La vida cañón y la prioridad nacional; enfrentar con la vivienda y la bandera
La confrontación generacional y por nacimiento, nuevos argumentos para recortar el Estado de Bienestar

Los partidos políticos se vuelcan en la construcción de narrativas que les diferencien, que les distingan dentro de la manada. Esto les está llevando a obsesionarse en la búsqueda de las distancias entre la liebre y el conejo, la mula y el caballo; entre animales de la misma especie. La división tradicional entre izquierda y derecha hace tiempo que se quedó corta y hay que buscar nuevas maneras trasversales de segregar la sociedad en camadas diferentes a las que dispensar el nutriente adecuado. Es aquí donde juegan dos conceptos, aparentemente desconectados, que han hecho fortuna en los últimos meses y cuya principal virtud es su capacidad de enfrentar: la vida cañón y la prioridad nacional.
La vida cañón es el título de una canción de Alcalá Norte y de un libro de Analía Plaza. La vida cañón: la historia de España a través de los boomers. “Puro en el tendido y mi chica con mantón, la vida cañón. Jóvenes pobres, tardes de ricos”, canta el grupo madrileño. El libro se puede resumir en que la generación del baby boom tiene (tenemos) la culpa de las carencias de los jóvenes y por eso podrían gritar “que se mueran los viejos”. Esa es la conclusión que sacaron la madre de la autora y Sergio del Molino en su nada apologética reseña. Con más pretensión y similar resonancia resulta el libro de Estefanía Molina: Los hijos de los ‘boomers’: de la muerte de la clase media al auge de una generación antisistema. Molina dio una entrevista a El País donde ofrece el elixir de su trabajo: “Este sistema está hecho para los boomers, y está agotado”.
El destilado de ambos libros es que los boomers viven mejor y lo han tenido más fácil que las generaciones siguientes, que sus propios hijos. Los primeros han podido disfrutar de unos salarios suficientes para tener una vida razonable, comprar una vivienda y ahora gozan, o están a punto de hacerlo, de buenas jubilaciones, tanto que la pensión media (la del boomer) supera al salario medio (del milenial). En cambio con los jóvenes se ha roto la dinámica de que el esfuerzo garantiza el progreso, por eso tienen complicadísimo acceder a una vivienda y ven sus pensiones en el aire.
Plaza y Molina aseguran que no quieren culpar a los boomers de que esto sea así, lo que es tanto como decir que el río no pretende llegar al mar. Es inevitable que explicaciones de la realidad construidas sobre diferencias entre las cohortes de edad terminen por fomentar el enfrentamiento generacional. No es de extrañar que los nacidos en las dos últimas décadas del franquismo (1955-1975) se revuelvan cuando leen estos análisis que, seguramente sin pretenderlo, les convierten en vampiros de su descendencia, en Saturno devorando a su hijo. Es como sentenciar que los mileniales van a joder la vida a la generación Z con el invento de la IA.
Este tipo de simplificaciones, donde hay realidades enormemente diferentes entre los millones de boomers, son ideales para que las coja un partido político y las convierta en axioma. Es la especialidad de personajes que han llegado a presidir sus países. No hay más que ver a los inquilinos de la Casa Blanca (Donald Trump) y de la Casa Rosada (Javier Milei). Para estos, y atentos a Vox, la confrontación generacional se soluciona desmontando el Estado del bienestar, algo que no pretenden Plaza y Molina, que es el culpable de que los boomers vivan la vida padre y los mileniales el infierno. Y cómo se desmonta, minimizando el papel del Estado y dando rienda suelta al individualismo. ¡Qué es eso de que se den ayudas públicas a la adquisición o alquiler de vivienda, qué sentido tienen las pensiones públicas! Si cada uno, con su trabajo, se procura su techo y su pensión, se podrán bajar los impuestos al mínimo, que está mejor el dinero en mi bolsillo que en el del Estado. Viva el individualismo ultraliberal.
Si al retrato de la vida cañón le añades el eslógan de la prioridad nacional, ya tienes el combo perfecto para la extrema derecha. Lo peor es que la confrontación entre extranjeros y españoles, construida bajo la falsa premisa de que son los culpables del deterioro de los servicios públicos y que se llevan las ayudas del Estado, está calando ya hasta en el centro-izquierda. Según una encuesta realizada esta semana por Metroscopia, el 60% de los españoles piensa que las ayudas públicas deberían concederse dando prioridad al nacido en España. No sorprende que ese sea el pensamiento del 94% de los que dicen votar a Vox y del 79% del PP; pero sí que lo defiendan el 44% de los del PSOE. Por tanto, la xenofobia está empezando a calar hasta en la izquierda.
Cuando se añade en qué medida los impuestos se destinan a beneficiar a los inmigrantes, un 64% piensa que sí y un 30% que no. En cambio, el 59% no cree que vayan a los que tienen menos recursos, cuando en ese colectivo están los inmigrantes. La respuesta tiene un enorme sesgo político, con los soportes de Vox (86%) y PP (79%) encabezando al colectivo que piensa que los inmigrantes se benefician de la fiscalidad, pero sorpresa, también lo cree el 53% de los del PSOE. En cambio, cuando se pregunta si los impuestos que paga van a los jóvenes, el 69% piensa que no, con consenso entre los votantes de diferentes partidos, grupos de edad o nivel de vida.
Si se analiza el plan de ayudas vigente de la Comunidad de Madrid, se ve que el programa de compra Mi Primera Vivienda va dirigido a menores de 40 años, que el plan de ayudas al alquiler prioriza a jóvenes menores de 35 años. Si atendemos a los requisitos de nacionalidad, desde luego no hay ninguna ventaja para los extranjeros; en todo caso sería al revés, ya que para poder acceder a estos planes se exige determinados años de residencia legal en la Comunidad de Madrid. El plan de vivienda del Gobierno que terminó el año pasado también tenía un catálogo de ayudas para jóvenes y el que acaba de presentar (2026-2030) incide en lo mismo.
Por tanto, es evidente que las ayudas públicas para compra y alquiler de vivienda actuales discriminan en favor de los jóvenes y no distinguen por lugar de nacimiento, justo lo contrario de la percepción que transmiten las encuestas y los lamentos de los mileniales, que sin duda están siendo hábilmente utilizados por los partidos más conservadores, encantados de utilizar la vivienda y la bandera. Es lo que tiene manejarse con eslóganes.