Bien común y suficiencia: Iglesia y progresistas se encuentran en el pensamiento económico
La Doctrina Social de la Iglesia se define por la búsqueda del bien común, un concepto cada vez más usado por los economistas de izquierdas que plantea los límites del modelo de crecimiento infinito del PIB


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Es alta la saturación informativa sobre la visita del papa León XIV pero en el torrente de análisis sobre la carga política, a la izquierda o a la derecha, de los discursos del Pontífice apenas se ha mencionado su posición sobre la economía. El bien común ha sido una constante en sus intervenciones, un concepto convergente con las corrientes económicas progresistas. ¿De qué se trata y cómo se consigue?
Qué hay detrás
El bien común es una idea aristotélica surgida casi cuatro siglos antes del nacimiento de Jesús de Nazaret. Aristóteles defendía que el bien común es más que la suma individual y que la política debe buscar ese interés colectivo para construir un Estado justo. La política debe coordinar a las demás ciencias en busca de ese bien supremo, ya que el ser humano no puede alcanzar ese objetivo de forma individual.
En el siglo XIII, Santo Tomás de Aquino hace suyas las teorías aristotélicas y las fusiona con la teología cristiana. El dominico sitúa el bien colectivo por encima del individual y hace a los gobernantes responsables de legislar para preservar este bien. Uno de los bienes comunes indispensables en el pensamiento tomista es la paz, que es el estado en el que los individuos se pueden realizar, así que los gobernantes la deben garantizar. Para Aristóteles y para Tomás de Aquino, el bien común es un medio para alcanzar la virtud.
Detrás de este concepto de bien común se forjan corrientes de pensamiento económico tanto civiles como religiosas que llegan hasta hoy y de hecho cada vez toman más fuerza. La más reconocida académicamente la fija el Nobel de Economía de 2014, Jean Tirole con su Economía del Bien Común. Tirole toma prestada una pregunta al filósofo John Rawls: “Si aún no hubieras nacido y no sabes qué papel ocuparás en la sociedad, si rico o pobre… ¿En qué tipo de sociedad te gustaría vivir?”. La respuesta lógica es en una sociedad con sanidad y educación públicas, que defendiera la igualdad de oportunidades, lo que en gran medida define el concepto del bien común. Tiroleno está en contra del mercado y lo incorpora como un medio necesario para asignar recursos. El Estado debe organizar el juego, dando incentivos o penalizando determinadas actitudes.
Hace unas semanas la economista Mariana Mazzucato, auténtica musa de la socialdemocracia, publicó un nuevo libro con su propia visión del bien común. Con un título muy similar al de Tirole, en este caso traducido al español como: Bien común: una nueva economía que funcione para todos, la angloitaliana va un paso más allá de la propuesta de Tirole ya que no ve al Estado como árbitro de la organización económica. En libros anteriores, Mazzucato ya había instaurado la figura del Estado emprendedor que debe promover las actividades a priori menos rentables pero más beneficiosas para el conjunto de la sociedad.
La economista rechaza la visión tradicional de que el Estado solo debe actuar para suplir los fallos de mercado. Dice que el bien común debe estar en el centro del propósito, lo que significa que el Estado y las empresas deben colaborar proactivamente para cocrear y dar forma a los mercados con objetivos sociales claros. Incorpora también la idea de misión de sus libros anteriores, uno de los conceptos sobre los que pivota el cristianismo.
Otros dos economistas, quizás menos conocidos por el gran público, han abanderado la economía del bien común en el último siglo. Uno es Christian Felber que tuvo su momento de mayor popularidad al estallar la recesión financiera de 2008 y en que fundó una plataforma internacional para promover el uso de indicadores que midan la economía más allá del PIB y de los beneficios. Una herramienta que bautizó como balance del bien común. Felber se inspiró en Stefano Zamagni, economista cristiano que bebe de la llamada escuela Genovesi, pilar del pensamiento de la Ilustración italiana (siglo XVIII) que construye la llamada Economía Civil y que sirve de base para la Doctrina Social de la Iglesia, esto es, la postura del Vaticano respecto a la organización económica.
Zamagni propone que las empresas no solo busquen la eficiencia, sino la fraternidad, promoviendo cooperativas donde el trabajo tenga un sentido humano. Junto con Luigino Bruni, han sido asesores económicos de hasta tres papas, empezando por Juan Pablo II, lo que les convierte de alguna forma en padres de la actual concepción económica de la Iglesia que tuvo especial importancia en la época de Francisco con la creación de un consejo económico.
