La hoja de ruta de Davos para la autonomía digital estratégica europea
Se pueden desarrollar aceleradoras de IA alternativas y basadas en las capacidades de Europa, Japón y Corea

El pasado día 20, Mark Carney compareció en el escenario principal del Foro Económico Mundial de Davos. No era la primera vez que se encontraba en esa posición. En ediciones anteriores, el actual primer ministro de Canadá ya había realizado intervenciones desde el mismo podio, tanto durante su mandato como gobernador del banco central de su país como desde el puesto equivalente en el Reino Unido. Sin embargo, aquellos discursos no serán tan recordados como el pronunciado en esta edición. El jefe del Gobierno de Canadá ha instado al desarrollo conjunto de una autonomía estratégica por su país y el resto de las potencias medias.
Nos guste o no a los europeos, el discurso de Carney interpela directamente a la Unión Europea. El Viejo Continente es cada vez menos equiparable a las otras dos grandes potencias mundiales. El peso del poder económico de Europa ha disminuido desde 2016, pasando de un 22% del PIB mundial hasta el 17,5% actual.
Esta situación se reproduce en el ámbito de las tecnologías digitales críticas. La comparación de las trayectorias en las distintas áreas económicas realizada por el Belfer Center de Harvard evidencia la incapacidad de Europa para competir por sí sola con China y EE UU en inteligencia artificial, semiconductores o tecnologías cuánticas. Un escenario al que se enfrenta también el resto de potencias medias, con Washington buscando de ellas menos la complementariedad y más el vasallaje.
La estrategia de colonialismo digital de la Casa Blanca en el desarrollo tecnológico y su regulación ha estado presente desde que se inauguró el segundo mandato de Donald Trump. En la Cumbre sobre Inteligencia Artificial celebrada en febrero de 2025, el vicepresidente de EE UU, J. D. Vance, realizó en su intervención una proclamación de hegemonía tecnológica y rompió con el modelo de cooperación global al no firmar la declaración final de la reunión. Posteriormente, en abril, el informe del responsable de la Oficina de Comercio, Jamieson Greer, estableció como directriz política la necesidad de combatir los regímenes regulatorios de terceros contrarios a los intereses de las grandes tecnológicas.
Carney formuló en su discurso el principio que deben seguir las potencias medias en la diplomacia digital para alcanzar la autonomía estratégica y defenderse de la política estadounidense: “Es más ventajoso invertir colectivamente en la resiliencia que construir cada uno su propia fortaleza. La adopción de normas comunes reduce la fragmentación. Las complementariedades benefician a todos”.
La UE ostenta una posición de privilegio para promover la implementación efectiva de esta fórmula, coherente con la estrategia digital internacional que aprobó en junio de 2025. Para ello, dispone ya de una red de alianzas y asociaciones digitales bilaterales desarrollada en los últimos años con Canadá, Corea del Sur, Japón, Singapur, Reino Unido, Nueva Zelanda, India y Brasil, entre otros. Todas estas son áreas económicas con intereses complementarios a los de Europa en la regulación digital y el desarrollo tecnológico.
En el ámbito regulatorio, las grandes empresas tecnológicas han manifestado que la legislación de todas estas potencias medias es, en cierta medida, contraria a sus intereses. A pesar de que la Unión Europea constituye el objetivo principal de la Administración Trump, en estos países resulta palpable el denominado efecto Bruselas. Dichas naciones han adoptado normativas similares al Reglamento General de Protección de Datos en lo concerniente a la privacidad y los datos personales. Del mismo modo, han implementado o tienen en proceso regulaciones análogas a la Ley de Mercados Digitales (DMA, Digital Market Act) –cuyo propósito es prevenir abusos y salvaguardar a consumidores y pequeñas empresas–, así como la Ley de Servicios Digitales (DSA, Digital Services Act) –orientada a establecer un espacio digital más seguro y transparente mediante la protección de los derechos de los usuarios–.
En el desarrollo tecnológico, la dependencia individual de cada una de estos países respecto de EE UU es innegable. No obstante, existe una oportunidad de autonomía digital estratégica de las potencias medias basada en la complementariedad de sus fortalezas. Por ejemplo, en el desarrollo de aceleradoras IA que rivalicen con las estadounidenses, y basadas en las capacidades de diseño y maquinaria de fabricación de Europa y Japón y las líneas de manufactura de Corea del Sur. De igual modo, disponen conjuntamente de palancas de presión sobre la cadena de suministro tecnológica de EE UU, como los equipos de 5G/6G y las máquinas litográficas de semiconductores europeas, los materiales críticos canadienses o los productos de memoria japoneses y coreanos.
El camino trazado por Mark Carney en Davos 2026 nos sitúa ante un espejo de realidad: la autonomía digital estratégica ya no puede ser un ejercicio de introspección europea, sino un acto de diplomacia audaz. Como sugería recientemente el Financial Times, quizá la historia termine agradeciendo a la agresividad de la Administración Trump el haber forzado este despertar tecnológico en el Viejo Continente. Tras años de diagnósticos certeros, como los de Mario Draghi, se abre para la UE la ventana de oportunidad para pasar de la retórica a la acción. Es el momento para liderar una coalición de voluntarios junto a potencias medias que comparten valores y dependencias tecnológicas, transformando su debilidad económica actual en una resiliencia colectiva invulnerable sin caer en proteccionismos.