El BCE vuelve a tropezar con la misma piedra 15 años después
El banco repite sus errores de 2008 y 2011, cuando subió los tipos en plena crisis y prolongó la recesión del sur de Europa


Tal y como se esperaba, el Banco Central Europeo decidió ayer subir los tipos de interés. Elevó el tipo de depósito 25 puntos básicos, hasta el 2,25%, argumentando que la inflación en la eurozona –que repuntó hasta el 3,2% en mayo, más de un punto por encima del objetivo del 2%– justifica un nuevo apretón monetario. Los mercados lo descontaban casi al 100%. Los economistas lo esperaban. Y aun así, la decisión, en mi opinión, no parece apuntar a que vaya a ser un acierto. No porque la inflación no exista. Está claramente presente, pero su naturaleza importa tanto como su magnitud.
El repunte actual de los precios en Europa responde, en buena medida, al encarecimiento del petróleo derivado del conflicto en Oriente Próximo, no a un exceso de demanda interna que justifique enfriar la economía a golpe de tipos. Subir el precio del dinero cuando la energía se dispara por razones geopolíticas parece asemejarse a recetar antibióticos para una fractura. No ataca la causa del problema y puede dañar al paciente.
La situación macroeconómica de la UE no es nada boyante. Recordemos que la Comisión Europea ha rebajado ya la previsión de crecimiento de la eurozona al 0,9% para 2026, frente al 1,2% estimado anteriormente. Alemania sigue sin terminar de salir de su estancamiento. Italia lleva años bordeando la recesión. Francia acumula déficits públicos persistentes y tensión política. En este contexto, encarecer el crédito y la deuda soberana no es una señal de firmeza. Puede ser una señal de cierta desconexión con la realidad económica, a pesar de los magníficos datos económicos que maneja el BCE.
Europa ya vivió este error dos veces en los últimos 20 años. En julio de 2008, con Lehman Brothers a punto de colapsar y la crisis financiera global gestándose en silencio, el BCE decidió subir los tipos. El resultado, junto a otros factores, fue una recesión más profunda de lo necesario. Tres años después, en 2011, el entonces presidente Jean-Claude Trichet repitió la jugada con dos subidas consecutivas en plena crisis de la deuda soberana. El llamado trichetazo disparó las primas de riesgo de Grecia, Portugal, Irlanda, España e Italia y llevó al euro al borde del colapso, y alargó años el sufrimiento de las economías del sur de Europa. Fue Mario Draghi quien tuvo que apagar aquel incendio: “El BCE está preparado para hacer lo que sea necesario”. Ahora, en un contexto muy distinto, la decisión de esta semana puede pesar sobre la economía europea.
El problema de fondo, sin embargo, no es coyuntural ni recae en el ámbito monetario. La economía europea arrastra debilidades estructurales que ninguna estrategia de política monetaria puede resolver, pero que sí pueden agravarse con una decisión desatinada. La más preocupante, y la que ha debido pesar poco en esta ocasión en los despachos de Fráncfort, es la brecha de productividad. Europa está perdiendo la carrera de la inteligencia artificial. No por falta de talento –las universidades europeas siguen siendo excelentes– sino por falta de escala e inversión.
Según los datos más recientes, la productividad en Estados Unidos crecerá gracias a la IA aproximadamente el doble que en Europa en los próximos años. Un punto porcentual anual frente a apenas la mitad en el Viejo Continente. En cinco años, Europa ha captado 21.000 millones de euros en inversión en inteligencia artificial. Es una cifra que parece grande hasta que se compara con los cientos de miles de millones que fluyen hacia Silicon Valley y, cada vez más, hacia los gigantes tecnológicos chinos.
La trampa regulatoria
Estados Unidos y China han cerrado ya la brecha entre sus modelos de IA. Los sistemas del país asiático son comparables a los estadounidenses en tareas científicas avanzadas, razonamiento multimodal y matemáticas de alto nivel. Europa, mientras tanto, avanza en regulación. El Reglamento de Inteligencia Artificial europeo –un instrumento necesario, sin duda– llega antes que los campeones europeos de la IA. Se regula lo que todavía no existe con suficiente fuerza propia.
En este contexto de debilidad estructural y fragilidad cíclica, subir los tipos de interés tiene un coste adicional. Encarece la financiación de las empresas que más necesitan invertir en digitalización, en automatización, en la adopción de tecnologías que permitan a Europa no quedar definitivamente descolgada. Se trata de las pymes europeas, que representan más del 99% del tejido empresarial y generan más de dos de cada tres empleos, que son especialmente vulnerables al encarecimiento del crédito. No son empresas que coticen en Bolsa y puedan financiarse emitiendo deuda a largo plazo. Dependen de las entidades financieras. Y estas dependen de los tipos del BCE.
La política monetaria tiene límites bien conocidos. No puede resolver problemas de oferta, no puede construir semiconductores, no puede atraer ingenieros de IA. Pero sí puede dificultar –o facilitar– el proceso de inversión y transformación que Europa necesita con urgencia. La decisión de ayer, en ese sentido, no es neutral. Cierto es que el mandato del BCE es la estabilidad de precios. Sin embargo, no deberían ignorarse las condiciones económicas generales.
La inflación que preocupa es real, pero transitoria en su origen. Los problemas del crecimiento europeo, en cambio, vienen de muy lejos. La historia de los errores de 2008 y 2011 debería pesar en la sala de reuniones de Fráncfort. Al parecer, no ha pesado suficiente en esta ocasión. Solo el tiempo dirá si el BCE ha acertado o no.