Aunque se pueden rastrear muchos detalles sobre la inspiración económica cristiana a la hora de organizar el trabajo, no es hasta el siglo XIX cuando un Papa, León XIII, se ve en la necesidad de plasmar en una encíclica la posición oficial de la Iglesia sobre la explotación laboral que sufrían los obreros en la recién estrenada revolución industrial.
“La doctrina social de la Iglesia surge como respuesta a un modelo económico que estaba machacando a la gente. Nace al mismo tiempo que las otras respuestas como el socialismo, el comunismo, el anarquismo o el sistema Bismarck”, explica Enrique Lluch, profesor de Economía en la Universidad de Cardenal Herrera y escritor de numerosos libros de ética cristiana.
Pese a la connivencia con el poder capitalista, en el papel, la Iglesia lleva más de un siglo separada del rol preeminente del mercado y encíclica tras encíclica condena la acumulación de riqueza en manos de unos pocos. En 1965, Pablo VI define el bien común como el conjunto de condiciones de la vida social que permiten a las personas ser plenas y que la vida política debe orientarse a garantizar el bienestar de toda la sociedad, con especial atención a los más vulnerables.
“Hay quien confunde el bien común y el agregado”, explica Lluch en una idea que resonará en muchos economistas progresistas en estos tiempos de PIB desbocado. “El bien agregado es la suma de bienes individuales, la suma de la renta de los agentes económicos. Pero puede subir el PIB y la renta per cápita de algunos, pero no de todos que se quedan al margen. Eso no es el bien común”, dice Lluch que recuerda que el paradigma actual es la búsqueda incesante de un crecimiento del PIB agregado, con una visión puramente economicista.
“El capitalismo no tiene objetivos adecuados, pero puede tener instrumentos útiles”, dice el economista que no demoniza al mercado ya que al estilo de Tirole, cree que puede ser útil en algunos momentos. Pero la doctrina social rechaza de plano el poder omnisciente que algunos le dan al mercado. “Es un medio, un instrumento válido en algunas ocasiones, pero lo importante es la colaboración público-privada para que cada persona tenga garantizado el acceso al bien común”.
La función social de la empresa es la fricción más áspera que tiene la Iglesia con la gestión de las grandes corporaciones cotizadas en bolsa. Según la doctrina, maximizar los beneficios no es lo importante, sino producir bienes y servicios útiles para la sociedad y hacerlo de forma respetuosa con los trabajadores, dándoles un salario digno, y con el medio ambiente. “Los beneficios pueden ser una condición necesaria para poder cumplir la función social”, explica Lluch. Pero la acumulación de beneficios y el acaparamiento de la riqueza son opuestos a la doctrina católica.
Para este economista, tanto el socialismo de mercado como el capitalismo tienen el mismo objetivo: crecer y crecer, así que no son el modelo cristiano. La Iglesia ve necesaria la intervención pública, pero no la planificación estatal, por lo que tampoco se alinea con un modelo socialista o comunista tradicional porque cree que debe haber un margen para la libertad individual.
Pero esta suerte de tercera vía despierta escepticismo en la izquierda más tradicional. Carlos Sánchez Mato, coordinador económico de Izquierda Unida, cristiano de base y exconcejal de Hacienda en Madrid, ve muchas limitaciones a la filosofía del bien común. “El capitalismo no puede convivir por definición con otros modelos. Es muy celoso. Y busca la optimización del beneficio, así que sobrevive el que usa los mecanismos del sistema. No es posible cambiar el comportamiento sistémico de los agentes económicos. Puedes hacer mejoras en lo micro pero en lo macro no podemos querer que el tigre sea vegetariano”. Con todo, el actual profesor de Economía Aplicada de la Universidad Complutense sí entiende las bondades de las herramientas del bien común que él mismo ha aplicado en organizaciones empresariales en el pasado. “Pero es un parche. No es la solución estructural, el capitalismo debe ser superado desde el punto de vista marxista porque está basado en un crecimiento infinito que genera cada vez más desigualdad y crisis más cercanas en el tiempo por su éxito en la acumulación. Superarlo no es algo que pueda hacer una carta de buenas intenciones que es el bien común. Al final es un maquillaje”, concluye.
Qué va a pasar
Hay un consenso, más allá de las voces progresistas, en las limitaciones del actual modelo que solo mide el crecimiento económico agregado y que está dejando atrás a grupos de perdedores, con una polarización cada vez mayor de las rentas y un sentimiento de frustración de los ciudadanos que no ven posible cumplir sus aspiraciones vitales mientras les dicen que la economía va bien.
