¿Soy el que digo que soy? La nueva derecha trófica
Es un recableado del ecosistema político en el que el populismo y el conservadurismo canónico se han recolocado

Los términos conservadurismo y progresismo, al igual que “la derecha” y “la izquierda”, no poseen en sí mismos una esencia de carácter naturalista. Son únicamente significantes que han ido acumulando históricamente efectos de significación sobre la organización de las sociedades, aportando un modo de interpretar la realidad política y económica basado no en una ética fenomenológica sino en códigos simbólicos y lingüísticos que dan prioridad a las apariencias (como los rasgos de identificación racial o los estatus individual y colectivo alcanzados), los rituales (como la bandera) y, en especial, al discurso (el relato mítico).
Con cada uno de estos ismos se dio lugar a una tradición, es decir, a un ciclo de repetición de creencias, teorías, valores y costumbres sostenidas por la fantasía psicológica de que esto es lo que hay que hacer, condicionando el destino material de generaciones. Para descifrar los entresijos de la nueva derecha de EE UU, que conquista tanto como escandaliza a las masas dentro y fuera de su país, hay que discernir las cualidades que comparten las diferentes facciones que la integran y observar cómo emerge una tradición inventada: un deseo de amor por un ilusorio pasado (el ideal del Yo soñado en el que sus seguidores les gustaría verse reflejados), a la vez que ese tiempo pretérito queda manipulado para extraer ventajas sobre el tan odiado presente, por tanto, sobre las circunstancias materiales y anímicas que producen el advenimiento del auténtico Yo, pues para cualquier persona resulta desilusionante el tener que asimilar que en esta vida nunca será una mujer o un hombre de éxito o gran fortuna, ni tan siquiera no ser loco o pobre.
Todos recordamos momentos en el colegio durante nuestra infancia donde aparecían fenómenos antisociales reflejados en un “contigo no juego” o “mira a ese, con ese no juega nadie”. Esta fraseología venía a representar la formación de grupitos de infantes o pandillas que estaban cohesionadas para diferenciarse de los demás o, más bien, para vetar a otros y que no pudieran participar de algo valioso para ellos. A veces uno tenía la buena o mala suerte de formar parte del grupo dominante en el recreo (a cambio de sacrificar la voluntad), mientras que en otras ocasiones eras el marginado.
El principal rasgo histórico del autoritarismo colectivizado en su máximo y en su mínimo de potencia ha sido siempre el principio de exclusión o segregación con el objetivo de ejercer el dominio y control sobre los demás, mientras que, en dirección inversa, lo que amenaza la hegemonía de una pandilla tiene que ver con los impulsos prosociales orientados a la diversidad, inclusión e igualdad. Theodor Adorno en su estudio sobre la propaganda fascista (1946) advirtió que la escuela es “un microcosmos que refleja la problemática de toda la sociedad”. No es casualidad que la educación y la construcción de una identidad nacional se hallen en el núcleo programático de los movimientos ultraderechistas de EE. UU.
La investigadora Laura K. Field, en su obra Furious minds: the making of the MAGA new right (2025) ha realizado una clasificación de los diferentes pilares que elevan la arquitectura del nuevo conservadurismo, aglutinándolos en torno a tres líneas maestras o corrientes. La primera, la más ambiciosa, está formada por los Claremonters, miembros afines a The Claremont Institute: un laboratorio de ideas que se ha adueñado del patrimonio de figuras históricas como George Washington y Abraham Lincoln y que, además, evita el antiintelectualismo tópico de las otras corrientes para, en cambio, apologizar el pensamiento de Leo Strauss (1899-1973) y Harry Jaffa (discípulo de Strauss y precursor del instituto).
