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Análisis
Opinión

Al ascensor social le faltan muchas piezas

Las ventajas asociadas a tener estudios universitarios son notables a lo largo de toda la vida laboral

Las oportunidades que todos tenemos para ascender en la escala social dependen fundamentalmente de tres factores: las condiciones de la familia de origen, la situación del mercado laboral durante nuestra vida activa y las características del territorio en donde nos hemos criado. A ellos se les podría añadir un cuarto que actúa como motor de cambio: la educación, que tiene además la propiedad de mover el denominado ascensor social, es decir, la posibilidad de mejorar de posición a lo largo de nuestra vida.

En España no es fácil. En los últimos años el crecimiento de nuestro PIB ha estado impulsado por la fuerte aportación del factor trabajo y por una sólida inversión en capital físico vinculada a la incorporación a la UE, especialmente en infraestructuras. Como consecuencia, hoy contamos con 50 aeropuertos, la mayoría con conexiones internacionales directas, con la tercera red ferroviaria de Alta Velocidad más extensa del mundo, de 3.402 Kilómetros, con 46 puertos, cuatro de ellos entre los principales de Europa, con 152 parques logísticos y con la mayor plataforma logística de Europa, de 1,3 millones de metros cuadrados. Esta inversión, o evolución de la formación bruta de capital fijo (FBCF) per cápita en España, alcanzó su punto máximo en 2007, pero en la Gran Recesión se desplomó y no parece recuperar los niveles previos; hoy sigue por detrás de la media de la UE. Las décadas de 1990 y 2000 fueron de crecimiento, pero aun así la productividad se estancó en la crisis de 2008 y desde entonces es inferior a la de las principales economías europeas. Esta baja productividad es la razón de que los salarios reales españoles se encuentren alejados de los de la UE-15.

El crecimiento de España desde su entrada en la UE se ha sustentado en la expansión del empleo y la inversión en capital y, si bien nuestro mercado laboral ha mejorado significativamente en términos de participación y empleo, el trabajo sigue atenazado por tres factores preocupantes: en primer lugar, la elevada tasa de paro; segundo, un sistema educativo obligado a capacitar a los alumnos para que puedan desenvolverse en el contexto de profunda transformación de las competencias que exige la digitalización, y ello ante el riesgo de que se abra una brecha aún más grande entre aquellos con formación superior y los que carecen de ella, ¿Cómo y quién va a sincronizar ese cambio? Y un tercer factor nada despreciable: la próxima jubilación de las cohortes más numerosas de la historia de España, que cambiarán por completo el panorama laboral al ampliar las oportunidades laborales de los más jóvenes y generar dificultades para cubrir vacantes, como ya ocurre en diversos sectores de nuestra economía como la construcción.

De los componentes esenciales de la productividad, capital físico, tecnología y educación, este último es ahora mismo el más precario en España, aunque imprescindible para avanzar en la escala social. Aristóteles sentenció: “La educación es un ornamento en la prosperidad y un refugio en la adversidad” y es poco alentador ver que, según los datos de un estudio de PageGroup y el CEBR de 2024, España aparece en el puesto 28 de 82 países en el Índice de Movilidad Social del Foro Económico Mundial. También leer que se necesitarían nada menos que cuatro generaciones para que una persona nacida en una familia con bajos ingresos alcance el nivel medio propio de España. Si nuestro país mejorase su índice de movilidad social en solo dos puntos, 173.000 personas se añadirían a la población activa, lo que generaría un aumento potencial de 9.500 millones de euros en el PIB anual.

El nivel educativo, la productividad y la mejora salarial son dependientes entre sí. El informe de la OCDE en materia educativa Education at a Glance constata que el salario de la población de entre 25 y 64 años es claramente creciente con el nivel educativo. En España, los individuos con enseñanza secundaria postobligatoria ganan un 19 % más que los que no la han completado; los graduados universitarios un 30 % por encima y quienes tienen un máster o un doctorado un 68 % más. No obstante, la situación económica de la familia sigue influyendo en las opciones de los estudiantes. Así, completa la educación superior el 56,5 % de los hijos de hogares con una situación buena o muy buena durante la adolescencia y el 38,4 % cuyo hogar tenía una situación moderadamente buena, pero solo el 25,4 % de los jóvenes de familias en situación moderadamente mala y el 15,8 % en situación mala o muy mala.

También es un factor condicionante el nivel educativo de los progenitores. El porcentaje de hijos con estudios superiores alcanza el 82 % cuando la madre tiene esa misma titulación y el 60,8 % cuando esta tiene la secundaria postobligatoria; y cae al 33,6 % cuando su nivel educativo es menor o al 23,6 % cuando este ni siquiera consta. En el caso del padre esas diferencias van del 75,2 % al 23,1 %, pero también influye su ocupación. Así, dos de cada tres hijos de gerentes, científicos, profesionales, técnicos y personal administrativo han completado estudios superiores, frente a uno de cada cuatro hijos de agricultores y uno de cada seis hijos de padres con ocupaciones elementales. El mismo informe indica que las tasas de paro son claramente decrecientes con el nivel educativo en España, aunque lamentablemente nos movemos en cifras muy elevadas respecto a otros países (5,5 puntos porcentuales por encima de la media de la UE en 2024).

Las ventajas asociadas a tener estudios universitarios son notables a lo largo de toda la vida laboral y, a pesar de la alta tasa de universitarios que tenemos en España (un 47 %, 8 puntos más que la media de la UE-15) como país, es insuficiente para activar el ascensor social. Sin embargo, al nivel de estudios hay que sumar valores como la disciplina, el esfuerzo continuado o la paciencia ante la demora de la recompensa, elementos que paradójicamente, al menos por el momento, no fomenta esta sociedad digital que marca la pauta educativa.

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