Se han puesto en marcha diferentes iniciativas para abordar este desacople entre los números y la vida real de las personas, y en muchas España tiene un papel fundamental o impulsor. Una de ellas, de la que todavía hay pocos detalles, va de la mano de Mazzucato, y tiene su germen en la Conferencia de Sevilla del verano pasado en el que se hizo un diálogo sobre la sostenibilidad de la deuda (y que se trató en el número del 2 de julio de 2025 de este boletín).
Este Consejo Global para la nueva economía hacia el Bien Común anunciado en abril, y que tendrá su primera reunión en julio, tratará de construir una guía para aunar políticas económicas inclusivas y crecimiento que sirvan de hoja de ruta a otros países. Una fuente del Ministerio de Economía dice que España muestra que es posible crecer y reducir la desigualdad, dos elementos a veces reñidos. “Los valores como la justicia, la equidad y la solidaridad tienen un sustrato económico. Nuestra economía atestigua que tiene resultados positivos en términos de eficiencia”, dice la fuente.
Esta iniciativa quiere complementar la actual arquitectura que trabaja en favor de reducir la desigualdad y construir un bien común como una nueva forma de hacer política. Otros grupos de trabajo van en la misma dirección como el grupo liderado por Naciones Unidas Beyond GDP para buscar nuevos indicadores económicos, o el auspiciado por Brasil y Sudáfrica en el G-20 sobre reducción de la desigualdad. Durante 18 meses el Consejo, que copresiden Carlos Cuerpo y Mazzucato, aglutinará de forma horizontal las iniciativas que resuenen en la academia en todos los rincones del mundo con casos prácticos para presentar una suerte de manual en la búsqueda del bien común en el último trimestre de 2027. “Hay varios países en los que se produce esta asintonía entre la percepción ciudadana de la marcha de la economía y lo que está ocurriendo. Abordaremos el reto de la asequibilidad”, dicen desde el Gobierno. La iniciativa irá sumando las conclusiones a las que lleguen los otros grupos de trabajo sectoriales en marcha.
La única española de los cuarenta miembros en la iniciativa del G-20 es Olga Cantó, profesora de Economía de la Universidad de Alcalá de Henares donde se ha fundado un grupo de trabajo sobre desigualdad. Cantó dice que el objetivo es poner en la conversación pública el asunto de la desigualdad y cuales son los niveles aceptables por las sociedades, a la vez que sugerir la adopción de ciertas políticas. El principal problema al que se enfrentan es el uso de indicadores, una vez que el PIB está descartado como reflejo del bienestar de una sociedad en su conjunto. “Todo lo que medimos tiene ventajas e inconvenientes”, dice Cantó.
Lejos de la institucionalidad, uno de los colectivos más activos en proponer soluciones al actual sistema es el World Inequality Lab, que tiene entre sus promotores a Thomas Piketty. La semana pasada lanzaron una ambiciosa (¿y utópica?) hoja de ruta para lograr un mundo más igualitario y sostenible en el año 2100. Bajo el nombre de Global Justice Report, Piketty y otros economistas claves contemporáneos, como Gabriel Zucman, proponen una reorganización económica que tenga en cuenta los límites del planeta y se base en el concepto de suficiencia.
En conversación por correo electrónico, Piketty —junto con otro de los miembros del grupo, Anmol Somanchi— explica los principales puntos de su idea, que va mucho más allá de los impuestos a la riqueza impulsados hasta ahora y que al final serían herramientas para un proyecto holístico sobre la concepción de la economía.
“La pregunta clave que planteamos en el informe es la siguiente: ¿Cómo pueden todos los países del mundo alcanzar los 5.000 euros de renta nacional bruta mensual per cápita para 2100 (una cifra ligeramente superior al nivel actual en países como Estados Unidos) y, al mismo tiempo, preservar la habitabilidad del planeta y mantener el aumento de la temperatura por debajo de los 2 grados?”, resumen los autores. Y se responden: “Es posible bajo condiciones muy estrictas. En primer lugar, todos los países deben recurrir a fuentes de energía bajas en carbono, impulsadas por inversiones climáticas masivas financiadas por un Fondo de Justicia Global. A continuación, esta vía de desarrollo requiere una gran reducción de las horas de trabajo (para limitar el crecimiento total y la huella material, especialmente en el Norte) y un cambio importante de los sectores materiales a los inmateriales (con un 43 % de las horas de trabajo dedicadas a la educación, la salud y los servicios públicos en todos los países para 2100), así como en los hábitos alimentarios (para permitir un retorno gradual de la cobertura forestal al nivel de 1900)”.
Y lo hacen pivotando alrededor del término “suficiencia”. Otro concepto muy relevante en la economía moderna y en la doctrina social de la Iglesia. En lugar de la carrera hacia el más para algunos, el objetivo es conseguir lo suficiente para todos.
