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Escrito en el agua
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

La agresiva recompra de acciones oculta la falta de oportunidades de inversión

La baja visibilidad para los negocios por el estrés geopolítico y los tipos empujan a las empresas a sobrerremunerar a sus socios

la bolsa en directo
Bolsa de Madrid.Vega Alonso del Val (EFE) (EFE)

Llamó mucho la atención la advertencia que hacía Warren Buffett hace unas semanas sobre las escasas posibilidades de encontrar opciones de inversión que proporcionasen a su vehículo corporativo Berkshire Hathaway la rentabilidad obtenida en los últimos lustros, y apreciar solo retornos más modestos en unas pocas empresas americanas y en muy contadas asiáticas o europeas. Como si la economía mundial se hubiese parado y el futuro de los negocios fuese plano, como si el mercado y la sociedad no precisara crecimiento y oportunidades en muchas partes del globo que deberían ser atendidas por las empresas, se resignaba el inversor más exitoso del mundo a no poder replicar ganancias del pasado.

El panorama internacional no es el mejor de los posibles, y seguramente es el peor de los últimos ochenta años. El escenario geopolítico es endiablado, con unos cuantos conflictos bélicos abiertos en zonas de alto riesgo de contagio a geografías capitales para la economía mundial, y con un irrespirable clima de paz quebradiza alentado por actos y declaraciones desconocidas en las últimas décadas.

Una situación que necesariamente condiciona a todas las variables económicas, desde los flujos comerciales y de inversión en el mundo, hasta el comportamiento de los precios por fracturas en las cadenas de producción, pasando por una política monetaria en alerta que no puede garantizar financiación barata y estable por periodos prolongados. Una situación con un efecto paralizante sobre la toma de decisiones de inversión empresarial y de los particulares, que ven en sus pequeñas economías los efectos de la toma de grandes decisiones.

Una de las principales consecuencias pasivas de este horizonte nebuloso es el comportamiento de las empresas con el destino de sus beneficios, demasiado volcado en los últimos años en el reparto de dividendos, redoblado ahora con la recompra masiva de acciones propias, ante la escasa visibilidad para acometer nuevos proyectos de inversión, ya se trate de fórmulas orgánicas o inorgánicas. De forma paralela, la falta de visibilidad ha congelado también las ampliaciones de capital y las operaciones de fusión y adquisición. La lógica aconseja ahora afrontar cualquier tipo de aventura corporativa con recursos propios, en caso de contar con ellos, para evitar endeudamientos adicionales en momentos de carestía del crédito.

En los últimos años, las recompras de acciones por parte de las grandes cotizadas norteamericanas han duplicado los pagos directos de efectivo a los socios, y Europa está replicando esta fórmula en todas las actividades empresariales, especialmente entre los bancos y las compañías energéticas, las que han tenido beneficios más súbitamente abultados en los últimos años como consecuencia de las alzas en la energía y en los tipos de los créditos.

Solo en los primeros meses del año, en la presentación de los resultados regulares, un buen número de empresas europeas han anunciado ya recompras por valor de unos 50.000 millones este año, una cifra que en todo caso palidece en comparación con la anunciada por las cotizadas norteamericanas, que supera ya los 100.000 millones.

En España no ha pasado nada diferente en los últimos años y nada diferente este ejercicio. Acompañarán los pagos directos de efectivo y la emisión alternativa de papel como fórmula de remuneración con compras de títulos propios CaixaBank, BBVA, Santander, Ferrovial, Cellnex, Sabadell, Repsol, Telefónica, ACS o Unicaja, una práctica que en el viejo continente ensayarán casi todos los grandes bancos. En 2023 las cotizadas españolas recompraron y amortizaron acciones por valor de 13.400 millones, que sumados a los pagos en efectivo llevaron los dividendos reales a casi 44.000 millones de euros, y convirtieron la renta variable española en la más generosa de Europa con sus socios.

La recompra de acciones, si es amortizada a reglón seguido por la empresa cotizada, refuerza la valoración de los títulos que permanecen en el mercado, y además de mejorar la participación en derechos de voto y distribución de dividendos ulteriores, ya que los recomprados carecen de estas dos atribuciones, generan neutralidad fiscal (aquí y de momento, pues en EEUU y Holanda ya tienen un impuesto encima).

Pero no hay que olvidar que una buena parte de este tipo de operaciones de recompra de títulos para ser amortizados responde en paralelo a programas de emisión de nuevos títulos en similares cuantías como pago a los accionistas, los recurrentes scrip dividend. La recompra solo restituye el efecto dilutivo de los pagos efectuados con acciones, una práctica abusiva de remuneración de muchas empresas desde la crisis financiera, especialmente asentada en banca, energéticas y compañías de infraestructuras.

Pero si la recompra es un ejercicio de generosidad con los accionistas e inequívoco indicador de la buena salud de la empresa, esconde también una falta de visibilidad para la inversión en el crecimiento del negocio, más propio de empresas maduras que de las de crecimiento. En EEUU la mayoría de las recompras las ensayan las grandes tecnológicas, con posiciones oligopolistas en unos negocios que generan caja de dimensiones formidables, y sobre los que parecen no disponer de vías de crecimiento para anticiparse a sus competidores con nuevas inversiones.

Unas empresas que, además, han contado con los recursos atesorados durante lustros de crecimiento fuera de EEUU que Trump les permitió repatriar en una indisimulada amnistía fiscal hace unos años, que no han hecho otra cosa que engordar la caja de excedentes de tesorería, y con la que han podido financiar su actividad en estos años duros de los tipos de interés sin necesidad de recurrir a la ventanilla de los bancos ni a ampliaciones de capital.

Pero la intensa niebla que impide acometer inversiones de envergadura se aprecia también en el parón de ampliaciones de capital y en las operaciones de fusión y adquisición de empresas, cuyo volumen ha descendido casi un 30% en los tres primeros trimestres de 2023, pese a haber superado los dos billones de dólares en el mundo. En España el volumen de las operaciones de esta naturaleza habría descendido un 29%, según BME, hasta los 46.000 millones de euros.

Si a las variables que atenazan las grandes decisiones corporativas de inversión, sobre todo la tensión geopolítica y la incertidumbre en la política monetaria, añadimos los amenazantes ramalazos adicionales de proteccionismo económico, la niebla tardará en levantarse y el crecimiento futuro tendrá un comportamiento geográfico demasiado asimétrico.

José Antonio Vega es periodista

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