El mayor reto del inversor en la era Trump y cómo salvarlo
Las correcciones bursátiles por eventos geopolíticos deberían ser oportunidades de compra y no de venta

El fracaso en la inversión está prácticamente garantizado sin una adecuada gestión de las emociones. Esto ha sido siempre así. La bibliografía sobre las denominadas finanzas conductuales es extensa y ya en 1949 Benjamin Graham describía esta realidad en El inversor inteligente a través de su célebre metáfora de Mr. Market. Graham representaba el comportamiento irracional del mercado de valores como el de un inversor emocionalmente inestable que oscila entre el miedo y la euforia, influyendo negativamente en la toma de decisiones del inversor racional.
Las Bolsas fueron, son y seguirán siendo Mr. Market. Sin embargo, la figura de Donald Trump ha hecho, si cabe, aún más necesario el ejercicio de eliminar las emociones del proceso de inversión. Si los inversores tuvieran que extraer una lección bursátil de esta segunda legislatura de Trump, debería ser lo costoso que resulta dejarse arrastrar por el denominado ruido Trump. Haber vendido en el denominado “día de la liberación” tras el anuncio de nuevos aranceles habría sido uno de esos errores que destruyen patrimonio a largo plazo. Y no ha sido un caso aislado: lo hemos vuelto a ver recientemente con el episodio de Groenlandia, por ejemplo.
Se suele decir que hay décadas en las que no pasa nada y semanas en las que pasan décadas. No pretendo restar importancia a todo lo que está ocurriendo. Creo sinceramente que estamos asistiendo a un cambio en el orden mundial y, precisamente por ello, defiendo la necesidad de no modificar la cartera en pleno ruido. Tal vez la estrategia de inversión deba ajustarse, pero no la cartera en el día de máxima tensión informativa.
En momentos de inestabilidad como el actual, resulta especialmente relevante diferenciar entre la gestión táctica y la estratégica. Me gustaría pensar que las decisiones de inversión se toman en esos dos planos claramente diferenciados, pero la realidad es que, en la mayoría de los casos, el cortoplacismo acaba dominando las emociones. Vender renta variable estadounidense el “día de la liberación” habría supuesto asumir pérdidas cercanas al 20% y perderse posteriormente una recuperación de casi el 40%. Es el ejemplo más extremo del último año, pero hemos observado dinámicas similares con Groenlandia o con la presión ejercida sobre la Reserva Federal en las últimas semanas.
La incertidumbre geopolítica es hoy tan elevada que ya hablamos indistintamente de incertidumbre geopolítica, geoeconómica y financiera. Se abren nuevos escenarios que, sin duda, tendrán impacto económico y, por extensión, una fuerte influencia en los mercados financieros y en la economía a medio plazo. Estos son debates intelectualmente atractivos y relevantes por su capacidad transformadora, pero en estas líneas pretendo adoptar un enfoque mucho más pragmático: el único que funciona para gestionar una cartera en el corto plazo frente al riesgo geopolítico.
No anticiparnos
Al tratarse de un riesgo esencialmente imprevisible –especialmente en sus tiempos–, no debemos intentar anticiparnos. La única estrategia sensata es aprovechar los momentos en los que el pesimismo generalizado genera oportunidades de compra atractivas. Podríamos haber pasado cinco años fuera de la bolsa esperando una eventual invasión de Taiwán por parte de China, o haber vendido toda la cartera cuando Trump puso Groenlandia en su carrito de la compra. Todas esas decisiones habrían resultado extraordinariamente costosas para los inversores.
Si asumimos que el PIB, la inflación, los tipos de interés y, sobre todo, los beneficios empresariales no cambian de un día para otro por la última declaración de Trump –conocido por su tendencia a verbalizar casi todo lo que piensa–, entonces las correcciones bursátiles provocadas por eventos geopolíticos deberían ser, desde un punto de vista táctico, oportunidades de compra y no de venta.
Espero contribuir, al menos en parte, a que el inversor evite pulsar el botón rojo de su cartera en el peor momento posible. Pero el mensaje no termina aquí, ni implica que no debamos tomar ninguna acción en el complejo escenario actual.
La flexibilidad y la adaptabilidad adquieren hoy una relevancia clave, y las perspectivas para la gestión activa son probablemente las mejores de los últimos años. En estos momentos resulta especialmente atractiva la renta variable que se aleja de los índices, la renta fija flexible y aquellos fondos multiactivo capaces de adaptarse de forma real a un entorno cambiante.