Le insisto a Piketty en que desarrolle mejor el concepto suficiencia desde su punto de vista. Y dice que se basa en tres ejes:
- Utilizar las ganancias de productividad para reducir las horas de trabajo (de 2.100 horas al año a unas 1000 horas para el año 2100) con el fin de reducir la huella de carbono y material, al tiempo que se aumenta el tiempo de ocio, en particular en los países ricos.
- Desplazar la producción y el consumo de sectores intensivos en carbono y materiales, como la industria manufacturera, hacia sectores inmateriales como la salud, la educación, el ocio, la cultura y otros servicios.
- Un cambio en los hábitos alimenticios, en particular una reducción significativa del consumo de carne roja en Europa y Norteamérica, con el fin de permitir la reducción de las tierras de pastoreo y el aumento de la cobertura forestal.
Según los promotores de esta iniciativa tan disruptiva, el fin último es garantizar que todos los países del mundo tengan los mismos ingresos (absolutos) y niveles de vida. Para ello, los países más pobres deben crecer mucho más rápido y alcanzar a los países ricos; “es decir, los objetivos de suficiencia tienen un impacto más fuerte y mucho más inmediato en los países ricos que en los países más pobres”. Los impuestos a la riqueza nutrirían el Fondo Global que se destinaría al cambio de la estructura económica.
Lluch también explica el concepto suficiencia en la doctrina social de la Iglesia, que aparece de forma recurrente desde que en 1891 León XIII pidió salarios suficientes para los obreros. “La oración cristiana por excelencia, el Padrenuestro, dice danos hoy nuestro pan de cada día. No dice, danos cada día más panes. Eso es la suficiencia”. “El objetivo es tener una sociedad en la que el que menos tenga, tenga lo suficiente. Esa debe ser la medida”, dice Lluch. Lo suficiente debe garantizar que toda la sociedad se pueda desarrollar, pero este modelo que tenemos está agotado, no se puede crecer de forma ilimitada. Lluch dice que las encíclicas de anteriores papas como Laudato Sí o Caritas in Veritate ya hablan de los límites de la explotación de la tierra. Una cosa es cultivar el campo y otra hacer macrogranjas o deforestar el planeta. “Menos es más”, sintetizó Francisco.
Ante tantos elementos comunes en las diferentes corrientes de pensamiento, le pregunto a Piketty si su propuesta se basa también en el ideal de construir un bien común. Duda y se ciñe a lo definido en su manifiesto: “Una sociedad justa es aquella que permite a todos sus miembros tener acceso a la gama más amplia posible de bienes fundamentales. Los bienes fundamentales incluyen la educación, la salud, la vivienda, la alimentación, la cultura, un planeta sostenible y con biodiversidad, y la voz económica y política, es decir, la participación efectiva en la deliberación y la toma de decisiones democráticas en la vida social, cultural, económica, cívica y política...Una sociedad justa organiza las relaciones socioeconómicas, los derechos de propiedad y la distribución de los ingresos y la riqueza de tal manera que permite a sus miembros menos favorecidos disfrutar de las mejores condiciones de vida posibles y participar de manera efectiva en todos los aspectos de la vida social... una sociedad justa y un mundo justo dependen del empoderamiento de todos los estratos de la sociedad, comenzando por sus miembros más desfavorecidos e impotentes, tanto a nivel global como nacional”.
El dato
En 2017, el 1% más rico de la población poseía el 24% de la riqueza en España. En 2023 subió hasta el 30%, según los datos recogidos en este informe del Instituto de Estudios Fiscales.
El concepto: Teología de la prosperidad
Es una corriente promulgada por el neopentecostalismo, una escisión del cristianismo con mucha fuerza en EEUU, que asegura que Dios quiere que sus fieles sean ricos y tengan éxito. Nace también de la idea de que nos salvamos por nuestro esfuerzo, lo que la Iglesia católica considera una herejía. Pero explica bien porqué se ha extendido la idea de que Evangelio y poder económico van de la mano en el país que representa el capitalismo por excelencia. Si eres pobre te lo mereces.
La frase
“Asistimos alarmados a una concentración de poder inédita en la historia humana, donde un puñado de corporaciones y tecno—oligarcas monopolizan el desarrollo de la inteligencia artificial. No buscan el bien común, sino la sumisión del espíritu humano a la dictadura del algoritmo. Cuando el conocimiento, los datos y las herramientas que definen el futuro del trabajo quedan en manos de unos pocos soberanos digitales, la soberanía de las naciones se diluye y la masa trabajadora es reducida a mera carne de cañón estadística", León XIV, en su encíclica Magnifica Humanitas.
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