De la geopolítica a los mercados
La opa hostil del orden mundial sigue cotizando en el mercado, pero no debemos tirar los libros de economía

Hace unos días, la directora de Geopolítica de Amundi Investment Institute, Anna Rosenberg, comentaba que “la geopolítica es la nueva macroeconomía”; lo que me recordó mucho al discurso que hacía mi querida Mira Milosevic, del Real Instituto Elcano: “La geopolítica ha hecho una opa hostil a la economía”.
En los últimos meses los mercados financieros se están viendo afectados por factores geopolíticos que, más allá de la economía, están concentrando la mayoría de los titulares. Este fenómeno se está intensificando gracias a un actor que, si bien presente durante años en el panorama internacional, ha ganado mayor protagonismo en los últimos meses: Donald Trump.
Cualquier economista o profesional de los mercados financieros dedica ingentes cantidades de tiempo al estudio y análisis de la economía como canalizador de flujos y valoraciones que afectan al precio de los diferentes activos. La geopolítica era –hasta hace unos años– un factor de riesgo que, en ocasiones, podía cubrirse con alguna estrategia puntual de cobertura, además de un buen tema a discutir en las reuniones con clientes.
Hoy podría parecer que la geopolítica lo impregna todo y que cualquier faceta de la economía depende casi exclusivamente de ella. Evidentemente es un factor clave para los mercados, si bien representa en ocasiones un factor de distorsión amplificado, aunque temporal. Nuestro trabajo consiste en intentar determinar si el impacto de un evento geopolítico supone solo un poco de ruido o, por el contrario, implica un cambio estructural que se pueda traducir a variables económicas. La intervención reciente de Estados Unidos en Venezuela, por ejemplo, ha tenido un gran impacto mediático y social, pero poco recorrido a nivel económico global. Sus efectos en futuros proyectos petrolíferos podrán impactar en las cuentas de resultados de algunas compañías concretas en los próximos años, pero a nivel global no ha supuesto un cambio de rumbo para los mercados, ya que la transición será lenta y el país apenas produce un 1% del crudo mundial.
Algo que también hemos aprendido este último año con algunos de los episodios recientes es una nueva versión del buy the deep conocida como TACO: Trump Always Chickens Out o Trump siempre se echa atrás. Esta teoría se basa en la repetida fórmula de un anuncio grandilocuente de Trump, provocando una reacción a la baja en los mercados para luego recuperarse una vez Trump daba un paso atrás; movimiento que podía ser aprovechado por los inversores y tomar posiciones contrarias. El problema es que ha funcionado tan bien y tantas veces este último año que ya es casi un ritual y eso al final puede llevar a tomar riesgos por exceso de confianza
La macro sigue funcionando
En este contexto, sin obviar por supuesto la geopolítica, ¿cómo vemos la macroeconomía y cómo enfocamos la estrategia de inversión en consecuencia? La economía global transita bastante encarrilada en un escenario de crecimiento moderado, inflaciones contenidas y riesgos controlados. Un entorno a priori razonable para considerar activos de riesgo en la inversión siempre que tomemos las precauciones adecuadas.
Europa muestra un crecimiento contenido –nuestras previsiones apuntan a un PIB real cercano al 1%, con las grandes economías volviendo al crecimiento y España liderando el impulso–. Los motores son claros: renta disponible real todavía positiva, efectos de recortes de tipos y fondos públicos para estimular la economía tras los NGEU en los países periféricos. El impacto de los aranceles ha sido limitado y el conflicto de Ucrania y Groenlandia no han hecho más que estimular la convicción de una necesidad de más fondos públicos para infraestructura y defensa. Por tanto, la geopolítica ha servido de catalizador de gasto y, por ende, de crecimiento y mayor presión fiscal.
En Estados Unidos, la política arancelaria de Trump y los propios programas fiscales de estímulo económico están prolongando el crecimiento de la economía e incluso acelerándola contra toda previsión hasta niveles previstos del 2,5% para este año. A cambio, la desaceleración de los precios está tardando en aparecer con cierta tendencia a tontear más cerca del 3% que del 2% puesto como objetivo de la Fed. La misma que, a pesar de verse presionada públicamente para seguir reduciendo los tipos, está manteniendo la templanza en su ritmo marcado. Así, dato a dato, reunión a reunión, la economía americana sigue dando muestras de fortaleza en medio de la vorágine geopolítica.
China presentaba la peor mano en la mesa cuando se repartieron las cartas arancelarias. Su excesiva dependencia del sector exportador la hacía candidata al sufrimiento. Además, el asunto de Taiwán y su apoyo a Rusia podrían elevar la tensión con Estados Unidos. Un año más tarde China está exportando a niveles récord. Efectivamente, sus estimaciones de crecimiento se han revisado a la baja hasta el 4,4% para este año, pero se debe fundamentalmente a la debilidad de la demanda interna, el deprimido sector inmobiliario y un consumo más débil, fruto de sus propios desequilibrios, más que a la geopolítica. Es más, China es ahora una alternativa de poder más clara gracias a su posicionamiento estratégico en tierras raras y tecnología.
Las materias primas son probablemente el termómetro de muchos conflictos geopolíticos, así ha sido históricamente. Y dentro de las materias primas el petróleo ha sido históricamente protagonista en la mayoría de ellos. El cambio estructural de Estados Unidos en transición de importador neto de energía a exportador quizás explique cómo en esta ocasión apenas se ha apreciado tensión en los precios, al menos mientras siga abierto el estrecho de Ormuz.
El relevo lo ha tomado claramente el oro. El metal dorado nos ha indicado, entre otras cosas, la temperatura de la tensión geopolítica como valor refugio al menos en el pasado. Sin embargo, no habría que despreciar el debate de si realmente gran parte de ese recorrido al alza del precio de la onza esté vinculada a la falta de ortodoxia fiscal de las grandes economías desarrolladas. Este exceso de deuda habría lastrado la confianza en las monedas fiduciarias empujando a cambiar reservas en papel por lingotes de oro. De nuevo aparecería un factor puramente macroeconómico como motor explicativo.
En conclusión, la opa hostil de la geopolítica sigue cotizando en el mercado, pero no debemos tirar los libros de economía por el momento, porque detrás del gran espectáculo de luces, las cuerdas de la macro continúan moviendo también el escenario.