Guerra cultural
Así, su eje de acción se centra en promover una guerra cultural con la que restablecer una lectura dogmática de la tradición clásica y de los padres fundadores de la nación (por ejemplo, el New College of Florida implementó el año pasado una reforma curricular promovida por el Gobierno del estado y ligado a la reforma antiwoke de Ron DeSantis, obligando a cursar a sus alumnos de humanidades un seminario sobre La Odisea de Homero por ser el prototipo de los valores cívicos y familiares que hay que transmitir a la juventud; no debería extrañarnos el interés del director cinematográfico Christopher Nolan por realizar su adaptación en 2026)
La justificación de adherirse a Strauss, miembro de la Escuela de Chicago (precursora del neoliberalismo económico), no es más que una estrategia para instrumentalizar sus preceptos en la polarización actual; en particular, su rechazo al relativismo, al historicismo y al nihilismo que marcaron el ideario de este filósofo alemán. Los Claremonters vendrían a ser los arquitectos: una élite con la misión de llevar a cabo la reconstrucción de la república a imagen y semejanza de cómo ellos creen que fue concebida en el origen de todo (la Administración Trump anda plagada de becarios de Claremont).
La segunda corriente está formada por los nacionalistas conservadores, aferrados a ideas religiosas y supremacistas bajo el paraguas de Yoram Hazony, pensador proisraelí que defiende el Estado-nación como para proteger la libertad colectiva e individual (The virtue of nationalism, 2018), rechazando la existencia de un derecho internacional universal que perjudique la especificidad nacional y el destino manifiesto de los estadounidenses.
La última facción, los posliberales (representados por opinadores como Patrick Deneen, Adrian Vermeule y Sohrab Ahma), deslegitiman el funcionamiento de las instituciones federales por corruptas y despóticas, albergando en su corpus un populismo de aroma rancio en el que se encuentran mezclados elementos heterogéneos como la aspiración de implantar un constitucionalismo del bien común con el que atenuar la avaricia del capitalismo exuberante para, a su vez, sustituirlo por un puritanismo moral y una visión infantilizada del comunitarismo.
¿Qué tienen en común entre ellas y cómo canalizarlas en un significante unitrino para hacer una crítica ajustada? El periodista John Granz, en su obra When the clock broke: con men, conspiracists, and how America cracked up in the early 1990s (2024) se posiciona a este respecto apelando al uso del significante fascismo como el ideograma perfecto para delimitarlos. Sin embargo, no estoy tan seguro, en el sentido de que no deberíamos conformarnos con equipararlos con el fascismo del siglo XX. El teólogo medieval Nicolas de Cusa, en sus tratados sobre lo inefable e ininteligible que es Dios, afirmaba que la figura divina resulta semejante y desemejante en sí misma (el no-otro demostrado según la coincidentia oppositorum). Por metonimia cusaniana, sostengo que la nueva derecha podría ser un fenómeno fascista y no-fascista estructuralmente. Si recuperamos el enunciado de la verdad judaica “soy el que soy”, la cuestión sería decidir si estos movimientos radicales son lo que dicen que son en todo contexto o si discurren fragmentada y contradictoriamente.
Siguiendo esta lógica, he optado por coserles el apellido trófica (término que alude a procesos y relaciones que implican la obtención y transferencia de energía y materia entre organismos) como metáfora del irracionalismo bélico y medioambiental que destruye el planeta. La nueva derecha es un recableado trófico del ecosistema político en el que el populismo y el conservadurismo canónicos se han recolocado. Igual que en una red trófica, la nueva derecha se alimenta de múltiples fuentes (populismo clásico, ultraconservadurismo tradicional, libertarismo, incluso retóricas progresistas que reinterpreta). Se comporta como un depredador simbólico (bajo el emblema del gran tiburón rubio), absorbiendo narrativas y adaptándolas para sobrevivir en la esfera mediática, desplazando las formas herbívoras por estrategias agresivas. Es un sistema vivo que redistribuye la energía ideológica y devora los discursos para posicionarse en la cúspide de la cadena de significantes. Y como alternativa, ¿no hay algo? Lacan diría que asistimos al retorno del miedo a la castración; o, dicho de otro modo, a la irrisión del amo frente a la imposibilidad de suturar la falla que encarna el deseo democrático.