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La tribuna de los fondos
Opinión

El arte de invertir en tiempos de guerra

Hasta ahora, la historia ha premiado mucho más a quienes permanecieron invertidos que a quienes intentaron adivinar el futuro

Ciudadanos iraníes caminaban frente a una gran valla publicitaria con imágenes del difunto ayatolá Ali Jamenei y del fallecido presidente Ebrahim Raisi, en la plaza Enghelab de Teherán, este jueves.ABEDIN TAHERKENAREH (EFE)

Hace más de 2.000 años, Sun Tzu escribió en El arte de la guerra que “en medio del caos, también hay oportunidad”. Los mercados actuales parecen haber convertido esa máxima en doctrina. La fragmentación geopolítica y la carrera tecnológica han transformado la incertidumbre en un factor estructural de la economía global.

Desde finales del mes de febrero convivimos con una nueva guerra en el mundo. La operación Furia, liderada por Estados Unidos, prometía ser rápida y efectiva. “No más de cuatro semanas”, en palabras del presidente Trump. Casi dos meses después, y a pesar de varios intentos de negociar la paz, la guerra no ha terminado y sus consecuencias empiezan a notarse. El estrecho de Ormuz permanece cerrado, estrangulando la oferta mundial de petróleo. El mundo quema diariamente 100 millones de barriles y por el estrecho pasa el 20% del crudo del mundo, el 20% del gas y el 33% de los fertilizantes. No es un asunto menor.

Esta escasez ha provocado que el precio del petróleo haya subido un 75% desde los mínimos del año, para instalarse por encima de los 100 dólares por barril. Tampoco es un precio excesivo si lo comparamos con épocas no muy lejanas, pero sus efectos ya se hacen notar. En poco más de dos meses, el impacto en la inflación ha sido muy notable, lo que ha cambiado de cuajo los planes de los bancos centrales y ha hecho trizas los sueños del mercado de tipos aún más bajos. El mercado descuenta hoy hasta tres subidas de tipos por parte del Banco Central Europeo y ha virado desde dos bajadas de tipos por parte de la Reserva Federal a ninguna o incluso una subida hacia finales de 2026.

Este cambio tan brusco de expectativas está provocando una –otra más– escabechina en los mercados de bonos, donde el efecto duración vuelve a ocasionar pesadillas a los inversores. Como dato, hemos visto por primera vez desde 2007 al Tesoro estadounidense emitiendo bonos a 30 años al 5%, el nivel más alto en casi dos décadas.

Sun Tzu hablaba de oportunidad en medio del caos y, mientras la guerra continúa y el escenario de Goldilocks (Ricitos de oro: la economía crece lo suficiente para evitar la recesión, pero lo bastante lento como para mantener la inflación bajo control) se desvanece, Wall Street, desafiando toda lógica, vuelve a marcar máximos históricos. Solemos decir que el mercado tiene la manía de hacer lo que más duele y, después de un mal mes de marzo, donde las bolsas llegaron a caer más del 10%, hemos vivido un mes de abril absolutamente espectacular –uno de los mejores de los últimos años– y mayo sigue exhibiendo cierta calma.

El mercado ha desarrollado, incluso, su propio humor cínico. El año pasado, los operadores de Wall Street acuñaron el ya célebre TACO (Trump Always Chickens Out), para reflejar la idea de que Donald Trump siempre termina moderando sus amenazas comerciales o arancelarias cuando los mercados reaccionan mal. En las últimas semanas ha empezado a abrirse paso otro acrónimo igual de revelador: NACHO (Not A Chance Hormuz Opens, que se traduce como “no hay ninguna posibilidad de que Ormuz se reabra”), una forma casi burlona de asumir un creciente escepticismo respecto a que la reapertura del estrecho vaya a producirse pronto. De hecho, el mercado ya no espera que sea antes del mes de julio. NACHO es el reconocimiento de que un petróleo más alto ya no es un shock temporal con el que operar, sino el entorno actual del mercado.

¿Por qué, entonces, están los mercados en máximos históricos?

Por una vez, la explicación está menos en la geopolítica y más en los beneficios empresariales. La revolución de la inteligencia artificial ha impulsado las expectativas de productividad y ha permitido a las grandes tecnológicas presentar algunos de los resultados más robustos de los últimos cinco años. De hecho, estamos viviendo uno de los trimestres con mayor tasa de batida respecto a las expectativas de los analistas tanto en ventas como en beneficios y, aunque parezca paradójico, aun en medio de la guerra, las expectativas de crecimiento de los beneficios empresariales no han dejado de revisarse al alza.

Podríamos pensar que esto solo sucede en el caso de las compañías con mayor exposición al ecosistema de la inteligencia artificial, pero no es así. Las expectativas de crecimiento de beneficios para 2026 y 2027 se han revisado al alza en todas las regiones y, prácticamente, en todos los sectores, lo que da idea de la robustez de las corporaciones.

Inteligencia artificial

Dicho esto, los grandes números se siguen moviendo alrededor de la inteligencia artificial. Estamos en plena contienda entre OpenAI y Anthropic, dos empresas que lideran los avances en este campo y que preparan ya su debut en el parqué. Serán, junto a SpaceX, la empresa aeroespacial creada por Elon Musk, las salidas a Bolsa más grandes de la historia, con un valor individual estimado de unos 700.000 millones de dólares en el caso de OpenAI, alrededor de 900.000 millones para Anthropic y superior a 1,5 billones para SpaceX. Mareante.

Por ponerlo en perspectiva, una compañía como Microsoft, con 51 años de historia, vale hoy en Bolsa algo más de 3 billones de dólares. Tardó 44 años en entrar en el “club del trillion”.

Puede que Sun Tzu tuviera razón. En medio del caos también hay oportunidad. Marco Aurelio escribió en sus Meditaciones que “el impedimento para la acción hace avanzar la acción. Lo que se interpone en el camino se convierte en el camino”. Quizá esa sea la mejor definición posible del comportamiento actual de los mercados. La guerra, la inflación y la fragmentación geopolítica han dejado de ser anomalías temporales para convertirse en parte del nuevo escenario económico. Y, aun así, la innovación, la inteligencia artificial y la capacidad de adaptación empresarial siguen empujando los beneficios y las bolsas hacia adelante.

Quizá por eso Wall Street sigue marcando máximos históricos mientras el petróleo supera los 100 dólares y los bancos centrales vuelven a endurecer su discurso. Porque los mercados han entendido algo que los inversores olvidan con frecuencia: el ruido cambia constantemente, pero el progreso económico y tecnológico suele avanzar en una sola dirección. Y, hasta ahora, la historia ha premiado mucho más a quienes permanecieron invertidos que a quienes intentaron adivinar el próximo titular de guerra.

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