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Editorial
Opinión

Davos deja herida de muerte la alianza transatlántica

El cambio geopolítico impele a Europa a unir sus fuerzas y apostar decididamente por la autonomía estratégica

El Foro de Davos celebrado esta semana en la estación alpina suiza ha certificado que las grietas abiertas en la alianza transatlántica van a ser muy difíciles de reparar, si es que no son irreversibles. El mercado se ha tranquilizado solo porque se ha descartado un escenario de escalada inmediata entre la UE y EE UU, incluida una acción hostil en Groenlandia, extremo que habría significado, entre otras cosas, el fin de la OTAN. Pero que Donald Trump dijera que no usará la fuerza para tomar la isla autónoma perteneciente a Dinamarca no oculta que la relación entre Washington y las capitales europeas es la más tensa en 80 años, desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. En Davos han coincidido dos discursos: Trump ha tratado con desprecio a sus aliados tradicionales, mientras los líderes europeos (y el de Canadá) han empezado a girar desde el apaciguamiento a una posición de firmeza. Ya no todos aceptan responder a los insultos en tono adulatorio como hace el jefe de la OTAN, Mark Rutte.

Hasta ahora, las cancillerías habían mostrado su voluntad de entenderse con la administración de EE UU. Pero cuando las amenazas y chantajes se multiplican, lo adecuado es plantar cara y ganarse el respeto. El cambio de discurso de Bruselas, y posiciones más atrevidas como la de Emmanuel Macron (dispuesto a activar el mecanismo anticoerción de la UE) ayudan a hacer entender que Washington también tiene mucho que perder en un conflicto a gran escala, no digamos de agresión militar. Eso sí, ha tenido que ser el mercado, a quien Trump sí escucha, el que ilustrara a la Casa Blanca sobre los daños de una escalada.

La Unión Europea sigue siendo muy dependiente de EE UU en terrenos clave. Principalmente, en lo militar (incluida la inteligencia), como se ha probado en la guerra en Ucrania; y en tecnología, utilizada masivamente por sus empresas y consumidores sin que ninguna compañía del viejo continente esté en condiciones de suplir esos servicios. Pero al mismo tiempo la UE es un mercado de 450 millones de consumidores que resulta clave para las multinacionales norteamericanas. Mientras la UE se abre a otras regiones del mundo (Mercosur es un buen ejemplo, en espera del desbloqueo del acuerdo), Estados Unidos ahora da más miedo pero está perdiendo la confianza de sus aliados. La imagen de Davos es la de Trump enfrentado al resto de Occidente y rodeado de autócratas en su supuesta junta de paz. Vivimos un cambio del mapa geopolítico de consecuencias todavía difíciles de medir, pero que impele a Europa a unir sus fuerzas y apostar por la autonomía estratégica.

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