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Análisis
Opinión

Racismo: goce perverso y catarsis colectiva

Como mostró Jacques Lacan, no hace falta una ideología específica para que el odio a otra raza se constituya

Bad Bunny en su concierto de la Super Bowl.ZUMA vía Europa Press (ZUMA vía Europa Press)

Cómo explicar que un bachiller negro que llega a la Sorbona para hacer la carrera de Filosofía, ante cualquier organización conflictiva en sus alrededores, se ponga en guardia?”. Esta indagación del psiquíatra y activista Frantz Fannon en Piel Negra. Máscaras Blancas (1952) continúa tan actual como en su época de lucha para lograr la descolonización europea. No es necesario que una persona negra tenga un trauma reprimido en su infancia por haber sido testigo del linchamiento y humillación de su padre por hombres blancos. Lo que prima en su psique es la instauración de una conciencia de esclavo que fue anidada en lo más profundo de la colectividad y que persiste a pesar del supuesto proceso de identificación integral con el amo. Históricamente, el negro ha sido educado en el mito de que debería ser como un pequeño amo blanco. Si se queda en su país de origen deberá cumplir por todos los medios con esa demanda, pero si migra a la metrópoli su deseo pronto quedará transformado en una anormalidad. Tanto si entra en Europa como si lo hace en Estados Unidos, tendrá que repensar su destino porque en cualquiera se sentirá diferente a los demás: la verdad simbólica es que nada más llegar se le moldea como inferior; en realidad, desde que la primera mirada blanca le hace percatarse del peso de su melanina. Enseguida siente como su subjetividad pasa a ser expropiada para convertirla en un objeto fobógeno (fobia: neurosis caracterizada por el asco y temor ansioso ante una situación u objeto exterior al individuo) y de ese modo se amplifica sobre su piel una economía libidinal de odio sistemático contra su goce. La fobia al negro se estructura como un miedo ante lo biológico (odio a su cuerpo), puesto que encarna el arquetipo de la bestia desnuda, del mono antropoide, de una figura mitológica que afecta al alma humana en un territorio perverso donde la excitación sexual está unida con la agresividad por una necesidad fálica de potencia, la cual deriva a su vez de una irracional nostalgia del blanco hacia una falsa época en la que las violaciones no eran castigadas y los incestos quedaban sin reprimir. Todos estos fantasmas son proyectados sobre el negro como si este pudiera disfrutar de intolerables pulsiones instintivas, legitimándose la urgencia de someterlo.

El error principal del tratamiento institucional del racismo ha sido creer que bastaba con desmentir bulos, lanzar campañas informativas sobre los beneficios económicos de la migración, demostrar científicamente la inexistencia de factores genéticos o etológicos utilizados para segregar y, por último, inculcar un sentido social de culpa y responsabilidad ante la ley para corregir conductas desviadas. Todo ello es necesario, pero insuficiente. Como mostró Jacques Lacan, no hace falta una ideología específica para que el racismo se constituya. De ahí que sujetos de derechas o de izquierdas, en determinados contextos, repitan patrones racistas a pesar de negar su presencia en la cotidianidad. Lo decisivo, cuando se desoculta su modo de ser en el mundo, no es que el racista “piense mal” o “se equivoque” con el Otro al que juzga, sino que odia un modo de goce que atribuye a ese Otro por su forma de hablar, vivir, disfrutar, “aprovecharse”, ocupar espacio, “robar” trabajo o “invadir” costumbres; de ahí el impulso a expulsarlo, anularlo o borrarlo. No es solo envidia (arrebatarle lo que supuestamente tiene el Otro para colmar una falta propia), sino un rechazo emocional colectivizado ante los excesos con los que el migrante racializado se concede satisfacción. El racismo tampoco responde exclusivamente a un resentimiento socioeconómico, aunque pueda enhebrarse a él. Al tener un núcleo libidinal (energía instintiva que impulsa el deseo), siempre se odia algo tangible, nunca abstracto. Este odio va cosido a una escena fantasmática del inconsciente colectivo donde se sueña de mil formas la extirpación de la lengua, la comida, la música, los ritos, la hipersexualidad, el olor, el aspecto y la presencia misma del objeto fóbico.

