fiesta de China, protagonista de un sorpasso digno de estudio en las escuelas de negocio. Por ejemplo, un grupo emblemático como Volkswagen ha reconocido sin ambages que su modelo de negocio ya no funciona y ha abierto en canal toda su estrategia, con la reducción de su gama de modelos hasta en un 50% y con dolorosos –y masivos– ajustes de personal a la vista. Ford, ante la nueva realidad, parece más decidido a unirse al enemigo tras constatar que ya no puede con él.
España, ponderada durante décadas por los ejecutivos del sector como un entorno atractivo para la automoción por sus incentivos a la industria, los contenidos costes de producción y el talento de sus equipos, debe utilizar esa ventaja competitiva para parar la sangría y, al menos, hacer de la necesidad virtud.