La independencia de los bancos centrales previene desastres
El ataque de Trump contra Powell amenaza un sostén de la economía mundial, a los mercados y al mismo dólar. La historia da ejemplos contundentes de inflaciones disparadas por injerencias políticas
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La credibilidad de los bancos centrales sostiene una economía mundial que, a veces se nos olvida, es frágil. Que estas instituciones sean independientes del poder político no es un capricho, no es un privilegio, no es algo antidemocrático como algunos han apuntado. En una economía moderna, esa condición simplemente es la más eficaz para evitar desastres. Porque los riesgos son enormes cuando las decisiones que deben basarse en análisis técnicos, como la emisión de dinero, fijar los tipos de interés o comprar deuda, pasan a depender de los intereses partidistas.
A los gobernantes del Estado o aspirantes a serlo les viene bien a menudo que el dinero sea barato (que los tipos de interés sean bajos) para aliviar a la población endeudada, estimular como sea la economía y ganar margen presupuestario, al tener que pagar menos intereses las Administraciones por la deuda pública. Pero si eso se decide sin fundamento económico, cuando los datos no lo avalan, la consecuencia puede ser inmediata en forma de tormenta en los mercados de bonos, en el valor de las divisas y en las Bolsas. Y, a medio plazo, la secuela más probable será más inflación y, por tanto, un empobrecimiento general de los ciudadanos.
Los repuntes inflacionistas son devastadores para la población pero también para los políticos, como hemos visto en elecciones recientes, incluidas las presidenciales de EE UU que perdió Joe Biden, o en los disturbios callejeros en varios países, el último Irán. Pero Donald Trump no tiene eso en mente cuando insiste en atacar a Jerome Powell, presidente de la Reserva Federal, al que llama el “señor demasiado tarde”, contra quien ahora ha lanzado a la Fiscalía en una causa penal y a quien ha reclamado de malas maneras bajar como sea y drásticamente los tipos de interés, lo que presumiblemente hará el sucesor que elija la Casa Blanca.
Que una institución sea independiente no significa que sus responsables salgan de la nada o se seleccionen por oposición. Los eligen, sí, los gobernantes políticos, que harán bien en apostar por perfiles de solidez técnica para esta misión. Una vez nombrados, son inamovibles. Cuando cambia el color del Gobierno no tienen que cambiar ellos. Eso (en cuestión desde que Trump intentó destituir a otra gobernadora de la Fed, Lisa Cook) facilita que tomen sus decisiones con independencia, pensando en el interés general pero sin tener que agradar a nadie. Este esquema no garantiza que siempre acierten: la ducha escocesa aplicada por la Fed en la primera década de este siglo (caída vertiginosa de los tipos primero y subidas frenéticas después) infló y reventó sucesivamente una burbuja descomunal, que llevó a la Gran Recesión. Claro que se pueden equivocar. Pero sus errores serán más probables bajo presión política que sin ella.
Alemania es un país históricamente traumatizado por la inflación. El caos económico de los años veinte del siglo pasado derribó a la República de Weimar y aupó al nazismo, que sumiría al Continente en el Holocausto y la Segunda Guerra Mundial. La República Federal que se edificó sobre esos escombros modeló al Bundesbank con el mandato prioritario de contener los precios. De ese molde salió su sucesor, el Banco Central Europeo, creado en 1998 para dar a luz el euro. El mismo BCE que ahora está cómodo en una etapa de estabilidad de los tipos, una vez que la inflación de la zona euro acabó el año en el objetivo del 2%. El nivel ideal (sí, un poquito de inflación es bueno, porque el cero suele indicar atonía económica). El mismo BCE que en 2012 protegió a la Unión de la crisis del euro con el célebre “whatever it takes” (lo que sea necesario) que pronunció su entonces presidente, Mario Draghi. El italiano pudo decir eso, y actuar decididamente en aquel año y los siguientes para salvar la moneda común y con ella la economía europea, porque era independiente. No tenía que ponerse de acuerdo con los gobiernos ni para hablar ni para decidir.
La Reserva Federal viene de otra tradición, pero el resultado final no es tan distinto. Creada en 1913, después del fin de la Segunda Guerra Mundial se estableció el marco que blindaba su independencia: era el Acuerdo Tesoro-Fed de 1951, que liberó al banco central de la subordinación a las necesidades financieras y bélicas de la Administración. A diferencia del Bundesbank y el BCE, la Fed tiene un doble mandato, que fue formulado en 1977: además de la estabilidad de precios, se le reclama favorecer el máximo empleo. Suena mejor que tener la inflación como única obsesión, pero en grandes líneas el BCE y la Fed han funcionado equilibrando el control de precios y cuidar la actividad económica, como los bancos centrales de Inglaterra, de Japón y de casi todos los países desarrollados.
Todo este esquema, clave en el capitalismo moderno, está amenazado hoy (como tantos otros fundamentos de las democracias liberales) por ese huracán llamado Donald Trump. Las injerencias políticas en la política monetaria ha tenido desastrosas consecuencias para Turquía, Argentina o, el caso más extremo, Zimbabue: inflaciones disparadas a cifras de dos o más dígitos y enorme malestar social. Hay un ejemplo ilustrativo en el mismo EE UU. Allí se recuerda bien el terrible ejemplo de Arthur Burns, presidente de la Fed que en 1971 recibió una presión inaceptable por parte de Richard Nixon, quien le convocó a la Casa Blanca al menos 15 veces para decirle esto: “Aceptaremos la inflación si es necesario, pero no podemos tolerar el desempleo”. El resultado fue una inflación del 13% y una grave crisis económica. Trump tampoco parece recordar ese caso. Y olvida el riesgo de que la inflación se vea presionada además por el impacto de los aranceles, que no suele ser inmediato pero llegan a la cesta de la compra en algún momento, porque no dejan de ser impuestos para los consumidores. Otro punto débil para la Casa Blanca es que, además de la inflación, la ofensiva contra Powell amenaza el papel del dólar como activo de referencia en el mundo financiero.
¿Derribará el presidente de EE UU a Powell antes de mayo, cuando vence su mandato? ¿Le conviene dar esta batalla por solo unos meses? ¿Es su objetivo forzar también que no permanezca en el consejo de la Reserva Federal después de dejar la presidencia? Como ha sentenciado Gabriel Rubin, analista de BreakingViews, “la ofensiva de Trump contra la Fed llega a su Waterloo”. Pronostica el autor que esta es una batalla perdida de antemano para el magnate.
Cada vez más voces salen en defensa de la independencia de la Fed. La maniobra de Trump es contestada por sectores del Congreso, también republicanos, que pueden complicar el relevo; por los jefes de los otros grandes bancos centrales; por los tres expresidentes vivos de la Reserva Federal; por los bancos de Wall Street. ¿Fuerzas suficientes para frenar a Trump? No sería la primera vez que los mercados le obligan a reprimir sus instintos: ya pasó con la primera andanada de aranceles. El final de este conflicto no está escrito, pero tendrá serias consecuencias en la economía.
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