En este punto, la escena fantasmática adquiere hoy una traducción institucional en la ofensiva del gobierno de Estados Unidos contra las políticas DEI (Diversidad, Equidad e Inclusión). No se trata de un mero cambio de clima cultural, sino de los mecanismos formales del gobernar: órdenes ejecutivas que instan a las agencias federales a identificar grandes corporaciones y entidades que aplicarían programas discriminatorios a favor de minorías, abriendo investigaciones y condicionando la financiación pública a certificaciones antiDEI. En clave lacaniana, el Estado deja de desmentir el racismo para histericizar el lazo social y redirigirlo contra el goce atribuido al Otro mediante planes de ilegalización. Un viraje visible en la movilización de la EEOC (la agencia federal antidiscriminación) contra empresas icónicas, como Nike, por supuesta “discriminación inversa” contra blancos, forzando judicialmente la entrega masiva de datos internos (criterios de contratación y despido, uso de variables raciales, mentoring, desarrollo de liderazgo). En paralelo, entre junio de 2025 y febrero de 2026, la administración de Trump ha restaurado nombres de bases militares que la etapa previa había renombrado para eliminar referencias a generales confederados (Fort Hood, Fort Gordon, Fort Polk, Fort A.P. Hill, Fort Pickett, Fort Rucker, Fort Robert E. Lee), con el propósito de reinscribir el relato sobre la Guerra Civil y el consenso cultural en torno a la abolición.

¿Qué efectos liberan estas iniciativas? Se podría elucidar que el motivo de fondo es la canalización del deseo de agresión y uso de la violencia de una parte de los adultos norteamericanos contra la estructura política y socioeconómica que consienten y que les pervierte, desviando su libido acumulada hacia el chivo expiatorio seleccionado, y operándolo bajo la dinámica de la catarsis colectiva.

Este proceso designa los canales, plataformas y actividades que representan y facilitan una puerta de salida a las energías acumuladas baja la forma de agresividad dentro de una sociedad. Los espectáculos de World Wrestling Entertainment (la lucha libre que enamora a Trump), los tiroteos y persecuciones que protagoniza el ICE, la reclusión en los centros de internamiento (o de concentración) de los migrantes detenidos o los ataques a Irán, están sirviendo para enmascarar la mala conciencia nacional. Por consiguiente, el castigo histórico que se merecerían por sus injusticias hacia el negro y el genocidio indio es aliviado negando la responsabilidad del mal, devolviendo la culpa a las víctimas y probando que al golpear primero actúan en legítima defensa. Igualmente, esta catarsis desempeña una tarea compensatoria en la otra dirección, para que la comunidad oprimida pueda hacer su particular descarga por la deshumanización y la epidermización de la inferioridad, por ejemplo, a través de las manifestaciones ciudadanas de Minneapolis o recibiendo con emoción el espectáculo político de Bad Bunny en la Super Bowl. Todo sucede para que nada cambie, dado que esta catarsis libera tensiones, sí, pero no transforma el régimen del supuesto saber que las produjo, dejando intacta la economía del odio que el racismo necesita para reproducirse. En consecuencia, el negro sigue actuando bajo la forma del blanco para que el Otro pueda valorizarlo.

¿Qué está en juego? La normalización de un proceso de derelicción o desposesión psíquica y material por el cual el sujeto cosificado como negro o migrante queda fuera del orden del ser que otorga reconocimiento. La derelicción es un caso límite de desamparo: el sujeto no encuentra lugar en el registro simbólico compartido para ser quien dice ser. De nuevo, se le empuja a identificarse con el yo ideal del amo. Un imposible. “Cómo explicar que un bachiller negro que llega a la Sorbona se ponga en guardia?”; quizás porque el dispositivo social le advierte una y otra vez que su goce no tiene un lugar. Solo cuando lo tenga, la catarsis dejará de pedir un castigo para alguien y comenzará a imaginarse una igualdad a salvo de ser degradada por el miedo a la diferencia.

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